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El secreto de Mona Lisa

Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:

La apasionante vida de la mujer que inspiró La Gioconda, en una intrigante trama llena de amor, traición y luchas de poder. La joven y hermosa Lisa di Gherardini es conducida por su padre al palacio Médici, donde la espera Lorenzo el Magnífico. Allí conoce a Leonardo da Vinci, con quien mantendrá una relación muy especial, y a Giuliano, el hijo menor de Lorenzo, de quien se enamorará perdidamente. Lisa y Giuliano se casan en secreto, pero al poco tiempo estalla una rebelión contra los Médici y Lisa da a su marido por muerto. Comienza una época turbulenta marcada por el terror religioso. La joven florentina tendrá que tomar partido en la contienda.
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– ¡Dejad que se levante! -ordenó una voz masculina a mi lado. Se hizo un lugar allí donde no lo había. Un brazo fuerte sujetó el mío y me puso de pie; me levanté, jadeante, y miré el rostro del desconocido: un hombre alto y delgado vestido con el elegante atuendo de un buonomi, «un hombre bueno», uno de los doce elegidos cada dos meses para aconsejar a los ocho mandatarios. Respondió a mi mirada con otra donde se leía un claro y extraño reconocimiento, aunque nunca nos habíamos visto antes.

Me aparté del desconocido inmediatamente y seguí al implacable Domenico, que ya se abría paso entre la muchedumbre. Sin recordar que se encontraba en la casa de Dios, mi padre seguía a Domenico al tiempo que le reclamaba a viva voz que tratase a su esposa con más delicadeza.

El compañero de Domenico, fray Marciano, nos ofreció a Zalumma y a mí sus brazos para apoyarnos. Zalumma, furiosa, rechazó la ayuda sin decir palabra, aunque cojeaba visiblemente. Yo también aparté su brazo. Pero el semblante de fray Marciano continuó reflejando preocupación y bondad. Era un hombre mayor y frágil, de cabellos ralos, y su mirada era amable.

– Cálmate -me dijo-. La señora está en manos de Dios; Él no permitirá que sufra daño alguno.

No le respondí. En cambio caminé, en silencio como los demás, detrás de fray Domenico y su carga hasta que llegamos a la sacristía.

Era una habitación pequeña, y mucho más fría que la nave, donde el calor de centenares de cuerpos atemperaba la baja temperatura; mi aliento desprendía vapor en el aire. Fray Domenico llevó a mi madre al único lugar posible: una angosta mesa de madera, que mi padre se apresuró a cubrir con la capa de armiño. En cuanto el fraile la dejó sobre la mesa, mi padre lo apartó con una vehemencia que me sorprendió. Los dos hombres, que jadeaban como animales, se miraron con profundo odio; por un momento, creí que se liarían a golpes.

Domenico fue el primero en vacilar. Acabó agachando la cabeza; luego dio media vuelta y se marchó. Fray Marciano se quedó con nosotros, al parecer con la esperanza de ofrecer el consuelo o la ayuda que pudiese.

En algún momento del recorrido hasta la sacristía, había cesado el ataque. Ahora, mientras mi madre yacía aletargada, mi padre se quitó la capa roja y la usó para abrigarla. El conde Pico le apoyó una mano en el hombro. Mi padre intentó apartarla.

– ¿Cómo Dios pudo permitir algo así? -dijo en tono amargo-. ¿Por qué fray Girolamo permitió que la cogiese ese bestia?

Pico le respondió con voz suave, pero con un claro tono de dureza.

– Fray Domenico nunca se separa de fray Girolamo; ya lo sabes, Antonio. Quizá Dios ha dejado que madonna Lucrezia sufriese esta indignidad solo para que Su curación sea todavía más impresionante; será un maravilloso testamento para todos. Ten fe. Cree en la grandeza de Dios. No nos ha traído hasta aquí para desilusionarnos.

– Ruego que así sea -respondió mi padre. Se cubrió los ojos con las manos-. No puedo soportar verla así. Cuando se entere de lo sucedido… la abrumará la vergüenza.

Apartó las manos y miró a mi madre dormida. La palidez amarillenta de la tez hacía que sus facciones parecieran de cera, una cera manchada y salpicada con sangre seca. Con mucha suavidad, apartó un mechón de cabello de su frente; mientras lo hacía, miré a Zalumma, que estaba al otro lado de la mesa.

El intenso odio que reflejaba su expresión me sorprendió. A pesar de que no era la conducta apropiada de una esclava, la comprendía. Quería a mi madre como a una hermana y despreciaba a mí padre con idéntico fervor. Hasta ese momento, sin embargo, había ocultado sus sentimientos.

Yo solo estaba preocupada. Desde hacía algún tiempo había dejado de sufrir por el origen de los ataques de mi madre. El relato de Zalumma sobre el accidente de su hermano y su herida en la cabeza me había convencido de que la enfermedad de mi madre tenía una causa natural. Pero ahora, después de su terrible declaración delante de Savonarola, ya no estaba segura. ¿Podía un alma gentil y pía como la de mi madre ser un instrumento del Maligno?

Durante un cuarto de hora nuestro penoso grupo esperó en la helada sacristía. Me arrebujé en mi capa sin conseguir calentarme. El sudor que me había empapado durante el ataque se estaba helando; mi aliento se condensaba y se convertía en escarcha sobre la lana. Mi pobre madre, en su letargo, temblaba a pesar de la capa de mi padre y del manto de piel sobre la que reposaba.

Por fin, se abrió la pesada puerta con un sonoro chirrido; nos volvimos. Savonarola apareció en el umbral, acompañado por el fornido fray Domenico; parecía mucho más pequeño que cuando estaba en el púlpito.

Mi padre se acercó a la mesa y apoyó una mano en el brazo de su esposa. Su expresión era hosca; no dejó de mirar a fray Domenico ni siquiera cuando habló a Savonarola.

– No lo necesitamos aquí para nada. -Señaló a Domenico con un movimiento de la barbilla.

– Es mi mano derecha -contestó fray Girolamo-. Si él no entra, yo tampoco.

Mi padre parpadeó y agachó la cabeza, derrotado. Los dos monjes entraron en la sacristía; la expresión de Domenico era reservada.

No habían dado más que un paso cuando detrás de ellos apareció el sacerdote pelirrojo y picado de viruela de la catedral.

– No hay duda de que Dios te trajo a Florencia, fray Girolamo -exclamó con un tono cargado de adulación-. Haces que innumerables pecadores se arrepientan cada día. ¡Eres la salvación de esta ciudad!

Fray Girolamo se esforzó para no ceder a los halagos. Mantuvo la cabeza un tanto agachada en un sincero intento por mostrarse humilde, aunque era obvio que las palabras lo habían complacido enormemente. Con su aguda voz nasal, replicó:

– Es el Señor quien salvará a Florencia, no yo. Dedica tu devoción a Dios y no a hombre alguno. -Hizo una pausa, y luego añadió en tono firme-: Ahora tengo otros asuntos que atender.

Con estas palabras pretendía despedir al sacerdote, que ahora ocupaba la entrada a la sacristía, como si no quisiese dejar pasar al fraile hasta que le diera su bendición. Pero cuando lo hizo, en lugar de marcharse, el joven miró al interior de la sacristía.

– ¡Ah! ¡Esta es la mujer poseída por los demonios!

Fray Girolamo lo miró con una expresión de reproche.

– Dejaremos que Dios sea el juez de su aflicción. -Dirigió una mirada a fray Domenico, que parecía compartir la opinión del sacerdote, y el gigantón dio un paso hacia la puerta sin mucho entusiasmo.

El joven lo esquivó ágilmente y entró en la habitación antes de que se le pudiese cerrar el paso.

– Fray Girolamo, tú mismo lo has dicho. El Maligno intenta impedir que la gente escuche el mensaje que Dios te ha dado. Nadie hubiese dicho nunca las palabras que ella dijo si el diablo no fuese su autor. -Sus ojos claros se iluminaron con una inquietante convicción-. Ella hizo lo mismo en la catedral; pronunció palabras que el demonio puso en su boca.

Fray Domenico lo escuchaba, arrobado; incluso el amable fray Marciano se apartó de nuestro grupo para escuchar al carismático sacerdote.

– Es verdad, babbo -dijo Domenico a su amo-. Tu presencia provoca a los demonios. ¡Cuánta furia debes de despertar en ellos! ¡Cuánto terror! Aquí está la oportunidad para demostrar el verdadero poder de Dios.

Molesto por el rumbo que había tomado la conversación, pero sin poder desviarla, Savonarola se apartó de Domenico y el sacerdote para colocarse a un lado de mi madre, y justo delante de mi padre y de Pico.

– ¿Es eso cierto? -le preguntó fray Girolamo a mi padre en voz baja-. ¿Pronunció extrañas palabras en la catedral antes del ataque?

Silencioso y cauto, mi padre me miró y luego miró a Zalumma, que mostraba una expresión de desafío. Ahora que se había quitado el gorro, los desgreñados cabellos negros intimidaban tanto como la corona de serpientes de Medusa.

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