Mujeres peligrosas
- Автор: Демилль Нельсон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Mujeres peligrosas». Краткое содержание книги:
Seguí en contacto con una cantidad de tipos de las PARLA que seguían en Vietnam cuando yo me fui, y solían escribirme de tanto en tanto para contestarme la pregunta que siempre les hacía en mis cartas: ¿La encontraron? ¿Mató a alguien más?
La respuesta era siempre “No” y “No”.
Ella parecía haber desaparecido o muerto en los bombardeos o en los ataques de artillería que siguieron, o simplemente se había marchado del lugar. Entre los hombres que conocían la historia, se convirtió en una leyenda, y su desaparición solo había aumentado su casi mítica estatura.
Hasta hoy no tengo idea de qué la motivaba, a qué juego secreto estaba jugando o por qué. Especulé que posiblemente los estadounidenses habían matado a su familia, o tal vez los soldados la hubieran violado, o tal vez simplemente estaba cumpliendo con su deber por su país, tal como lo hacíamos nosotros.
Todavía tengo el cartucho de bronce que recogí en la ribera del arroyo, y de tanto en tanto lo saco del cajón de mi escritorio y lo miro un rato.
No quise obsesionarme con la historia, pero a medida que pasaban los años empecé a creer que seguía viva y que algún día, en algún lugar, me encontraría con ella, aunque no sabía cómo ni dónde.
Lo que sí sé con certeza es que reconocería su cara, que todavía puedo ver con claridad, y que ella me reconocería a mí… el hombre al que dejó escapar para contar su historia. Ahora ya la he contado, y si alguna vez volvemos a encontrarnos, sólo uno de los dos saldrá con vida.
Lo que ella me ofreció – Thomas H. Cook
– Suena a mujer peligrosa -dijo mi amigo. Él no había estado conmigo en el bar la noche anterior, así que no la había visto irse ni me había visto a mí salir detrás de ella.
Bebí un sorbo de vodka y eché un vistazo a la ventana. Afuera, la luz de la tarde era la misma de siempre, pero a mí ya no me parecía igual.
– Supongo que lo era -dije.
– Entonces, ¿qué fue lo que pasó? -preguntó mi amigo.
Esto: yo estaba en el bar. Eran las dos de la mañana. La gente que me rodeaba era como grabaciones de Misión imposible, solo que sin la misión, únicamente la advertencia de autodestrucción. Uno casi podía escuchar la grabación repitiéndose dentro de sus cabezas, escueta e implacable como el proverbio chino: Si sigues por el camino en que estás, llegarás adonde quieres ir.
¿Adónde querían ir? Por lo que veía, casi todos iban hacia más de lo mismo. Acabarían ese trago, esa noche, esa semana… y así. En algún momento, morirían como animales después de un largo y agotador esfuerzo, entumecidos por la fatiga hasta que finalmente se desplomaran bajo el peso de su carga. Peor aún, según me parecía, ese bar era el mundo, y sus desanimadas moscas que zumbaban débilmente apenas sustitutos de todos nosotros.
Yo había escrito sobre “nosotros” en una novela tras otra. Mi tono era siempre funesto. En mis libros no había finales felices. Las personas estaban perdidas, impotentes, incluso los más inteligentes… en especial los más inteligentes. Todo era vanidad, todo era efímero. Las emociones más intensas declinaban con rapidez. Había unas pocas cosas que importaban, pero solo porque nosotros las volvíamos importantes insistiendo en que lo eran. Si necesitábamos pruebas de que lo eran, las inventábamos. Por lo que yo sabía, había básicamente tres clases de personas: las que engañaban a los demás, las que se engañaban a sí mismas, y las que entendían que la gente de las dos categorías anteriores eran las únicas que podrían encontrarse en el camino. Yo me clasificaba definitivamente en la tercera categoría, por supuesto, como el único miembro de mi club, el único tipo que comprendía que ver las cosas con total claridad significaba vivir en medio de la mayor oscuridad.
Así que vagaba por las calles y frecuentaba los bares y era, según yo mismo, el único hombre sobre la tierra que no tenía nada que aprender.
Entonces, de pronto, ella traspuso la puerta.
Al negro, ella le ofrecía una sola concesión. Una sarta de perlas blancas. Todo lo demás, el sombrero, el vestido, las medias, los zapatos, el pequeño bolso… todo lo demás era negro. Y así, lo que ofrecía a primera vista era el viejo estereotipo del cine clase B de la mujer peligrosa, el sombrero de ala ancha que cubre discretamente un ojo, tacos altos que resuenan sobre calles mojadas por la lluvia, dinero extranjero en el pequeño bolso negro. Ofrecía la imagen de la espía, la asesina, la seducción de un pasado secreto y, por supuesto, la insinuación del peligro erótico.
Sabe cómo piensan los hombres, me dije para mis adentros mientras se acercaba a la barra y se sentaba. Sabe cómo piensan los hombres… y se está aprovechando de eso.
– Entonces… ¿qué te pareció que era? -preguntó mi amigo.
– Intrascendente -dije encogiéndome de hombros.
Y por eso había observado sin interés cómo se acumulaban los gestos melodramáticos. Encendió un cigarrillo y lo fumó pensativa, mientras sus ojos se abrían y cerraban lánguidamente, con la clase de cansancio del mundo que uno ve en las heroínas de las viejas películas en blanco y negro.
Sí, eso es, me dije a mí mismo. Es noir en el peor sentido posible, como una delgada tira de película, e igualmente transparente en los bordes. Miré mi reloj. Hora de irme, pensé, hora de ir a mi departamento y tenderme en la cama y regodearme en mi oscura superioridad, felicitarme porque una vez más no había sido engañado por las cosas que suelen engañar al resto de los hombres.
Pero eran apenas las dos de la mañana, temprano para mí, así que me quedé allí en el bar y me pregunté, aunque sólo vagamente, apenas con un interés fugaz, si ella tenía alguna otra cosa que ofrecer más allá de su número de mujer “peligrosa”.
– ¿Y entonces qué pasó? -preguntó mi amigo.
Entonces ella abrió su bolso, extrajo un pequeño anotador negro, lo abrió, escribió algo y me pasó la hoja de papel deslizándola sobre la barra.
El papel estaba doblado, por supuesto. Lo desplegué y leí lo que ella había escrito: Sé lo que tú sabes de la vida.
Era exactamente la clase de estupidez que yo esperaba, así que rápidamente garrapateé una respuesta en el papel y lo deslicé sobre la barra hacia ella.
Ella lo abrió y leyó lo que yo había escrito: No, no lo sabes. Y nunca lo sabrás.
Entonces, sin levantar la vista, escribió una respuesta con la rapidez del relámpago y la lanzó sobre el mostrador, recogiendo con celeridad sus cosas y dirigiéndose a la puerta mientras el papel estaba en viaje, de manera que ella ya había salido del lugar para el momento en que llegó a mis manos.
Abrí la nota y leí su respuesta: Mediocre.
Eso atizó mi furia. ¿Mediocre? ¡Cómo se atrevía! Hice girar mi banqueta y salí con premura del bar, y la encontré apoyada despreocupadamente contra la pequeña verja de hierro que rodeaba el establecimiento.
Agité la nota ante su cara.
– ¿Qué se supone que significa esto? -le dije. Ella sonrió y me ofreció un cigarrillo.
– He leído tus libros. Son espantosos.
No fumo, pero le acepté el cigarrillo de todos modos.
– Entonces, ¿te dedicas a la crítica?
Ella no prestó atención a lo que acababa de decirle.
– La escritura es bella -dijo mientras me encendía el cigarrillo con un encendedor de plástico rojo-. Pero la idea es verdaderamente mala.
– ¿Y cuál es esa idea?
– Sólo tienes una -dijo con total seguridad-. Que todo termina mal, hagamos lo que hagamos. -Su rostro se puso tenso.- Quiero ofrecerte algo. Cuando escribí Sé lo que tú sabes de la vida, no era exactamente cierto. Sé más que tú.
Di una larga pitada a mi cigarrillo.
– Entonces -dije con tono leve-, ¿esto es una cita?
Ella meneó la cabeza y de pronto sus ojos se hicieron oscuros y sombríos.
– No -dijo-, esto es una relación amorosa.
Empecé a decir algo, pero ella levantó una mano y me detuvo.
– Podría hacerlo contigo, ¿sabes? -susurró, con una voz ahora muy grave-. Porque tú sabes casi tanto como yo, y quiero hacerlo con alguien que sabe tanto.
Por la expresión de sus ojos supe exactamente qué era lo que quería “hacer” conmigo.
– Necesitamos una pistola -le dije con una sonrisa de superioridad.
Ella meneó la cabeza.
– Nunca usaría una pistola. Tendrán que ser píldoras. -Dejó caer el cigarrillo de sus dedos.- Y tendremos que estar en la cama, los dos juntos -agregó con absoluta naturalidad-. Desnudos y abrazados.
– ¿Por qué debe ser así?
Su sonrisa fue leve como la luz.
– Para demostrarle al mundo que estabas equivocado. -Su sonrisa se ensanchó, casi traviesa.- Que algo puede terminar bien.
– ¿Con un suicidio? -pregunté-. ¿A eso le dices terminar bien?
Ella se rió y agitó un poco su melena.
– Es la única manera de terminar bien.
Y pensé Está chiflada, pero por primera vez en muchos años deseé escuchar un poco más.
– Un pacto de suicidio -susurró mi amigo.
– Eso fue lo que me ofreció, sí -le dije-. Pero no inmediatamente. Dijo que antes había algo que yo debía hacer.
– ¿Qué?
– Enamorarme de ella -respondí con suavidad.
– ¿Y sabía que lo harías? -preguntó mi amigo-. Quiero decir, ¿que te enamorarías de ella?
– Sí, lo sabía -le dije.
Aunque también sabía que habitualmente ese proceso está lleno de penurias, que es un camino sembrado de trampas y obstáculos. Así que decidió prescindir del cortejo, esa tediosa tarea de intercambiar montañas de trivial información biográfica. La intimidad física vendría en primer término, dijo. Era la puerta para que cada uno de nosotros entrara en el otro.
– Ahora tendríamos que ir a mi casa -concluyó, después de darme una breve explicación sobre todo eso-. Tenemos que coger.
– ¿Coger? -me reí-. No eres precisamente una mujer del tipo romántico, ¿no es cierto?
– Puedes desvestirme si quieres -dijo-. O, si no, puedo hacerlo yo misma.
– Tal vez será mejor que lo hagas tú -respondí, bromeando-. Así no te disloco un hombro.
Ella se rió.
– Siempre sospecho cuando un hombre sabe hacerlo bien. Me hace pensar que está demasiado familiarizado con todos esos broches y ojales y cremalleras de las mujeres. Y eso me lleva a preguntarme si tal vez… él mismo no ha usado todas esas prendas.
– Dios mío -gemí-. ¿De veras se te ocurren cosas así?
Su mirada y su voz cobraron una enorme seriedad.
– No puedo satisfacer todas las necesidades -dijo.
En sus ojos había una expresión interrogante, y supe cuál era su pregunta. Quería saber si yo tenía algún anhelo secreto, algún extraño capricho sexual, alguna “necesidad” que ella no podría “satisfacer”.
– Soy absoluta y estrictamente pura vainilla -le aseguré-. Ningún sabor extravagante.
Ella pareció ligeramente aliviada.
– Me llamo Verónica -me dijo.
– Temía que no me lo dijeras. Que esta fuera una de esas situaciones en las que yo nunca sabría quién eras tú, y viceversa. Ya sabes, barcos que se cruzan en la noche.
– Qué banal sería eso -dijo ella.
– Sí, lo sería.
– Además -agregó-, yo ya sabía quién eras.
– Sí, por supuesto.
– Mi departamento está en la otra manzana -y se ofreció a conducirme hasta allí.