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Электронная книга - «Cita De Amor». Краткое содержание книги:

Augusta Ballinger estaba segura de que se trataba de un terrible error. No era posible que el temible, pomposo y peligrosamente perturbador conde de Graystone quisiera casarse con ella… porque se rumoreaba que la elegida tenía que ser un dechado de virtudes. Y todos sabían que ella, la última descendiente de los desenfrenados Ballinger de Northumberland, no respetaba las normas sociales. Con el fin de convencer al conde de que no es la esposa apropiada, planea un encuentro a medianoche. Pero al entrar en la casa por una ventana sólo consigue fortalecer la resolución de él: arrancar a besos la risa de esos labios de miel y enseñar buen comportamiento a la indomable jovencita. Pero un viejo enemigo irrumpe para amenazar el amor de los dos, su honor e incluso su vida.
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Augusta gimió. El sentido del humor de Claudia era bastante limitado… tanto como el de Graystone, ahora que lo pensaba.

– Cielos, no, es un sarcasmo. Claudia, yo misma no comprendo la necesidad de tanta prisa. Habría preferido pasar los próximos cuatro meses relacionándome con Graystone para que llegáramos a conocernos bien.

– Eso es.

Augusta hizo un lento gesto de asentimiento.

– Se ha expuesto a un rudo golpe casándose conmigo. Y después de la boda ya no podrá librarse de mí.

– No creo que Graystone sea de los que se precipiten. ¿Por qué de pronto se siente urgido a una ceremonia apresurada?

Augusta se aclaró la voz y examinó la punta de sus chinelas.

– Como de costumbre, supongo que es culpa mía, si bien el conde lo niega por galantería.

– Augusta, ¿a qué te refieres?

– ¿Recuerdas que hablamos de los problemas que podían surgir cuando se le permitía a un hombre ciertas intimidades inocentes?

Claudia frunció las cejas y se sonrojó.

– Recuerdo la conversación.

– Bueno, Claudia, en síntesis, la otra noche, debido a circunstancias inesperadas, me encontré dentro de un carruaje con Graystone. Baste decir que, en esa ocasión, le permití algo más que ciertas pequeñas intimidades. Mucho más.

Claudia palideció y luego se ruborizó.

– ¿Acaso…? Augusta, no puedo creerlo, me niego a creerlo.

– Pues así fue. -Augusta soltó un suspiro-. Te aseguro que, si volviese a presentarse la ocasión, lo pensaría mejor. De todos modos, no fue tan maravilloso, aunque el comienzo me agradó. Sin embargo, Graystone me asegura que, con el tiempo, será más placentero y tengo que confiar en que sepa de qué habla.

– Augusta, ¿estás diciéndome que te hizo el amor dentro del coche? -la voz de Claudia sonaba desmayada por la impresión.

– Sé que te parecerá desagradable y reprensible, pero en aquel momento no me lo pareció. Tendrías que haber estado allí para comprenderlo.

– ¿Te sedujo Graystone? -preguntó Claudia con voz más severa.

Augusta frunció el entrecejo.

– No podría afirmarlo. Según recuerdo el conde comenzó por endilgarme un severo sermón. Estaba muy enfadado conmigo. Se podría decir que estaba visceralmente furioso. Y aquella pasión cedió paso a la otra, ¿entiendes?

– ¡Buen Dios! ¿Te atacó?

– ¡No, Claudia! Acabo de explicarte que me hizo el amor: es distinto. -Augusta se interrumpió para beber un sorbo de té-. Sin embargo, después, yo misma me pregunté cuál era la diferencia. Te confieso que estuve un tanto tensa e incómoda. Pero esta mañana, después de un buen baño, me he sentido mucho mejor. Con todo, creo que esta mañana no iré a cabalgar.

– Esto es inaudito.

– Soy consciente de ello. Supongo que debería de extraer alguna moraleja de todo esto. Sin duda, la tía Prudence lo habría sintetizado a la perfección: «No te metas en un coche con un caballero, pues te expones a tener que casarte enseguida».

– De acuerdo con las circunstancias, deberías estar agradecida a Graystone porque quiera casarse contigo -afirmó Claudia con expresión adusta-. Otros hombres podrían considerar un comportamiento tan liberal por parte de la mujer antes del matrimonio como una grave falta de virtud.

– Más bien lo que impresionó a Graystone fue su propio comportamiento. Pobre hombre. Sabes que es muy estricto en relación al decoro. Estaba bastante enfadado consigo y creyó que corría el riesgo de volver a caer en la tentación antes de que pasaran los cuatro meses de compromiso. Por ese motivo hay tanto trajín esta mañana y nos preparamos para una boda tan especial.

– Comprendo. -Claudia vaciló-. Augusta, ¿te sientes desdichada por el modo como sucedieron las cosas?

– No del todo, pero te confieso que me siento nerviosa -admitió Augusta-. Preferiría contar con cuatro meses para saber en qué situación me encuentro. No estoy segura de que me ame. La otra noche no dijo una sola palabra de amor… -Se interrumpió, acalorada.

Claudia compuso una expresión asombrada.

– ¿Que no te ama?

– Tengo mis dudas. Afirma que ese sentimiento no le interesa. Y además, yo tampoco estoy segura de lograrlo. Eso es lo que más me asusta del matrimonio. -Augusta miró afligida por la ventana-. Ansío tanto que me ame… Sería tranquilizador.

– En la medida en que fuera un buen esposo, no tendrás motivos para quejarte -dijo Claudia con rigidez.

– Eso que dices es muy propio de una Ballinger de Hampshire.

– En nuestro ambiente, pocas personas se casan por amor. Todo lo que podemos pedir es respeto mutuo y cierto grado de afecto. Muchas parejas no cuentan siquiera con eso. Lo sabes muy bien, Augusta.

– Sí, pero a lo largo de los años he alimentado algún sueño. Deseaba un matrimonio como el de mis padres: desbordante de amor, de risas y de calidez. No sé si lo lograré con Graystone. He descubierto que guarda una parte oculta de sí.

– Qué extraño es lo que dices.

– No puedo explicarlo, Claudia. Sólo sé que una parte de su ser permanece en las sombras. Últimamente he comenzado a pensarlo.

– Sin embargo, te sientes atraída, ¿verdad?

– Desde el principio -admitió Augusta-. Y eso no habla a favor de mi inteligencia. -Dejó la taza con un tintineo-. Además, tiene una hija. No la conozco y no dejo de preguntarme si le gustaré.

– Augusta, sueles gustar a la gente.

Augusta parpadeó.

– Es muy bondadoso de tu parte. -Esbozó una sonrisa valerosa-. Pero dejemos esta penosa conversación. Mañana me casaré y eso es todo. Tendré que sacar de ello el mejor partido posible, ¿no crees?

Claudia vaciló y luego se inclinó hacia delante y habló en un susurro premioso:

– Augusta, si te asusta la idea de casarte con Graystone, tendrías que hablar con papá. Sabes que te quiere mucho y no te obligaría a hacerlo contra tu voluntad.

– Creo que ni siquiera el tío Thomas podría convencer a Graystone de que suspendiera la boda. Está decidido y tiene una gran fuerza de voluntad. -Augusta movió la cabeza, apesadumbrada-. De cualquier manera, ya es tarde para retroceder, ahora soy una «mercancía defectuosa», una mujer caída. Sólo queda agradecer que el hombre partícipe en mi caída desee hacer lo que corresponde.

– Pero tú también eres voluntariosa y nadie puede obligarte si no quieres… -Claudia se interrumpió y la miró fijamente-. ¡Ah, caramba! Lo que pasa es que estás enamorada de Graystone, ¿no es así?

– ¿Tan obvio es?

– Para los que te conocemos bien -le aseguró Claudia con dulzura.

– Qué alivio. No creo que a Graystone le gustara una esposa enferma de amor, lo sentiría como una pesada carga.

– De modo que para hacer honor a la reputación de los miembros de tu familia te sumergirás de cabeza en este matrimonio… -Claudia adoptó un aire reflexivo.

Augusta se sirvió otra taza de té.

– Al principio, las cosas serán difíciles. Sólo deseo no tener que seguir los pasos de una esposa que fue un dechado de virtud como dicen de mi antecesora. Las comparaciones siempre me han parecido odiosas y en mi caso es probable que se hagan.

Claudia hizo un gesto comprensivo.

– Imagino que te resultará difícil vivir de acuerdo con las pautas de la primera señora Graystone. Catherine Montrose era un modelo de virtudes femeninas. No obstante, Graystone te ayudará en alcanzar el nivel de la difunta.

Augusta se encogió de hombros.

– Sin duda. -Durante unos momentos reinó el silencio en la biblioteca y sólo se escuchaba el estrépito de los baúles que eran arrastrados en la planta superior-. Me preocupa que, en las próximas semanas, no pueda visitar a Sally. Está muy enferma y estaré inquieta por su salud.

– Nunca he aprobado del todo tu relación con esa dama ni con el club que dirige -dijo Claudia marcando las palabras-, pero sé que la consideras una buena amiga y si quieres, iré a verla una o dos veces por semana mientras estés ausente. Después te escribiré para informarte.

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