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La fiebre del heno

Электронная книга - «La fiebre del heno». Краткое содержание книги:

Una agencia de detectives requiere los servicios de un astronauta norteamericano retirado para que ayude a esclarecer una serie de misteriosas muertes acaecidas en un balneario en Nápoles. Varias personas han enloquecido y algunas se han suicidado sin que se conozca motivo para ello; otras parecen haber muerto accidentalmente. Todas las víctimas eran extranjeras, viajaban solas, rondaban la cincuentena y padecían algún tipo de alergia. Tanto la policía local como la Interpol consideran que no hay pistas suficientes como para afrontar el caso con garantías, hasta que empieza a cundir la idea de que en cierto modo las muertes obedecen a algo más perverso. ¿Está sujeto el asesinato al juguetón capricho de las leyes de la probabilidad y el caos?
La nueva y premiada obra maestra del genio polaco de la ciencia ficción, Stanisław Lem: una fábula metafísica con tintes detectivescos del autor de «Solaris».
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»Llegó octubre, que aquel año fue bastante desapacible, lluvioso y frío, y fue en otoño cuando empezaron a menudear los accesos de agotamiento y debilidad del óptico, sobre todo a mediodía; volvió al médico y este le recetó unas tabletas estimulantes. Un día, a finales de mes, durante la comida, le dijo a su madre que estaba muy contento porque le habían encargado un trabajo muy bien pagado, una larga serie de fotografías para revelar y ampliar, en color, y muchas copias de gran formato. Calculaba que cobraría 1600 francos, que para él era una suma considerable. Hacia las siete bajó la persiana metálica y se encerró en la cámara oscura, después de decir a su madre que acabaría tarde porque se trataba de un trabajo urgente.

»Hacia la una, un ruido despertó a su madre. El ruido procedía de la habitación de su hijo. Proque estaba sentado en el suelo y lloraba “de un modo horrible, como nunca le había visto llorar antes”, según palabras de su madre, que fueron convenientemente registradas en el acta del caso. Proque gritaba que había echado a perder su vida y que pensaba suicidarse. Se levantó, empezó a romper su amada colección de postales y derribó varios muebles sin que la anciana pudiese hacer nada por evitarlo: su hijo, siempre tan obediente, no hacía ahora el menor caso de su presencia. La mujer se abalanzó sobre él y lo agarró por el traje, mientras Proque, como en un melodrama barato, buscaba un cordel con el que colgarse: al final logró arrancar el cordón de un visillo, pero era demasiado delgado, y además su madre pudo arrebatárselo a tiempo. Entonces fue a la cocina, rebuscó entre la vajilla y cogió un cuchillo. Segundos después, decidió bajar a la tienda a buscar un veneno. En la cámara oscura tenía muchos productos químicos, pero de pronto le fallaron las fuerzas, se sentó en el suelo y se quedó dormido. Incluso en sueños sollozaba. No se despertó hasta la mañana siguiente. Su madre no fue capaz de cargar con él hasta la cama. No quería llamar a los vecinos y molestarlos, por lo que se limitó a ponerle una almohada bajo la cabeza y permanecer junto a él para que no hiciera una locura.

»Al día siguiente Proque había recobrado la serenidad, aunque se encontraba muy decaído. Se quejó de fuertes dolores de cabeza, dijo que se sentía como si hubiera pasado la noche entera bebiendo, aunque nunca bebía más de un vaso de vino blanco en la comida, y además aguado. Tragó un par de tabletas y bajó a la tienda. El día transcurrió como de costumbre. Como óptico tenía pocos clientes, la tienda estaba casi siempre vacía, por lo que era habitual que se retirara a la trastienda para tallar cristales o revelar fotografías. Aquel día solo entraron cuatro clientes. Llevaba un libro de contabilidad y registraba todos los encargos, aun los más insignificantes. Cuando no conocía al cliente, describía la índole del encargo. Esto no rezaba, naturalmente, para los trabajos fotográficos “especiales”.

»Los dos días siguientes transcurrieron asimismo sin incidentes reseñables. Al tercer día recibió una parte del dinero que le debían por las ampliaciones y las copias. Como es natural, estos ingresos no los registraba en el libro; no era tan tonto. Aquel día la cena fue espléndida, al menos en comparación con lo que acostumbraban. Un vino más caro, pescado, no recuerdo nada más con exactitud, pero puedo decirles que durante una época incluso supe de memoria cuántas clases de queso se sirvieron.

»Al día siguiente recibió una nueva partida de películas del mismo cliente. Durante la comida, Proque estuvo de un humor excelente y le dijo a su madre que aun podrían hacerse construir una casa; por la tarde se encerró nuevamente en la cámara oscura y fue desde allí desde donde, alrededor de la medianoche, un ruido espantoso llegó a oídos de la anciana. Esta bajó y llamó a la puerta del pasillo que comunicaba con la cámara oscura (era apenas un tabique de contrachapado). Dentro, su hijo gemía, daba golpes y rompía cristales. La anciana, horrorizada, pidió ayuda al vecino, un grabador que tenía una tienda en la misma calle. El vecino, un hombre viudo, maduro y de carácter tranquilo, levantó con un escoplo el pequeño cerrojo del tabique. Dentro reinaba la oscuridad. El silencio era casi completo. Proque yacía en el suelo, entre los negativos a medio revelar, pegados entre sí, de las últimas fotografías pornográficas. Estos estaban doblados en todos sus ángulos, y en parte rotos; el linóleo estaba cubierto de cristales, pues Proque había hecho añicos los frascos donde guardaba los productos químicos. Había tirado al suelo la ampliadora y había sumergido sus manos en ácido. Tenía agujeros por todo el traje, y comprobaron que el grifo estaba abierto, y él, empapado de pies a cabeza. Como debió de empezar a sentir náuseas, probablemente había intentado aliviarlas mojándose la cabeza y, al final, poniéndola directamente bajo el chorro del agua. Por lo visto había querido envenenarse, pero había tomado bromo en lugar de cianuro. Eso lo había dejado completamente atontado. Se dejó conducir al piso, al que el vecino tuvo que llevarlo casi a rastras. La madre dijo que, cuando el grabador se hubo marchado, Proque volvió a reanimarse, y que empezó a agitarse violentamente, pero ya no le quedaban fuerzas y todo se quedó de nuevo en un incidente sin importancia. La anciana lo tendió sobre la cama, y Proque empezó a agitar los brazos y las piernas, quiso romper la sábana para colgarse de ella, se la metió en la boca, graznó, lloró, maldijo, y cuando trató de levantarse, se cayó al suelo, se hizo un ovillo y, al igual que la primera vez, se quedó dormido en el acto.

»A la mañana siguiente se despertó tarde y, de nuevo, sintiéndose molido. Se lamentó con desesperación, pero ya en su pleno juicio, de los daños que se había causado a sí mismo y al mobiliario. Pasó toda la mañana recogiendo los deteriorados negativos, mojándolos y tratando de salvar los que pudo, puso orden en la cámara oscura, la limpió, y a mediodía salió apoyado en un bastón, porque dijo que estaba bastante mareado, a comprar los productos químicos que había echado a perder. Por la tarde le insistió a su madre en que, en su opinión, quizá había empezado a desarrollar algún tipo de enfermedad mental, y le preguntó si en la familia había habido casos de trastornos similares. No la creyó cuando la anciana repuso que no conocía ninguno. Entonces él la acusó de mentirle y su madre dedujo que no se hallaba del todo repuesto, ya que jamás se había atrevido siquiera a levantarle la voz. Nunca se había mostrado tan agresivo y, de hecho, es fácil imaginar la excitación y el temor que tendrían que estar haciendo presa de él. No en vano, había sido víctima, en pocos días, de dos ataques de delirio. Todo el mundo los consideraría los primeros síntomas de un probable estado de locura. Proque le dijo a su madre que si esto le ocurría una vez más, que iría a consultar a un psiquiatra. No le pegaba tomar decisiones tan enérgicas. Él no era así; normalmente pasaban semanas antes de que se animase a ir a ver al dermatólogo, aun sufriendo mucho de sus úlceras, y no porque fuera avaro, ya que estaba asegurado, sino porque el mínimo cambio en su rutina diaria le resultaba sencillamente insoportable.

»Lo que sí sabemos es que discutió con el cliente que le había confiado la película, pues cuando él le entregó las fotografías faltaban varias imágenes, pero no sabemos con detalle qué ocurrió entre ellos; fue el único punto de este caso que no pudo quedar esclarecido.

»Durante toda la semana siguiente no se produjo ningún incidente más. Proque se fue calmando poco a poco y en las conversaciones con su madre no volvió a mencionar la sospecha de una dolencia mental. El domingo fue con ella al cine, y el lunes volvió a enloquecer. Ocurrió como sigue: a las once de la mañana abandonó la tienda, dejando la puerta abierta de par en par, y no contestó, como hacía siempre, al saludo de un amigo suyo, que posee una pequeña pastelería en la esquina. Este hombre, un italiano, fue el primero que se dirigió a él, pues se encontraba precisamente ante la puerta de su comercio. El comportamiento de Proque le pareció “un poco extraño”, según dijo. Entró, compró pasteles y explicó que los pagaría a la vuelta, ya que entonces habría recibido “un montón de dinero”… Esto tampoco cuadraba con su manera de ser. Entonces se acercó a un parada de taxis, se subió a uno, algo que no había hecho en diez años, y dio al conductor una dirección de la Rue de l’Opéra. Una vez llegaron a su destino, le pidió al taxista que esperase y volvió al cabo de un cuarto de hora, lanzando improperios en voz alta y gesticulando. En una mano llevaba un sobre lleno de billetes. Se metió en el coche maldiciendo al miserable que había intentado estafarle su bien ganado dinero y se hizo llevar en dirección a Notre-Dame. Allí, en la isla, pagó cien francos por el viaje y no reclamó el cambio. El conductor del taxi observó que el sobre que llevaba rebosaba de billetes de cien.

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