El psicoanalista [The Analyst - es]
- Автор: Катценбах Джон
- Язык: испанский
- Переводчик: Laura Paredes
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El psicoanalista [The Analyst - es]». Краткое содержание книги:
La mujer accedió y comprobó su dirección.
– Suele pasar -añadió-. ¿Perdió la cartera? A veces los ladrones obtienen el número en extractos viejos que se han tirado. O compramos algo y el dependiente vende el número a un sinvergüenza.
Hay millones de maneras de falsificar las tarjetas, doctor. Pero será mejor que llame a Visa y lo solucione. O acabará recibiendo cargos que no son suyos. En cualquier caso, seguramente le mandarán una tarjeta nueva en un par de días.
– Descuide -dijo Ricky, y colgó.
Despacio, extrajo todas sus tarjetas de crédito. «No sirven de nada -se dijo-. Las han cancelado todas.» No sabía cómo pero sabia quién.
Empezó el tedioso proceso de llamar para averiguar lo que ya sabia. El servicio de atención al cliente de las distintas compañías fue agradable pero no demasiado servicial. Cuando intentaba explicar que él no había cancelado las tarjetas, le informaban que silo había hecho. Era lo que aparecía en el ordenador, y lo que ponía el ordenador tenía que ser cierto. Preguntó a cada compañía cómo había sido cancelada la tarjeta y cada vez le contestaron que la petición se había hecho electrónicamente a través de Internet. Le indicaron, diligentes, que esas operaciones sencillas podían hacerse con unos cuantos golpes de teclado, que era un servicio que el banco ofrecía para facilitar la situación financiera de sus clientes, aunque Ricky, en su situación actual, podría haber discutido ese punto. Todos le ofrecieron abrirle nuevas cuentas.
Dijo a cada compañía que ya la llamaría. Luego, tomó unas tijeras y cortó los inservibles plásticos por la mitad. No se le escapaba que eso era precisamente lo que algunos pacientes se habían visto obligados a hacer cuando habían superado su crédito e incurrido en gravosas deudas.
Ricky no sabía hasta qué punto habría logrado Rumplestiltskin penetrar en sus finanzas. Ni como.
«“Deuda” es un concepto próximo a su juego -pensó-. Cree que le debo algo que no puede pagarse con un talón o una tarjeta de crédito.»
Por la mañana tendría que hacer una visita a la sucursal de su banco. También telefoneó al hombre que se encargaba de su modesta cartera de inversiones y le dejó un mensaje pidiendo que el corredor le devolviera la llamada lo antes posible. Después se recostó un momento e intentó imaginar cómo Rumplestiltskin habría accedido a esa parte de su vida.
Ricky no sabía nada de informática. Sus conocimientos de Internet, páginas web, chats y ciberespacio se limitaban a estar vagamente familiarizado con las palabras, pero no con la realidad. Sus pacientes hablaban a menudo de una vida conectada a Internet y, de ese modo, se había hecho alguna idea de lo que un ordenador podía hacer, pero más aún de lo que un ordenador les hacía a ellos.
Jamás había tenido interés en aprender nada de eso. Efectuaba sus anotaciones con bolígrafo en libretas. Si tenía que redactar una carta, usaba una antigua máquina de escribir eléctrica que tema más de veinte años y que guardaba en un armario. Pero tenía ordenador. Su mujer había comprado uno el ano en que había enfermado y lo había actualizado un año antes de morir. Sabía que ella lo utilizaba para conectarse con grupos de apoyo a los enfermos de cáncer y para hablar con otras víctimas de la enfermedad en ese mundo curiosamente impersonal de Internet. No había participado con ella en esas cosas, pensando que respetaba su intimidad al no inmiscuirse, aunque también podría haber pensado que no mostraba suficiente interés. Poco después de su muerte había quitado la máquina de la mesa del rincón del dormitorio que su mujer ocupaba cuando conseguía reunir energía suficiente para levantarse de la cama y la había guardado en los trasteros del sótano del edificio. Tenía intención de tirarlo o de donarlo a una escuela o biblioteca, pero aún no lo había hecho. Pensó que ahora lo necesitaría.
Porque sospechaba que Rumplestiltskin sabía usar muy bien un ordenador.
Se levantó del asiento, decidido a recuperar el ordenador de su difunta esposa. En el cajón superior derecho de la mesa guardaba la llave de un candado, y la cogió.
Se aseguró de cerrar con llave la puerta de su casa y bajó en ascensor hasta el sótano. Hacía meses que no iba a los trasteros y arrugó la nariz al oler su aire mohoso y viciado. Tenía un matiz rancio y nauseabundo, que el calor diario incrementaba. Salir del ascensor le produjo una opresión en el pecho. Se preguntó por qué la dirección del edificio no limpiaba nunca esa zona. Pulsó el interruptor de la luz y se encendió una bombilla pelada que daba escasa luz al sótano. Dondequiera que se dirigía, proyectaba sombras y cruzaba oscuridad y humedad. Cada uno de los seis pisos del edificio tenía un trastero delimitado por tela metálica clavada a unas estructuras baratas de madera con el número del piso. Era un lugar de sillas rotas y cajas de papeles viejos, bicicletas oxidadas, esquíes, baúles y maletas innecesarias. La mayoría de las cosas estaba cubierta de polvo y telarañas, y casi todo se incluía en la categoría de algo un pelín valioso para tirar pero no tanto como para tenerlo a mano cada día. Cosas reunidas con el tiempo que habían descendido a la categoría de «mejor guardarlo porque algún día podríamos necesitarlo», aunque eso es difícil.
Ricky se agachó un poco a pesar de que no tocaba el techo, impulsado por el ambiente cerrado. Se acercó a su trastero con la llave en la mano.
El candado estaba abierto. Colgaba del cerrojo como un adorno olvidado en un árbol de Navidad. Lo observó más de cerca y vio que lo habían reventado.
Retrocedió un paso, sorprendido, como si una rata hubiera pasado corriendo frente a él.
Su primer impulso fue dar media vuelta y correr; el segundo, avanzar. Fue lo que hizo. Abrió la puerta de tela metálica y vio que lo que había ido a buscar, la caja que contenía el ordenador de su mujer, no estaba allí. Se adentró más en el trastero. Su cuerpo tapaba en parte la luz, así que sólo unas franjas afiladas de iluminación horadaban el espacio. Echó un vistazo alrededor y vio que faltaba otra cosa: un archivador de plástico donde guardaba sus ejemplares de las declaraciones de la renta.
El resto de las cosas parecía intacto, si eso servía de algo.
Prácticamente paralizado por una sensación abrumadora de derrota, regresó al ascensor. De vuelta a la luz del día y al aire más puro, y fuera de la suciedad y el polvo de los recuerdos almacenados abajo, empezó a pensar en el impacto que podrían tener el ordenador y las declaraciones de renta desaparecidos.
«¿Qué me han robado?», se preguntó. Y se estremeció al responderse: «Es probable que todo».
Las declaraciones de la renta desaparecidas le provocaron una sensación horrible. No era extraño que Merlin supiera tanto sobre sus activos; seguramente lo sabía todo sobre sus modestas finanzas. Una declaración de la renta es como un mapa de carreteras que abarca desde la identidad hasta las donaciones benéficas. Muestra todas las rutas recorridas en la existencia de uno, sin la historia. Como un mapa, indica a alguien cómo ir de aquí allá en la vida de otra persona, dónde están las autopistas y dónde empiezan las carreteras secundarias. Lo único que le falta es color y descripción.
El ordenador desaparecido también le preocupaba. No tenía idea de lo que quedaba en el disco duro, pero sabía que había algo. Intentó recordar las horas que su mujer había pasado ante esa máquina antes de que la enfermedad le robara incluso las fuerzas para teclear. Desconocía qué cantidad de su dolor, recuerdos, ideas y recorridos electrónicos habría en él. Lo único que sabía era que un informático cualificado podía recuperar todo tipo de trayectos a partir de la memoria del ordenador. Supuso que Rumplestiltskin tenía la habilidad necesaria para extraer de la máquina lo que ésta contuviera.
Ricky se desplomó al llegar a su casa. Se sentía como si lo hubiesen cortado con una hoja de afeitar caliente. Miró alrededor y supo que todo lo que creía tan seguro y privado en su vida era vulnerable.