La fiebre del heno
- Автор: Лем Станіслав
- Год: 2018
- Язык: испанский
- Год: Impedimenta
- ISBN: 978-8-41711-570-8
- Переводчик: Pilar Giralt
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La fiebre del heno». Краткое содержание книги:
La nueva y premiada obra maestra del genio polaco de la ciencia ficción, Stanisław Lem: una fábula metafísica con tintes detectivescos del autor de «Solaris».
Barth quiso celebrar enseguida el hecho de que su equipo se hiciera cargo del caso, o tal vez solo deseara exhibir su nueva casa; sea como fuere, al cuarto día de mi visita, un domingo, organizó una fiesta destinada a que nos conociéramos todos un poco mejor. A la celebración asistirían más de veinte personas. Poco dado a las fiestas, reservé el sábado para bajar a París a fin de comprarme ropa adecuada, pero Barth me quitó la idea de la cabeza. Así pues, me planté ante la entrada junto a él y su mujer, vestido con unos tejanos deshilachados y un pulóver viejo, ya que la policía italiana me había destrozado todo lo que poseía. Las paredes correderas de la planta baja estaban abiertas y todo el piso bajo de la casa se había transformado en un espacioso salón. Fue una velada singular. Entre los jóvenes barbudos y las sabihondas tocadas con peluca, yo me sentía un poco invitado casual y un poco anfitrión, ya que vivía en casa de los Barth y hacía en cierto modo los honores a los recién llegados. Me había cortado el pelo y me había afeitado como un viejo explorador. Afortunadamente, durante la velada no reinó la rigidez ceremoniosa tan propia de este tipo de encuentros, ni su reverso, que era todavía peor: la bufa jactancia de los intelectuales. Por otra parte, desde los últimos acontecimientos ocurridos en China, ya no quedaban apenas maoístas.
Procuré hablar un poco con todos, ya que al fin y al cabo habían venido para conocer a un astronauta alérgico en viaje de negocios, y que realizaba labores detectivescas de manera puntual.
La conversación, siempre en un tono ligero, giró al principio en torno a los sufrimientos de este mundo. No es que se hablara con ligereza, entiéndaseme, sino más bien con una notable falta de sentido de la responsabilidad, pues ya había terminado la misión centenaria de Europa, y estos graduados de Nanterre y la École Supérieure lo comprendían mejor que sus propios compatriotas. Europa solo había superado la crisis económica. Había vuelto la prosperity sin que con ello mejorara un ápice la propia conciencia. No era el temor del operado de cáncer a la metástasis: era la certeza de que el espíritu de la historia se había marchado y de que, si volvía, no sería para quedarse aquí. Francia no podía hacer nada, y por eso los franceses se dedicaban a hablar libremente de los sufrimientos que aquejaban a este mundo, pues habían pasado de dominar el escenario a ocupar la platea. Las profecías de McLuhan se habían cumplido, pero a la inversa, como suele suceder con todas las profecías. Su poblado global se hizo realidad, pero dividido en dos mitades. La más pobre sufría, y la más rica importaba este sufrimiento mediante la televisión y se compadecía desde lejos. Se tenía incluso la convicción de que no se podía continuar así mucho tiempo, pero de algún modo se continuaba. Nadie me preguntó qué pensaba de la nueva doctrina del State Department, la doctrina «de la espera» dentro de cordons sanitaires económicos, así que me callé. Tras el sufrimiento pasamos a las locuras del mundo. Me enteré de que un conocido director de cine francés había decidido rodar una película sobre el caso del baño de sangre de la escalera.
El papel del misterioso héroe sería confiado a Belmondo, y el de la chica salvada por él —en lugar de una niña, porque con una niña no se puede ir uno a la cama—, a una famosa actriz inglesa. Esta actriz acababa de casarse y había invitado a su noche de bodas pública —tan de moda hoy día— a multitud de personajes importantes, a fin de organizar alrededor del tálamo nupcial una tómbola en favor de las víctimas de Roma. Desde que había oído hablar de las monjas belgas que resolvieron dedicarse a la prostitución con fines benéficos, y de paso rescatar del fariseísmo a la Iglesia, ya no me asombraba escuchar historias tan rocambolescas y disparatadas.
También se habló de política. La novedad del día era el descubrimiento de que los miembros del movimiento argentino de Defensores de la Patria estaban a sueldo del Gobierno. Se expresó el temor de que a la larga pudiera ocurrir algo similar también en Francia. El fascismo ya había caducado, así como las dictaduras primitivas, al menos en Europa, pero contra el terrorismo no existía un medio más efectivo que la liquidación preventiva de los activistas. Una democracia no podía consentir el asesinato profiláctico directo, pero podía cerrar los ojos a un asesinato alevoso bien visto por el Gobierno, castigándolo con un breve encarcelamiento y una discreta vigilancia. Ya no se trataba del antiguo asesinato de encapuchados (represalias de las que era responsable el Gobierno), sino de un terror constructivo per procura. Alguien, en el transcurso de la noche, me habló de un filósofo que predicaba la total legalización de la violencia. El marqués de Sade ya había definido semejante estado como la perfecta y auténtica libertad del hombre. Se garantizaría constitucionalmente que todas las actividades hostiles al Gobierno tendrían los mismos derechos que las conservadoras, y como las fuerzas interesadas en la conservación del statu quo eran más numerosas que las revolucionarias, el sistema saldría indemne del choque entre las actitudes extremas, incluso aunque se llegara a una especie de guerra civil entre las partes.
Hacia las once, Barth empezó a enseñar la casa a los invitados, que le siguieron con curiosidad. La planta baja se quedó casi vacía, y yo me uní a tres hombres que hablaban frente a la puerta abierta de la terraza. Dos de ellos eran matemáticos, pero de especialidades virtualmente incompatibles entre sí, ya que Saussure, un pariente de Lagrange, se ocupaba del análisis de la teoría, o sea, de la matemática «pura», mientras que el segundo, especialista en las matemáticas aplicadas, se dedicaba a la estadística. El contraste entre ambos podía calificarse de cómico. Saussure, enjuto, de cabellos muy negros y con el huesudo rostro enmarcado por unas patillas, parecía recién salido de un daguerrotipo decimonónico y llevaba unos anteojos de oro y una calculadora japonesa colgada del cuello, como si se tratara de la cruz de un comendador.
El estadístico, como si la escena formase parte de un relato cómico, tenía el cabello rubio y rizado, era corpulento y parecía uno de esos boches regordetes de las postales francesas de la Primera Guerra Mundial. Luego supimos que procedía, efectivamente, de una familia alemana. Se llamaba Mayer, y no Mailleux, como pensé en un principio, pues él pronunciaba así su nombre. Ninguno de los dos matemáticos parecía estar dispuesto a abrir la boca en presencia del otro, pero el tercero en discordia, el doctor Lapidus, un farmacólogo, entabló conversación conmigo. Su barba le daba el aspecto de un náufrago recién rescatado de una isla desierta. Quería saber si las investigaciones no habían topado con casos abortivos, es decir, casos en que los síntomas de locura aparecían para remitir poco después por sí solos. Yo le dije que los microfilmes contenían todo el material de las actas, y que, en todo caso, si había habido un caso abortivo, ese era el de Swift.