Mujeres peligrosas
- Автор: Демилль Нельсон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Mujeres peligrosas». Краткое содержание книги:
– No -dijo-, esto es una relación amorosa.
Empecé a decir algo, pero ella levantó una mano y me detuvo.
– Podría hacerlo contigo, ¿sabes? -susurró, con una voz ahora muy grave-. Porque tú sabes casi tanto como yo, y quiero hacerlo con alguien que sabe tanto.
Por la expresión de sus ojos supe exactamente qué era lo que quería “hacer” conmigo.
– Necesitamos una pistola -le dije con una sonrisa de superioridad.
Ella meneó la cabeza.
– Nunca usaría una pistola. Tendrán que ser píldoras. -Dejó caer el cigarrillo de sus dedos.- Y tendremos que estar en la cama, los dos juntos -agregó con absoluta naturalidad-. Desnudos y abrazados.
– ¿Por qué debe ser así?
Su sonrisa fue leve como la luz.
– Para demostrarle al mundo que estabas equivocado. -Su sonrisa se ensanchó, casi traviesa.- Que algo puede terminar bien.
– ¿Con un suicidio? -pregunté-. ¿A eso le dices terminar bien?
Ella se rió y agitó un poco su melena.
– Es la única manera de terminar bien.
Y pensé Está chiflada, pero por primera vez en muchos años deseé escuchar un poco más.
– Un pacto de suicidio -susurró mi amigo.
– Eso fue lo que me ofreció, sí -le dije-. Pero no inmediatamente. Dijo que antes había algo que yo debía hacer.
– ¿Qué?
– Enamorarme de ella -respondí con suavidad.
– ¿Y sabía que lo harías? -preguntó mi amigo-. Quiero decir, ¿que te enamorarías de ella?
– Sí, lo sabía -le dije.
Aunque también sabía que habitualmente ese proceso está lleno de penurias, que es un camino sembrado de trampas y obstáculos. Así que decidió prescindir del cortejo, esa tediosa tarea de intercambiar montañas de trivial información biográfica. La intimidad física vendría en primer término, dijo. Era la puerta para que cada uno de nosotros entrara en el otro.
– Ahora tendríamos que ir a mi casa -concluyó, después de darme una breve explicación sobre todo eso-. Tenemos que coger.
– ¿Coger? -me reí-. No eres precisamente una mujer del tipo romántico, ¿no es cierto?
– Puedes desvestirme si quieres -dijo-. O, si no, puedo hacerlo yo misma.
– Tal vez será mejor que lo hagas tú -respondí, bromeando-. Así no te disloco un hombro.
Ella se rió.
– Siempre sospecho cuando un hombre sabe hacerlo bien. Me hace pensar que está demasiado familiarizado con todos esos broches y ojales y cremalleras de las mujeres. Y eso me lleva a preguntarme si tal vez… él mismo no ha usado todas esas prendas.
– Dios mío -gemí-. ¿De veras se te ocurren cosas así?
Su mirada y su voz cobraron una enorme seriedad.
– No puedo satisfacer todas las necesidades -dijo.
En sus ojos había una expresión interrogante, y supe cuál era su pregunta. Quería saber si yo tenía algún anhelo secreto, algún extraño capricho sexual, alguna “necesidad” que ella no podría “satisfacer”.
– Soy absoluta y estrictamente pura vainilla -le aseguré-. Ningún sabor extravagante.
Ella pareció ligeramente aliviada.
– Me llamo Verónica -me dijo.
– Temía que no me lo dijeras. Que esta fuera una de esas situaciones en las que yo nunca sabría quién eras tú, y viceversa. Ya sabes, barcos que se cruzan en la noche.
– Qué banal sería eso -dijo ella.
– Sí, lo sería.
– Además -agregó-, yo ya sabía quién eras.
– Sí, por supuesto.
– Mi departamento está en la otra manzana -y se ofreció a conducirme hasta allí.
Resultó que su departamento quedaba un poco más allá de la manzana siguiente, pero no importaba demasiado. Eran más de las dos de la mañana y las calles estaban bastante desiertas. Aun en Nueva York, ciertas calles, especialmente ciertas calles de Greenwich Village, nunca están demasiado frecuentadas, y una vez que la gente ha dejado de ir y volver de su trabajo, se convierten prácticamente en senderos rurales. Esa noche los árboles que bordeaban Jane Street ondulaban suavemente en el fresco aire otoñal, y me permití aceptar lo que creí que ella me ofrecía, que, a pesar de toda el aura de “peligro”, probablemente no fuera más que un breve episodio erótico, tal vez un desayuno a la mañana, un poco de conversación ligera con el café y los bizcochos. Después ella seguiría su camino y yo el mío, porque uno de nosotros querría que así fuera y al otro no le importaría lo suficiente como para discutirlo.
– El vodka está en el congelador -me dijo mientras abría la puerta de su departamento, entraba y encendía la luz.
Fui a la cocina mientras Verónica se internaba en un corredor cercano. El refrigerador estaba en el otro extremo de la habitación, con su puerta adornada con fotos de Verónica y de un hombrecito pequeño y calvo que parecía tener poco más de cuarenta años.
– Ese es Douglas -dijo Verónica desde el vestíbulo-, mi marido.
Experimenté un pinchazo de aprensión.
– Está de viaje -agregó.
Mi aprensión desapareció.
– Eso suponía -dije, mientras abría la puerta del congelador.
El rostro del marido de Verónica volvió a quedar frente a mí cuando cerré la puerta, con la helada botella de vodka sana y sal ya en mi mano derecha. Ahora advertí que Douglas era bastante robusto, con profundas arrugas alrededor de los ojos, y sienes que empezaban a encanecer. Okey, pensé, tal vez un poco más de cincuenta. Y sin embargo, a pesar de todo, tenía una cara juvenil. En las fotos, Verónica se veía mucho más alta que él, cuya cabeza calva apenas llegaba a los anchos hombros de la mujer. Ella aparecía en todas las fotos, y él le rodeaba afectuosamente la cintura con un brazo. Y en todas las fotos Douglas sonreía con lisa y llana alegría, de modo que supe que toda su felicidad provenía de ella, de estar con ella, de ser su esposo, de que cuando estaba con ella se sentía alto y moreno y apuesto, agudo e inteligente y tal vez incluso un poquito elegante. Eso es lo que ella le ofrecía, supuse, la ilusión de que él la merecía.
– Era barman cuando lo conocí -me dijo ella entrando en la cocina-. Ahora vende software.
Extendió un brazo imposiblemente largo y gracioso hasta la alacena que estaba a su lado, abrió la puerta de madera sin adornos y sacó dos vasos decididamente comunes, que depositó con brusquedad sobre el sencillo mostrador de fórmica antes de volverse hacia mí.
– Desde el primer momento me sentí completamente a mis anchas con Douglas -me dijo.
No podría haberlo expresado con mayor claridad. Douglas era el hombre con el que había elegido casarse porque poseía las características -fueran cuales fueren- que ella necesitaba para sentirse completamente a gusto cuando estaba en casa, completamente ella misma cuando estaba con él. Si había tenido algún gran amor en su vida, ella lo había elegido a Douglas por encima del otro porque con Douglas podía vivir sin cambiar nada, sin ninguna alteración, sin tener que maquillar su alma. Por ese motivo, de pronto sentí que envidiaba vagamente a ese hombrecito regordete, envidiaba la paz que le había dado, la manera en que ella seguramente podía descansar en el hueco del brazo de él, respirando cada vez con mayor lentitud hasta dormirse.
– Parece… agradable -dije.
Verónica no dio ninguna señal de haber oído lo que dije.
– Lo tomas puro -dijo refiriéndose a mi manera de beber, algo que evidentemente había advertido cuando estábamos en el bar.
Asentí.
– Yo también.
Sirvió las copas y me condujo a la sala. Las cortinas estaban herméticamente cerradas y parecían un poco polvorientas. Los muebles habían sido elegidos por su comodidad más que por su estilo. Había unas pocas plantas en macetas, casi todas ellas con las hojas amarronadas y marchitas. Casi se las podía oír rogando que les dieran agua. Nada de perros. Ni gatos. Ni pececitos de colores ni hámsters ni serpientes ni ratas blancas. Parecía que cuando Douglas estaba de viaje, Verónica vivía sola.