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Электронная книга - «Cita De Amor». Краткое содержание книги:

Augusta Ballinger estaba segura de que se trataba de un terrible error. No era posible que el temible, pomposo y peligrosamente perturbador conde de Graystone quisiera casarse con ella… porque se rumoreaba que la elegida tenía que ser un dechado de virtudes. Y todos sabían que ella, la última descendiente de los desenfrenados Ballinger de Northumberland, no respetaba las normas sociales. Con el fin de convencer al conde de que no es la esposa apropiada, planea un encuentro a medianoche. Pero al entrar en la casa por una ventana sólo consigue fortalecer la resolución de él: arrancar a besos la risa de esos labios de miel y enseñar buen comportamiento a la indomable jovencita. Pero un viejo enemigo irrumpe para amenazar el amor de los dos, su honor e incluso su vida.
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Se hizo un tenso silencio mientras Claudia lanzaba a Scruggs una mirada desaprobatoria. Luego se volvió a Augusta con aire de imperioso desdén.

– ¿Quién es este extraño personaje?

– Es Scruggs -explicó Augusta ocultando una sonrisa complacida-. No le prestes atención. Lady Arbuthnot lo retiene para añadir un toque exótico a la atmósfera del lugar. Le agradan las excentricidades.

– Es evidente. -Claudia miró a Scruggs de arriba abajo con parsimonia y luego pasó junto a él hacia el vestíbulo-. Estoy impaciente por ver qué otras rarezas puede haber por aquí. Vamos, Augusta.

Augusta se tragó la risa.

– Scruggs, la señorita Ballinger es una nueva integrante del Pompeya. Se ha ofrecido con toda gentileza a visitar a lady Arbuthnot mientras yo esté fuera de la ciudad y a mantenerme informada sobre la salud de la señora.

– ¡Y yo que pensaba que sería todo más aburrido sin su presencia, señorita Augusta! -Los ojos de Scruggs no se apartaban de Claudia, que permanecía de pie con aire regio junto a la entrada de la sala.

Mientras se quitaba el moderno sombrero con motivos de flores, Augusta sonrió.

– Sí, no cabe duda que las cosas seguirán siendo divertidas. Sentiré no estar aquí para verlo.

Scruggs mostró una sonrisa beatífica, abrió la puerta del Pompeya y Augusta y Claudia entraron en el salón de Sally.

Augusta percibió la mirada de su prima que observaba atentamente el salón mientras ella la guiaba hacia Sally, que estaba cerca del fuego.

– Qué extraordinario -exclamó Claudia en voz queda, contemplando los retratos de las mujeres famosas.

Sally cerró el libro que tenía sobre el regazo, se acomodó el chal indio y miró expectante a las dos jóvenes mientras se acercaban.

– Buenas tardes, Augusta. ¿Nos has traído a una nueva integrante?

– Mi prima Claudia. -Augusta hizo una rápida presentación-. Me reemplazará a lo largo de las próximas semanas, Sally.

– Señorita Ballinger, esperaré ansiosa sus visitas. -Sally sonrió a Claudia-. Claro que echaremos de menos a la señorita Augusta, pues nos depara mucha animación.

– Lo sé -respondió Claudia.

– Siéntese. -Sally hizo un gracioso ademán hacia las sillas más próximas.

Augusta echó una mirada al libro que leía Sally.

– Ah, tienes un ejemplar del Kublai Kan de Coleridge. Quería leerlo yo también. ¿Qué opinas de él?

– Es extraordinario. Fantástico. El autor asegura que la historia se le ocurrió al despertar de un sueño de opio. Las imágenes me parecen fascinantes, casi familiares. Aunque no podría explicarlo, encuentro cierto consuelo en la obra. -Se volvió a Claudia y sonrió-. Pero basta de disquisiciones. Dígame, ¿qué piensa hasta ahora de nuestro modesto club?

– El mayordomo me recuerda a alguien -dijo Claudia.

– Debe de ser la cojera -dijo Augusta-. Nuestro jardinero camina de la misma forma. Debe de ser cosa del reumatismo.

– Tal vez tengas razón -respondió Claudia. Sally se volvió a Augusta.

– Querida, de modo que te casas y te vas a Dorset.

– Es increíble la velocidad con que se extienden los rumores…

– Y llegan aquí, al Pompeya -concluyó Sally-. Debí imaginar que no harías nunca nada al modo convencional.

– No fue idea mía sino de Graystone. Espero que no lo lamente. -Augusta inclinó la cabeza a un lado mientras recibía una taza de té-. Por otra parte, me alivia descubrir que mi prometido tenga algo de impetuoso.

– ¿Impetuoso? -Sally lo pensó un momento-. No creo que sea ése el término para describir a Graystone.

– ¿Cuál sería la palabra, señora? -preguntó Claudia interesada.

– Engañoso, astuto y, en ocasiones, hasta duro. Graystone es un hombre poco común. -Sally sorbió té.

– Estoy de acuerdo, y debo agregar que me inquieta -dijo Augusta-. ¿Sabes que tiene el enervante hábito de enterarse siempre de cualquier plan que lleve yo a cabo, por más discreta que sea? Es como ser perseguido por la misma Némesis.

Sally se ahogó con el té y se apresuró a limpiarse los pálidos labios con el pañuelo. Sus ojos resplandecían divertidos.

– Conque Némesis, ¿eh? Es extraño que lo digas…

«Némesis.» La tarde siguiente, mientras el coche de Graystone rodaba por la carretera hacia Dorset, Augusta seguía pensando en aquella observación.

Aquella mañana, la ceremonia de la boda había sido rápida y escueta. Graystone parecía preocupado y apenas reparó en el vestido de muselina blanco elegido con el mayor esmero para la ocasión. Ni siquiera le ofreció un cumplido por el discreto volante que la muchacha había mandado coser en el escote. ¡Se había desentendido de su primer esfuerzo en parecer modesta a vista del esposo! Había insistido en partir de inmediato y, en ese momento, estaba estirado frente a Augusta en el asiento opuesto del coche, hundido en sus pensamientos desde que habían partido de Londres. Desde la noche en que habían hecho el amor en el coche, era la primera vez que estaban a solas.

Incapaz de leer o de concentrarse mucho tiempo en el paisaje, Augusta estaba inquieta. Manoseaba el cordón de su atuendo de viaje color cobre, jugueteaba con el bolso y de vez en cuando lanzaba miradas de soslayo a Graystone. Aparecía esbelto y vigoroso con botas resplandecientes, pantalones ajustados y chaqueta de elegante corte. El corbatín, inmaculado, iba ajustado con esmero, como siempre. Semejaba un modelo.

«¿Cómo podré vivir alguna vez de acuerdo con los parámetros de Harry?», pensó Augusta con tristeza.

– Augusta, ¿pasa algo? -preguntó al fin Harry.

– No, milord.

– ¿Estás segura? -preguntó otra vez con suavidad.

La joven se encogió de hombros.

– Es que tengo la extraña sensación de que nada de lo sucedido sea real. Me siento como si en cualquier momento fuese a despertarme y a descubrir que estuviera soñando.

– Te aseguro que no es así, querida mía, estás verdaderamente casada.

– Sí, milord.

El conde exhaló un hondo suspiro.

– Estás nerviosa, ¿verdad?

– Un poco. -Pensó en lo que la esperaba: una hija que no conocía, un nuevo hogar y un marido cuya primera esposa había sido un dechado de virtudes femeninas. En un arranque de valor, irguió los hombros-. Harry, trataré de ser una buena esposa.

El hombre esbozó una sonrisa pálida.

– ¿En serio? Eso resulta interesante.

La sonrisa tímida de la joven se esfumó.

– Soy consciente de que a tus ojos tengo muchos defectos y comprendo que me espera una tarea difícil. Será duro vivir de acuerdo con el ejemplo de tu primera esposa, pero estoy segura de que con tiempo y paciencia…

– Mi primera esposa era una perra mentirosa, engañosa y sin corazón -dijo Harry sonriendo con serenidad-. Lo último que desearía es que siguieras sus pasos.

CAPITULO IX

Muda de asombro, Augusta miró a Harry.

– No comprendo -pudo decir al fin-. Teníamos todos la impresión de que tu primera esposa había sido una mujer admirable.

– Lo sé, y no voy a corregir esa opinión. Yo también, antes de casarme con ella, creía que Catherine era un ejemplo de decoro. -La boca de Harry hizo un gesto amargo-. Puedes estar segura de que no me permitió más que algún casto beso durante nuestro compromiso. Y por supuesto, yo confundí la falta de calidez con la virtud.

– Entiendo. -Augusta se sonrojó recordando cuánto le había permitido ella antes de la boda.

– La noche de bodas, cuando se comportó con tanta frialdad como durante el compromiso, por fin comprendí que no sentía el menor afecto por mí. Sospeché que debía de haber algún otro. Al decírselo, estalló en lágrimas y me explicó que en realidad amaba a otro y que se había entregado a él cuando se supo obligada a casarse conmigo.

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