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Электронная книга - «Cita De Amor». Краткое содержание книги:

Augusta Ballinger estaba segura de que se trataba de un terrible error. No era posible que el temible, pomposo y peligrosamente perturbador conde de Graystone quisiera casarse con ella… porque se rumoreaba que la elegida tenía que ser un dechado de virtudes. Y todos sabían que ella, la última descendiente de los desenfrenados Ballinger de Northumberland, no respetaba las normas sociales. Con el fin de convencer al conde de que no es la esposa apropiada, planea un encuentro a medianoche. Pero al entrar en la casa por una ventana sólo consigue fortalecer la resolución de él: arrancar a besos la risa de esos labios de miel y enseñar buen comportamiento a la indomable jovencita. Pero un viejo enemigo irrumpe para amenazar el amor de los dos, su honor e incluso su vida.
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Augusta sintió un considerable alivio.

– Claudia, ¿harás eso por mí?

Claudia enderezó los hombros.

– No veo por qué no pueda hacerlo. Imagino que le gustará recibir mis visitas en tu ausencia y a ti te aliviará de tu preocupación.

– Claudia, no sabes cuánto te lo agradezco. Podríamos ir esta misma tarde y aprovecharía para presentaron.

– Pero tienes que preparar el viaje.

Augusta rió.

– Tengo tiempo para hacer una visita y ésta no me la perdería por nada del mundo. Creo que te llevarás una sorpresa, Claudia. No sabes lo que te pierdes.

Peter Sheldrake se sirvió clarete del botellón del que bebía Harry y observó a su amigo.

– ¿Que investigue la vida de Lovejoy? ¿Lo crees necesario?

– Me resulta difícil explicarlo, pero no me gustó la manera como enredó a Augusta en su desagradable jueguecito.

Peter se encogió de hombros.

– Tal vez sea desagradable, pero estarás de acuerdo en que no es raro. Los hombres como Lovejoy suelen hacerlo. Por lo general, sólo buscan divertirse con esposas ajenas. Si mantienes a Augusta lejos de él, estará segura.

– Aunque parezca increíble, Augusta ha aprendido la lección en lo relativo a Lovejoy. Si bien es algo imprudente, no es tonta y no volverá a confiar en ese sujeto. -Harry pasó un dedo por el lomo del libro apoyado sobre el escritorio.

El volumen, titulado Observaciones acerca de la «Historia de Roma» de Livy, era una obra breve de su propia autoría. Se había publicado recientemente y el conde estaba satisfecho, aunque no obtuviera el clamoroso éxito de la última novela de Waverley o de un poema épico de Byron. Augusta lo hallaría en extremo aburrido, pero Harry se consoló pensando que escribía para un público diferente.

Peter lanzó a Harry una mirada especulativa y, presa de inquietud, se acercó a la ventana.

– Si crees que la señorita Ballinger ha aprendido la lección, ¿qué te preocupa?

– El instinto me dice que en los crueles jueguecitos de Lovejoy hay algo más que el simple deseo de flirtear o de seducir a Augusta. La estratagema era calculada. Además, cuando fui a verlo se apresuró a señalar que Augusta era esposa poco apropiada para mí.

– ¿Piensas que intentara chantajearte? Quizá creyera que pagarías mucho más que las mil libras por el documento de Augusta para mantener oculto el asunto. Tienes la reputación de ser demasiado estricto, si no te importa que lo diga.

– No te prives de decirlo; Augusta me lo repite siempre que puede.

Peter rió entre dientes.

– Sí, me lo imagino. Es una de las razones por las que la muchacha te beneficiará. Pero volviendo a Lovejoy, ¿qué esperas descubrir?

– Ya te lo he dicho. No lo sé. Intenta averiguarlo. Al parecer, nadie sabe mucho acerca de ese sujeto. Incluso Sally admite que ese hombre es un misterio.

– Sana o enferma, Sally sería la primera en enterarse de algo. -Por un instante, Sheldrake pareció pensativo-. Quizá debería pedirle colaboración en esta investigación. Le encantará la idea, le recordará viejos tiempos.

– Actúa según tu propio juicio, pero no la fatigues. Le quedan pocas fuerzas.

– Lo comprendo, pero es el tipo de mujer que preferiría vivir cada momento antes que quedarse en cama para conservar las fuerzas.

Mirando por la ventana hacia el jardín, Harry asintió.

– Creo que tienes razón. Muy bien, pregúntale a Sally si le gustaría revivir los buenos tiempos. -Lanzó al amigo una mirada suspicaz-. Desde luego, espero que seáis los dos extremadamente discretos.

Peter adoptó una expresión de inocencia ofendida.

– Sabes que la discreción es una de mis contadas virtudes. -Luego rió con aire malicioso-. A diferencia de cierto caballero que podría mencionar, quien debido a un acto sumamente indiscreto en coche cerrado, se ve hoy en la necesidad de solicitar a una señorita en matrimonio.

El ceño de Harry fue una advertencia.

– Sheldrake, una sola palabra a alguien sobre lo ocurrido anoche y te verás obligado a componer tu propio epitafio.

– No temas, seré mudo como una tumba. ¡Pero deberías haber visto tu expresión cuando te apeaste del carruaje con la señorita Balinger! Fue memorable, te lo aseguro.

Harry ahogó una blasfemia. Cada vez que recordaba la noche pasada -y era casi lo único en que pensaba- se sentía perplejo. Todavía no daba crédito a su deplorable comportamiento. Nunca había estado a merced de su naturaleza física de aquella manera. Y lo peor era que no lamentaba lo sucedido.

Ahora disfrutaba de la idea de que Augusta le pertenecía como no había pertenecido a hombre alguno. Es más: el hecho le había proporcionado una excusa para celebrar la boda cuanto antes.

Lamentaba profundamente que su propia falta de contención hubiera impedido a Augusta que disfrutara plenamente de la experiencia. «Pero pronto remediaré la mala impresión que le he causado», se dijo, confiado. Nunca había estado con una mujer que respondiera de ese modo, pues lo había deseado verdaderamente. Se había entregado con una dulce y ansiosa inocencia que recordaría toda su vida. «Y no como Catherine, esa perra engañosa.»

Peter se volvió otra vez hacia la ventana.

– Graystone, he estado pensando qué pasaría si me encontrase con Ángel a solas en un coche cerrado.

– Eso depende del grado de interés que demostrases por el libro que está escribiendo -murmuró Harry.

– Créeme que no he hecho otra cosa que hablarle de la Guía de conocimientos útiles para las jóvenes cada vez que la he visto desde que me lo sugeriste. ¡Maldición, Harry!, ¿por qué me he enamorado de una Ballinger de Hampshire?

– Me alegra que hayas elegido a Ángel. La de Northumberland no está disponible. Si descubres algo interesante acerca de Lovejoy, mándame información a Dorset.

– Por supuesto -acordó Peter-. Y ahora, debo irme. Scruggs tiene que presentarse a la puerta principal del Pompeya dentro de una hora y ha de caracterizarse con ese condenado disfraz de patillas falsas.

Harry esperó a que se marchara Peter y luego abrió Observaciones acerca de la «Historia de Roma» de Livy, tratando de leer algunas páginas para ver cómo quedaba su obra impresa, pero no llegó demasiado lejos. Sólo podía pensar que estaba cerca el momento en que le haría el amor a su esposa en una cama.

Al cabo de un rato, Harry comprendió que no tenía ánimo para leer un ensayo sobre la historia de Roma, aunque fuese escrita por él mismo. Cerró el libro y se acercó a la estantería a buscar un volumen de Ovidio.

– Claudia, la cuestión es -dijo Augusta mientras subía con su prima las escaleras de casa de lady Arbuthnotque Pompeya comenzó como un salón. Y de pronto, un día se me ocurrió que sería mucho más divertido que lo convirtiéramos en un club al modo del de la calle Saint James. Tal vez te parezca un tanto… insólito.

– Estoy dispuesta a conocer el Pompeya. Te aseguro que no te avergonzaré -murmuró Claudia con sequedad.

– Sí, lo sé, pero en ocasiones tienes un sentido demasiado estricto del decoro y tal vez te molesten algunas cosas.

– ¿Por ejemplo?

– Por ejemplo, el mayordomo -murmuró Augusta al tiempo que Scruggs les abría la puerta.

– Bien, bien, señorita Ballinger -refunfuñó Scruggs al ver a Augusta en el umbral-. Me sorprende verla hoy aquí. He oído decir que se casa usted con lo que podría considerarse una prisa indecente.

– Bueno, hombre, eso no es asunto suyo -afirmó Claudia en tono adusto.

Cuando al fin reconoció a Claudia junto a su prima, Scruggs abrió la boca, atónito. Los brillantes ojos azules se abrieron de asombro y luego se entrecerraron, pero se recobró.

– Buen Dios. ¡No es posible que la mismísima Ángel haya venido a visitar el Pompeya! Señorita Ballinger, ¿conque dando un paseo por las regiones inferiores? Dígame, por favor, ¿adónde irá a parar el mundo?

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