Noche cerrada en Bergen
- Автор: Хольт Анне
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
Se puso de cuclillas en el suelo, quitó cuatro tornillos de la cubierta do la máquina, la abrió y extrajo con cuidado el disco duro. Tomó otro disco de un cajón. Le fue fácil instalarlo. Colocó de nuevo la cubierta, la atornilló con cuidado y puso el destornillador en su lugar. Finalmente, empujó el ordenador otra vez debajo del escritorio.
Cuando salió, llevaba consigo el disco duro que había extraído.
Estaba totalmente despierto.
La mujer frente a las llegadas en Gardermoen se asombró de lo atenta que estaba. Había conducido un buen trecho, además de haber dormido mal un par de noches. En los últimos kilómetros antes de llegar al aeropuerto, temió dormirse al volante. Sin embargo, parecía que la misma inquietud que le había impedido dormir volvía de nuevo.
Verificó la hora por enésima vez.
El avión llegaba con retraso, según anunciaba el cartel en el vestíbulo de recepción. El vuelo SK1442 de Copenhague debía aterrizar a las 21.50, pero no tomó pista hasta cuarenta minutos más tarde. De eso ya hacía más de tres cuartos de hora.
La mujer iba de aquí para allá frente a la salida de la aduana. El aeropuerto estaba en silencio, casi vacío, tan entrada la noche de sábado en vísperas de Año Nuevo. Las sillas de la pequeña cafetería en la que al llegar había comprado un café y un trozo incomible de pizza tibia estaban vacías. La intranquilidad le impedía estar sentada.
Por lo general, los aeropuertos le gustaban. Cuando era más joven, el principal aeropuerto noruego estaba en realidad en Dinamarca y el pequeño Fornebu era el aeródromo más grande del país, y a veces iba hasta allí los domingos, solamente para observar. Los aviones. A la gente. A los grupos de pilotos confiados y a las mujeres sonrientes que entonces todavía se llamaban azafatas y eran bellísimas; podía sentarse durante horas con su propio termo lleno de té mientras fantaseaba historias sobre las personas que iban y venían. Los aeropuertos le causaban una sensación peculiar de curiosidad, expectativa y añoranza.
Ahora estaba inquieta, al borde de la irritación.
Ya hacía mucho que alguien había salido del pasillo de aduanas.
Cuando se volvió a mirar el cartel indicador, vio que ya no se leía «Bags on belt» al lado de SK1442. Sabía lo que significaba, pero se negaba a aceptarlo del todo. No todavía.
Marianne la habría avisado si algo se hubiese complicado.
Habría mandado un mensaje. Habría llamado. Se lo habría hecho saber.
El vuelo desde Sidney duraba más de treinta horas, con escalas en Tokio y Copenhague. Por supuesto, podía haber sucedido algo. En uno u otro lugar. En Tokio. En Sidney, quizá. Incluso en Copenhague.
Marianne la habría avisado.
Sintió una ligera angustia en la nuca. Súbitamente decidió dirigirse rápidamente hasta la entrada del pasillo de la aduana. Violar la prohibición de adentrarse más allá no era aconsejable. Las medidas de seguridad incorporadas en la rama de transportes después del 11 de septiembre podían, por todo lo que ella sabía, incluir que los agentes de aduana disparasen a matar.
– Perdón -dijo en voz un poco alta, y asomó la cabeza desde detrás de la pared-. ¿Hay alguien ahí?
Nadie.
– Perdón -repitió, más fuerte.
Un hombre con uniforme apareció en la pared opuesta, cinco metros más allá.
– Hola. ¡No puede pasar por ahí!
– ¡No, está claro! Sólo me preguntaba si… Espero a una persona del vuelo de Copenhague… El que aterrizó hace una hora, SK1442. Pero ella no ha aparecido. ¿Podría usted…? ¿Cree usted que podría ser tan superamable de verificar si hay más pasajeros ahí dentro?
Por un momento le pareció que se iba a negar. No era su trabajo andar haciéndole favores a la gente. Pero entonces accedió, se encogió de hombros y sonrió.
– Creo que no hay nadie. Espere un momento.
Desapareció.
El teléfono móvil podía estar descargado.
«Por supuesto», pensó, y respiró un poco aliviada. Dios sabía que era difícil, hoy en día, hallar teléfonos públicos. Y cuando uno los encontraba, era porque no tenía monedas. La mayoría, es cierto, aceptaba tarjetas de pago. Pero ahora que lo pensaba, debía de ser el móvil de Marianne el que tenía problemas.
– Está desierto. Silencioso como una tumba.
El empleado de la aduana tenía las manos en los bolsillos.
– Esperamos dos o tres vuelos más esta noche, pero ahora no hay nadie. La cinta con los equipajes de Copenhague, también está vacía.
Sacó las manos de los bolsillos para unirlas en un gesto de disculpa.
– Gracias -dijo ella-. Gracias por la ayuda.
Agachó la cabeza y comenzó a caminar hacia las escaleras mecánicas que ascendían al vestíbulo de salidas. Comprobó su teléfono móvil. Ningún mensaje. Ninguna llamada perdida. Intentó llamar otra vez a Marianne, pero de inmediato le saltó el mensaje automático de respuesta. Las piernas empezaron a correr por sí mismas. Las escaleras se movían demasiado lentamente y también las subió corriendo. Cuando llegó arriba, se detuvo abruptamente.
Nunca había visto el vestíbulo de salidas tan vacío y silencioso.
Solamente detrás de algún que otro mostrador, el personal de pista se aburría sentado. Dos empleados leían el periódico. Hacia el extremo sur, ella podía oír el rumor de una máquina de limpieza que flotaba despacio sobre el suelo, manejada por un hombre de piel oscura. Sólo un control de seguridad permanecía abierto, sin que ella pudiese ver a nadie allí. Era como la escena de un film; una película sobre el Día del Juicio. Gardermoen tendría que haber estado repleto de vida, agobiante y hosco, atestado de viajeros impacientes y de empleados que nunca hacían ni una pizca más que lo que debían.
El corazón le latía en la garganta; se dirigió resuelta al mostrador de SAS, que estaba al otro lado del vestíbulo. Tampoco allí había gente. Tragó saliva varias veces y se enjugó el sudor frío de la cara con el brazo.
Una mujer de edad apareció desde el cuarto trasero.
– ¿Puedo ayudarla?
– Sí, estoy aquí para buscar…
La mujer se sentó al otro lado del mostrador. Tecleó su clave en el ordenador sin levantar la vista.
– Mi pareja debía haber aterrizado en el vuelo de Copenhague.
– ¿Y él no ha aparecido?
– Ella. Es ella. Marianne Kleive.
La mujer del mostrador levantó la mirada, confundida, antes de volver el rostro a la normalidad y concentrarse otra vez en el teclado.
– Precisamente -dijo-. Ahora.
– Pero no ha aparecido. Estaba en Australia y debía hacer escalas en Tokio y en Copenhague. Me preguntaba si usted…, si usted podía verificar si ella estaba o no en el avión.
– No, lo lamento. No puedo darle ese tipo de información.
Quizá fuese el vacío amenazante del vestíbulo enorme, o tal vez las noches sin sueño, o la incomprensible ansiedad que la había turbado toda la semana. Podía también ser que supiese, muy dentro de sí, que tenía toda la razón para dudar. En todo caso, la mujer del anorak rojo comenzó a llorar en público por primera vez en su vida adulta.
En silencio, sin ruido, las lágrimas le caían por las mejillas, pasando por los hoyuelos a cada lado de la boca, tan profundos que aún ahora se percibían, para llegar al delgado mentón. Despacio, en grandes gotas, cayeron sobre la madera clara del mostrador.
– ¿Está usted llorando?
Un asomo de simpatía cubrió los ojos de la mujer de SAS.
La mujer al otro lado del mostrador no le respondió.
– Escúcheme -dijo bajando la voz-. Es tarde. Seguramente está cansada. No hay nadie aquí y…
Echó una rápida mirada a su alrededor, hacia la puerta del cuarto trasero.
– ¿Qué vuelo, me dijo?
La mujer del anorak puso un papel doblado sobre el mostrador.