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La fiebre del heno

Электронная книга - «La fiebre del heno». Краткое содержание книги:

Una agencia de detectives requiere los servicios de un astronauta norteamericano retirado para que ayude a esclarecer una serie de misteriosas muertes acaecidas en un balneario en Nápoles. Varias personas han enloquecido y algunas se han suicidado sin que se conozca motivo para ello; otras parecen haber muerto accidentalmente. Todas las víctimas eran extranjeras, viajaban solas, rondaban la cincuentena y padecían algún tipo de alergia. Tanto la policía local como la Interpol consideran que no hay pistas suficientes como para afrontar el caso con garantías, hasta que empieza a cundir la idea de que en cierto modo las muertes obedecen a algo más perverso. ¿Está sujeto el asesinato al juguetón capricho de las leyes de la probabilidad y el caos?
La nueva y premiada obra maestra del genio polaco de la ciencia ficción, Stanisław Lem: una fábula metafísica con tintes detectivescos del autor de «Solaris».
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Había mucho bullicio, las ventanas estaban abiertas, los tapones de champán saltaban por los aires, Barth aparecía sonriendo por una u otra puerta, muchachas españolas iban de un lado a otro con bandejas; una rubia nacarada, al parecer esposa de Lapidus, atractiva a media luz, me dijo que le recordaba a un viejo amigo… La recepción estaba siendo un éxito sin paliativos, pero a mí me asaltó la melancolía, si bien algo dulcificada por el champán. Me sentía decepcionado. Ninguno de aquellos simpáticos entusiastas poseía esa chispa, esa sagacidad que es comparable a la intuición artística. La facultad de entresacar lo esencial de una abundancia de hechos. En lugar de pensar en la solución del problema, lo habían complicado todavía más formulando nuevas preguntas sin respuesta. Randy poseía esta facultad, pero le faltaban los conocimientos que tanto abundaban en casa de Barth.

Permanecí en el salón hasta el final y, junto con el anfitrión, acompañé a la puerta a los últimos invitados. Los coches se alejaron uno tras otro, la avenida quedó desierta, y a pesar de que aún no se habían empezado a apagar las luces, yo subí a acostarme, con la sensación de haber sufrido un descalabro. Pero, en cierto modo, me sentía más descontento conmigo mismo que con los otros. Tras las sombras oscuras de los jardines y los edificios de los arrabales, ante mi ventana, refulgía París, pero no brillaba tanto como Marte, que en su ascensión fulguraba como si alguien hubiese puesto en lo más alto del cielo un punto amarillo.

Muchas veces tenemos un conocido con quien no nos unen intereses comunes ni experiencias especiales, con el que no mantenemos correspondencia y al que vemos con muy poca frecuencia, y que, sin embargo, aunque no es fácil de explicar, es importante para nosotros.

En París, la torre Eiffel es para mí uno de estos conocidos, no como símbolo de la ciudad, pues el propio París me deja completamente frío. Esta torre empezó a significar algo para mí el día en que leí en la prensa que un comité se había planteado la posibilidad de derribarla. La noticia me hizo estremecerme por dentro. Siempre que estoy en París tengo que ir a visitarla. Solo para contemplarla, nada más. Al final de cada visita recorro su base, deambulo entre los cuatro pilares, desde donde se ven los arcos unidos, y contemplo el enrejado contra el fondo del cielo y las grandes y anticuadas ruedas que mueven los ascensores.

Hice esto al día siguiente de la recepción. La torre no había cambiado desde la última vez que la vi, aunque ahora estaba rodeada de rascacielos. Hacía un día espléndido. Me senté en un banco y reflexioné sobre el modo en que podría zafarme de todo este asunto, pues me había despertado habiendo tomado esta determinación. El caso al que había dedicado tanto esfuerzo se me antojaba extraño ya, superfluo y, en cierto modo, falso. Es decir, era mi entusiasmo el que era falso. Como si de pronto, como por ensalmo, hubiera recobrado la razón o adquirido más inteligencia. Reconocí mi falta de madurez, mi infantilismo, y cómo estos se ocultaban tras cada una de las decisiones que había tomado en mi vida.

Por exaltación, a los dieciocho años decidí ser paracaidista. Cierto es que tuve la suerte de ver la cabeza de puente de Normandía, aunque desde una camilla, porque nuestro planeador, destrozado en el aire por armas antiaéreas, se desvió del objetivo y cayó con todos nosotros —treinta hombres— sobre los búnkers alemanes, y yo acabé con el coxis fracturado en un hospital militar inglés. Y con Marte ocurrió exactamente lo mismo. Si hubiera regresado de allí, dudo que me hubiera sumido en mis recuerdos hasta el fin de mis días, sino que habría sufrido la misma suerte que el segundo hombre que llegó a la Luna, a quien no le bastaron los sillones que le ofrecieron en los consejos de administración de varias empresas multinacionales, y se entregó a pensamientos suicidas. Uno de mis camaradas era jefe de ventas de una conocida marca de cerveza en Florida, y cada vez que yo agarraba una lata de cerveza de esa marca, no podía evitar verlo frente a mí, blanco como un ángel en su escafandra, subiendo en el ascensor; supe que me había lanzado a esta extraña aventura para no seguir sus pasos.

Mientras contemplaba la torre Eiffel empecé a comprender muchas cosas. La mía era una profesión fatal, seductora por el calificativo que se asignaba a cada uno de sus logros de «un gran paso para la humanidad» (que, como había dicho Armstrong, solo era «un pequeño paso para un hombre»), cuando en realidad era un punto culminante, el apogeo no solamente de una órbita, un lugar que podía desvanecerse, una imagen simbólica de la vida humana, con toda la avidez de sus esfuerzos y esperanzas dirigidos hacia lo inalcanzable. Con la única diferencia de que aquello que constituía para el individuo sus mejores años, aquí representaba horas. Aldrin sabía que las huellas de sus grandes zapatos sobre la Luna sobrevivirían no solo al recuerdo del programa Apolo, sino probablemente a toda la historia de la humanidad, porque tardarían 1500 millones de años en ser borradas por el fuego del sol. ¿Cómo podía un hombre que había estado tan cerca de la eternidad contentarse con vender cerveza?

Saber que todo ha quedado atrás, comprenderlo de modo tan inmediato e irrevocable, constituía más que una derrota, era también un escarnio del momento culminante y de la emoción que lo precedió. Mientras contemplaba el monumento de hierro erigido por un hábil ingeniero en el siglo xix, me maravillé más y más de la ceguera en que había vivido durante tantos años, y solo la vergüenza me impidió volver a Garges por el camino más corto y hacer el equipaje a escondidas. La vergüenza y la lealtad.

Por la tarde, Barth me visitó en mi buhardilla. Parecía algo malhumorado. Tenía una noticia para mí: el inspector Pingaud, enlace entre su equipo y la Sûreté, nos invitaba a su casa. Se trataba de un caso del que se había encargado uno de sus colegas, el comisario Leclerc. Pingaud creía que debíamos conocer las circunstancias de este caso. Como es natural, me mostré conforme, y nos dirigimos juntos a París. Pingaud nos estaba esperando. Lo reconocí: era el hombre canoso y reticente que viera en compañía de Barth la noche anterior. Entonces me había parecido mucho más joven. Nos recibió en una pequeña antesala; cuando entramos se levantó de detrás de una mesa sobre la que había un magnetófono. Nos dijo sin preámbulos que el comisario había ido a verle hacía dos días; estaba jubilado, pero todavía visitaba a menudo a sus antiguos colegas. Hablaron de un caso cuyos detalles Leclerc no podía contarme personalmente y que había relatado al inspector a instancias de este. El relato quedó grabado en una cinta.

Después de pedirnos que nos instaláramos cómodamente, ya que la historia era bastante larga, Pingaud nos dejó solos, tal vez por cortesía, para no estorbarnos, aunque a mí todo aquello se me antojó un poco extraño.

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