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La Ciudadela del Autarca [The Citadel of the Autarch - es]

Электронная книга - «La Ciudadela del Autarca [The Citadel of the Autarch - es]». Краткое содержание книги:

Severian interviene en la guerra contra el ejército ascio. Acompañado por un soldado herido viaja y oye historias extraordinarias, como la del cazador de focas, y encuentra una peregrina con quien discute las virtudes de la Garra. Huyendo de los terrores de los habitantes de las aguas profundas y de las voladoras astillas de la noche, continúa avanzando inexorablemente hacia el misterio final: el pronosticado advenimiento del Sol Nuevo. Al fin Severian regresa a la Ciudadela. Pronto habrá dos Severian: el aprendiz y el autarca.
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»Yo me enfadé porque era el mayor, aparte de Drotte y Roche, y pensaba que ese trabajo les correspondía a los aprendices más jóvenes. Estaba atizando el caño con mi palo cuando lo vi al otro lado del Patio Viejo. Supongo que la noche anterior los vigías de la Torre del Oso habían tenido una pelea privada, y las bestias muertas estaban junto al portón esperando al deshollador. Había un arsinoite y un esmilodonte, y varios lobos malos. Encima de la pila estaba el perro. Calculo que había sido el último en morir, y por las heridas pienso que lo había matado un lobo. Por supuesto, no estaba muerto de veras; sólo parecía muerto.

»Me acerqué a mirarlo; era una excusa para interrumpir lo que estaba haciendo y echarme aliento en los dedos. Era… bueno, la cosa más dura y fría que he visto. Una vez maté un toro con la espada, y muerto y ensangrentado aún parecía un poco más vivo que Triskele aquel día. De todos modos alargué la mano y le acaricié la cabeza. Era grande como la de un oso, y le habían cortado las orejas de modo que sólo le quedaban dos puntas pequeñas. Cuando lo toqué, abrió los ojos. Crucé el patio corriendo y hundí el palo con tal fuerza que casi lo rompo, porque temía que Drotte enviara a Roche a ver qué estaba haciendo.

»Cuando vuelvo a pensarlo, veo que fue como si hubiera tenido la Garra un año antes de encontrarla. No puedo describir la expresión del perro cuando alzó un ojo para mirarme. Me tocó el corazón. Con la Garra nunca reviví animales, pero tampoco lo intenté. Estando entre ellos, por lo general deseé matar a alguno, porque necesitaba comer. Ahora ya no sé si matar animales para comer es o no inevitable. Me he fijado que no había carne entre sus provisiones; sólo pan y queso, vino y frutos secos. Sea cual sea el mundo en que vive, ¿la gente de usted piensa lo mismo?

Hice una pausa esperando una respuesta. Todas las cumbres habían caído ahora bajo el sol; yo ya no estaba seguro de si me seguía alguna tenue presencia del maestro Ash o sólo mi sombra. Al fin dije: —Con la Garra en mi poder descubrí que no revivía a quienes habían muerto por obra de los hombres, aunque pareció curar al hombre-mono a quien yo había cortado la mano. Dorcas creía que fue porque lo había hecho yo. No sé: nunca pensé que la Garra supiera quién la tenía, pero a lo mejor sí.

Una voz, no la del maestro Ash sino una voz que yo no había oído nunca, exclamó: — ¡Feliz año nuevo!

Levanté los ojos y vi, a unos cuarenta pasos, un ulano igual al que las nótulas de Hethor habían matado en el camino verde a la Casa Absoluta. Sin saber qué hacer, agité la mano y grité: —¿O sea que es Año Nuevo?

El ulano espoleó su destriero y fue acercándose al galope.

—Hoy es solsticio de verano, comienzo de un nuevo año. Un año glorioso para el Autarca.

Intenté recordar alguna de esas frases que tanto gustaban a Jolenta.

—Cuyo corazón es el altar de sus súbditos.

—¡Bien dicho! Soy Ibar, de la septuagésima octava xenagia, con la mala suerte de patrullar el camino hasta la noche.

—Imagino que está permitido usarlo. —Totalmente. Siempre y cuando, claro, esté dispuesto a identificarse.

—Sí —dije—. Por supuesto. —Casi había olvidado el salvoconducto de Mannea. Lo saqué y se lo di. Cuando me habían detenido en el camino a la Última Casa, yo no había estado seguro de que los soldados que me interrogaban supieran leer. Todos habían mirado el pergamino con un aire sapiente, pero era muy posible que sólo hubiesen identificado el sello de la orden y la escritura de Mannea, regular y vigorosa, aunque ligeramente excéntrica. Era incuestionable que el ulano sabía. Yo veía cómo sus ojos recorrían las líneas, e incluso imaginé, creo, que se detenían un instante en «sepelio honorable».

Volvió a doblar cuidadosamente el pergamino, pero lo retuvo.

—De modo que sirve usted a las Peregrinas. —Tengo el honor, sí.

—Entonces estaba rezando. Cuando lo vi pensé que hablaba solo. No soy amigo de tonterías religiosas. Nosotros tenemos a mano el estandarte de la xenagia y el del Autarca a cierta distancia, y con eso hay suficiente de reverencia y misterio; pero he oído que son buenas mujeres.

Asentí. —Creo que sí; quizás algo más que ustedes. Pero sin duda son buenas.

—Y lo han enviado a hacer algo. ¿Hace cuántos días?

—Tres.

—¿Vuelve ahora al lazareto de Media Pars?

Asentí de nuevo. —Espero llegar antes del anochecer.

Meneó la cabeza. —No llegará. Le aconsejo que se lo tome con calma. —Me tendió el pergamino.

Lo tomé y volví a guardarlo en el talego.

—Viajaba con un compañero, pero nos hemos separado. Me pregunto si no lo habrá visto. —Le describí al maestro Ash.

El ulano negó con la cabeza. —Estaré alerta y si lo veo le diré por dónde ha ido. Y ahora… ¿quiere contestarme algo? No es oficial, así que puede decirme que no me entrometa.

—Le contestaré si puedo.

—¿Qué hará cuando deje a las Peregrinas?

Me sorprendí un poco. —Vaya, no tenía planeado dejarlas. Tal vez algún día.

—Bien, tenga en cuenta la caballería ligera. Parece usted tener buenas manos, y eso nunca nos viene mal. Vivirá la mitad de tiempo que en la infantería, y el doble.

Lanzó adelante la montura, y yo me quedé sopesando lo que había dicho. No dudaba de que me ha— bía dicho en serio que durmiera en el camino; pero esa misma seriedad hizo que me apresurara todavía más. Como he sido bendecido con un par de piernas largas, si es necesario puedo caminar tan rápido como otros al trote. En aquel momento las usé, desprendiéndome de todo pensamiento sobre el maestro Ash y mi revuelto pasado. Quizá todavía me acompañara una débil presencia del maestro; tal vez hoy me siga acompañando. Pero si era así, nunca lo supe, ni lo sé tampoco ahora.

Urth no había apartado aún su rostro del sol cuando llegué al camino angosto que apenas una semana atrás había tomado con el soldado muerto. Seguía habiendo sangre en el polvo, mucha más que la que había visto antes. Las palabras del ulano me habían hecho temer que las Peregrinas estuviesen acusadas de algún crimen; ahora entendía: un gran flujo de heridos había llegado al lazareto, y el ulano pensaba que me merecía una noche de descanso, antes de ponerme a trabajar. Me sentí muy aliviado. La superabundancia de pacientes me daría oportunidad de mostrar mis habilidades y hacer más probable que Mannea me aceptara cuando ofreciera venderme a la orden, si conseguía fraguar alguna historia que explicase mi fracaso en la Ultima Casa.

Cuando enfilé el último recodo del camino, sin embargo, lo que vi fue totalmente diferente.

Donde había estado el lazareto, el suelo parecía arado por una hueste de locos; arado y excavado: el fondo ya era una laguna de aguas bajas. Arboles destrozados bordeaban el círculo.

Hasta que cayó la noche anduve por allí de un lado hacia otro. Buscaba algún signo de mis amigos, y también algún rastro del altar que guardaba la Garra. Encontré una mano humana, una mano de hombre cortada por la muñeca. Habría podido ser de Melito, de Hallvard, del ascio, de Winnoc. No supe decirlo.

Esa noche dormí junto al camino. Cuando amaneció empecé mis investigaciones, y antes del anochecer había localizado a los supervivientes, a media docena de leguas del lugar original. Anduve de catre en catre, pero muchos estaban inconscientes y con las cabezas tan vendadas que no los habría reconocido. Es posible que entre ellos estuvieran Ava, Mannea y la Peregrina, que había acercado un taburete a mi catre, aunque yo no las descubrí.

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