La fiebre del heno
- Автор: Лем Станіслав
- Год: 2018
- Язык: испанский
- Год: Impedimenta
- ISBN: 978-8-41711-570-8
- Переводчик: Pilar Giralt
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La fiebre del heno». Краткое содержание книги:
La nueva y premiada obra maestra del genio polaco de la ciencia ficción, Stanisław Lem: una fábula metafísica con tintes detectivescos del autor de «Solaris».
—¡Eso es asombroso!
—¿Por qué asombroso?
—Los síntomas de cada víctima aparecieron con diferente intensidad en cada caso, y en cuanto los pacientes eran internados en el hospital, como el que se tiró por la ventana, desaparecían. Suponiendo que se tratara de una psicosis provocada químicamente, esto significaría que la dosis era incrementada de modo incomprensible. ¿No ha reparado nadie en ello?
—No comprendo bien a qué se refiere.
—No existe ningún compuesto psicotrópico que actúe con tanta lentitud que, si uno lo toma el lunes, por ejemplo, no sienta los primeros síntomas hasta el martes, las alucinaciones el miércoles y el efecto máximo el sábado. Es posible, claro está, introducir en cierto modo un depósito en el organismo, inyectando subcutáneamente un preparado de acción retardada, que se va absorbiendo durante semanas; pero eso siempre supone una intervención que deja huellas en la piel. En la autopsia del cadáver las habrían advertido, y en las actas no he hallado nada al respecto.
—Ciertamente, no se dio ningún caso semejante.
—¡Eso es precisamente lo que me asombra!
—Es posible que tomaran varias veces ese preparado, y así fueran acumulándolo…
Negó con la cabeza.
—¿Cómo? Desde que iniciaron su nueva vida hasta que aparecieron los primeros síntomas, pasaron siempre varios días, de seis a ocho, incluso diez. No existe ningún fármaco que actúe con tanta demora o que se acumule tan lentamente. Suponiendo que tomaran este compuesto a partir del primer día, o incluso del segundo, después de su llegada, los síntomas tendrían que haber aparecido al cabo de cuarenta y ocho horas como máximo. Podría discutirse el caso si estas personas hubieran padecido del hígado o del riñón, pero nadie se hallaba en esta circunstancia, ¿verdad?
—Entonces, ¿cuál es su opinión?
—Mi teoría es que fueron envenenados de modo sistemático, gradual y continuado.
—¿Supone usted envenenamiento con premeditación?
Al sonreír, mostró sus dientes de oro.
—No. Lo ignoro; tal vez fueron duendes insistentes, o tal vez moscas escapadas de un laboratorio farmacológico, que se posaron sobre las tostadas después de haberse paseado sobre los aromáticos derivados del ácido lisérgico. Pero de lo que estoy seguro es de que la concentración de este compuesto fue aumentando en la sangre de las víctimas lentamente.
—¿Y si se tratara de un compuesto desconocido?
—Desconocido…, ¿para nosotros?
Lo dijo de tal modo que no pude evitar una sonrisa.
—Sí, para ustedes, los químicos. ¿No sería posible?
Torció el gesto y dejó brillar de nuevo el oro de sus dientes.
—Hay más compuestos desconocidos que estrellas en el cielo. Pero no puede existir un compuesto que sea a la vez resistente y no resistente al metabolismo de los tejidos. Existe un número infinito de círculos, pero los círculos cuadrados son imposibles.
—No comprendo.
—Es muy sencillo. Los compuestos que provocan síntomas violentos forman en el organismo combinaciones estables, como el monóxido de carbono o la cianita con la hemoglobina. Tales compuestos son verificables en una autopsia, sobre todo si se emplean determinados micrométodos, por ejemplo, la cromatografía. ¡Pues bien, se han utilizado y no se ha demostrado nada! Esto indica que nuestro hipotético compuesto se desintegra fácilmente. Si se desintegra fácilmente, hay que administrarlo más a menudo en pequeñas dosis, ¡o de una sola vez, pero de modo masivo! Pero si se administrara en una sola dosis, los síntomas aparecerían al cabo de pocas horas, no de días. ¿Lo comprende ahora?
—Sí, lo comprendo. ¿Y cree usted que no existe ninguna alternativa a su teoría?
—Claro que existe. Podríamos estar ante un compuesto que fuera totalmente inofensivo en el momento de su ingestión y que no desarrollara sus cualidades psicotrópicas hasta haberse descompuesto en la sangre o en los tejidos. Por ejemplo, en el hígado: el hígado intentaría eliminar del organismo un compuesto inocuo y de ese modo lo convertiría en veneno. Sería una interesante trampa bioquímica; pero también pura fantasía, porque no existe semejante compuesto ni creo que pueda existir.
—¿Por qué está tan seguro de ello?
—Porque la farmacología no conoce nada semejante. No existe entre los venenos nada parecido a un «caballo de Troya», o al menos no en una sola forma, y si no se ha producido nunca nada así, hay muy pocas posibilidades de que llegue a producirse alguna vez.
—¿Y cuál es su deducción, pues?
—No lo sé.
—¿Y para esto tanta elucubración?
Fui descortés, pero aquel hombre me había irritado profundamente. Sin embargo, él no pareció ofenderse.
—No, hay algo más. El… este efecto… puede haber sido el resultado de alguna otra cosa.
—¿La suma de diversas sustancias? ¿Venenos?
—Sí.
—¡Pero esto indicaría sin ninguna duda la existencia de un complot diferente en cada caso!
Sorprendentemente, fue Saussure quien respondió en lugar del químico.
—Una muchacha de Lombardía trabajaba como criada en casa de un médico parisino, que vivía en la Rue St-Pierre, 48, en el segundo piso. La hermana de la muchacha, cuando quiso visitarla, no recordaba bien la dirección y confundió St-Pierre con St-Michel, así que fue al Boulevard St-Michel, encontró el número 48, subió al segundo piso, vio una placa de médico, llamó y preguntó por Marie Duval, su hermana. Y he aquí que la casualidad quiso que en esta calle, en casa de otro médico, trabajase una criada que también se llamaba Duval y tenía incluso el mismo nombre de pila que la hermana de la visitante. Así pues, no podemos dar ninguna respuesta lógica, es decir, matemáticamente creíble, a la pregunta de hasta qué punto intervino a priori la casualidad en este caso. El asunto parece una bagatela sin importancia, ¡pero yo le digo que tiene el tamaño de una sima oceánica! El único ejemplo modélico de la teoría de la probabilidad es el mundo según Gibbs, el mundo de las fases repetibles. Existen sucesos únicos, no sujetos a la estadística porque solo se producen una vez, pero en ellos no se puede hablar de probabilidad.
—No hay sucesos únicos —replicó Mayer, que mientras el otro hablaba se había dedicado a hinchar la mejilla con la lengua y a hacer toda clase de muecas.
—Los hay —insistió Saussure.
—Pero no en serie.
—En realidad todos somos una serie única de sucesos.
—¿Distributivos o colectivos?
Se estaba iniciando un duelo de abstracciones, pero Lapidus posó una mano en la rodilla de ambos matemáticos y exclamó:
—¡Vamos, señores!
Los dos sonrieron. Mayer volvió a abultarse la mejilla con la lengua y Saussure prosiguió:
—Se podría confeccionar una lista de personas llamadas Duval y de domicilios de médicos parisinos; esto sería fácil, pero ¿qué relación tiene la intercambiabilidad de St-Pierre y St-Michel con la abundancia de calles con estos nombres en Francia? ¿Y qué valor numérico habría que dar a la probabilidad de que esta muchacha encontrase una casa donde viviera una Duval, pero en el tercer piso y no en el segundo? En una palabra, ¿dónde acaba la variedad de posibilidades en juego?
—Desde luego no en el infinito… —volvió a intervenir Mayer.
—Puedo demostrar que el infinito no lo es solo en el sentido clásico, sino también en el transfinal.