Una Aventura Secreta
- Автор: Бэлоу Мэри
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Una Aventura Secreta». Краткое содержание книги:
Su nombre es Hannah Reid. Nacida plebeya, se convirtió en la duquesa de Dunbarton desde que a los diecinueve años se casó con el anciano duque al que, según los rumores, le fue constantemente infiel. Y ahora que su marido ha muerto, Hannah, más femenina y bella que nunca a sus treinta años, ha obtenido la libertad que tanto deseaba y sabe muy bien lo primero que va a hacer con ella: buscarse un amante; no cualquier amante, sino el más peligroso y atractivo de toda la alta sociedad londinense, Constantine Huxtable.
Siendo un hijo ilegítimo, Constantine no ha podido acceder al título de conde, así que nunca se ha negado ningún placer que pudiera manchar su reputación. Se dice de él que lleva una vida de asueto y placer carnal en su villa del campo y que siempre elige como amantes a las viudas más recientes. Con lo que Hannah parece entrar dentro de sus expectativas.
Pero una vez que estos dos apasionados y escandalosos personajes cruzan sus vidas, se dan cuenta de que no es tan fácil liberar las llamas del deseo… sin salir chamuscado, y que ambos guardan secretos que, cuando sean revelados, nadie será capaz de decidir quién de los dos se enamorará primero, quién domará a quién y quien saldrá ganador de este juego de corazones.
No debía hacer más preguntas.
Acababan de llegar a la cabeza de sus respectivas filas, y era su turno de pasar entre ambas girando para volver al final y comenzar de nuevo. La señorita Leavensworth rió a carcajadas mientras giraban, y Con le sonrió.
No obstante, fue incapaz de detener el rumbo de sus pensamientos. La duquesa y la señorita Leavensworth eran amigas desde la infancia. Un detalle al que no le había dado importancia hasta ese momento. La señorita Leavensworth era una mujer de familia y aspiraciones modestas, la hija de un vicario jubilado, la prometida de un vicario en activo. Sin embargo, la duquesa había mantenido su amistad a lo largo de los diez años del matrimonio que la había encumbrado hasta una posición infinitamente más elevada que la que ocupaba la hija del vicario. Se le ocurrió otra pregunta.
– ¿Mantienen la duquesa y usted correspondencia cuando no se ven? -preguntó en cuanto los pasos de baile le volvieron a brindar la oportunidad de hablar.
– ¡Nos escribimos una vez a la semana como mínimo! -exclamó-. A veces más si hay algo interesante que contar. Hannah y yo somos unas consumadas redactoras de cartas.
– ¿La duquesa no la visita?
– No -respondió.
Sin añadir más explicación.
– Pero estoy intentando convencerla de que asista a mi boda en agosto -apostilló al cabo de un momento-. Para mí significaría mucho contar con la presencia de mi mejor amiga. Me ha dicho que no, pero todavía no he perdido la esperanza.
De modo que no pensaba volver a Markle ni siquiera para la ocasión de la boda de su amiga… La duquesa de Dunbarton que él había creído conocer, la que todo el mundo creía conocer, habría estado encantada de volver a casa con un séquito de criados para presumir de título y de fortuna delante de los palurdos entre los que había crecido.
¿Sería cierto entonces que no tenía familia?
– ¿No tiene familia con la que alojarse? -preguntó.
– Puede quedarse con mis padres -respondió la señorita Leavensworth-. Estarían encantados de que lo hiciera.
Lo que podía ser un sí o un no. Debía dejarlo ya. Se sentía un poco culpable. Quizá más que un poco. Estaba fisgoneando.
– ¿Ya ha visitado la Torre de Londres? -preguntó cambiando de tema.
– Todavía no -contestó ella-. Pero espero hacerlo antes de regresar a casa.
– Si les parece bien, estaría encantado de acompañarlas una tarde.
– ¡Oh, es muy amable, señor Huxtable! Sin embargo, no sé si a Hannah le interesará…
– Le recordaré que podrá colocarse en el mismo lugar en el que le cortaron la cabeza a Ana Bolena, entre muchas otras personas a lo largo de los años. Estoy seguro de que eso despertará su interés.
El comentario la hizo reír.
– Posiblemente tenga razón -reconoció-. Sin embargo, yo evitaré ese lugar de forma intencionada.
– Hablaré con la duquesa para organizar la visita -dijo.
Y se concentró en los pasos de baile. Una actividad que siempre le había gustado. Echó un vistazo por la fila de las damas y vio que estaban todas sus primas, Vanessa incluida, y también Averil y Jessica, las hermanas de Elliott. La única ausente era Cecily, que se encontraba en el campo esperando su tercer alumbramiento. La duquesa también bailaba, y su belleza era despampanante. A su lado se encontraba la condesa de Lanting, la hermana pequeña de Monty. Y por supuesto, también estaban todas las jovencitas que habían sido presentadas esa temporada en sociedad y lanzadas al mercado matrimonial. Algunas parecían alegres y contentas, otras fingían la expresión hastiada que estaba tan en boga, como si la situación fuera cotidiana para ellas y se aburrieran como ostras.
En la fila de la que él formaba parte se encontraban los caballeros.
La orquesta tocaba una melodía muy alegre. Los pies de los bailarines resonaban sobre el parquet, un sonido que siempre lo incitaba a seguir el ritmo con un pie aunque no se encontrara en la pista, sino observando en un lateral. El ambiente estaba cargado con el aroma de las flores, el perfume y el sudor.
Los Kitteridge debían de estar respirando aliviados. Su hija, bastante joven, estaba bailando con el vizconde de Doran, un joven candidato que no le cupo duda que había sido elegido a conciencia para la ocasión. De modo que podían considerar el baile como un gran éxito.
En ese momento tanto él como la señorita Leavensworth se acercaban de nuevo a la cabeza de la fila.
Hannah bailó la pieza inaugural con lord Netherby, la segunda con lord Hardingraye, un amigo íntimo con quien podía relajarse y hablar en confianza. Estaba nerviosa y emocionada. Porque luego bailaría un vals con Constantine. Solo bailaría esa pieza con él, pero sería suficiente. No había baile más fascinante que el vals cuando se contaba con una pareja atractiva, y nadie era más atractivo que Constantine Huxtable.
Bailaría el vals con él y después, cuando la fiesta acabara, la seguiría en su carruaje como la noche anterior y se marcharía con él para pasar la noche en su casa, o lo que quedara de noche.
Esa sería la tónica de sus días, y de sus noches, durante el resto de la primavera.
«¡Ojalá fuera para siempre!», deseó. Por primera vez en la vida no ansiaba la llegada del verano. Que se demorara todo lo que quisiera. Y tampoco se sentía culpable con respecto a Barbara. Al fin y al cabo no la iba a desatender. Pasarían todos los días juntas.
¡Qué maravilloso le parecía todo después de la tristeza del año anterior! Porque había sido muy triste. Al duque no le habría gustado que fingiera lo contrario. Lo había llorado, todavía lo hacía, pero llorarlo en soledad (literalmente hablando) y llevar luto durante un año entero había sido aburridísimo. El duque le habría aconsejado que saliera a disfrutar de la vida, estaba convencida de ello. Sin embargo, solo había salido para cabalgar y cabalgar por la propiedad y por los terrenos cercanos a Copeland Manor, y para visitar a sus amigos de El Fin del Mundo cada pocos días. Había sido una esposa fiel en vida del duque. Y había sido una viuda fiel durante el año de luto.
Y en ese momento… pues se estaba divirtiendo de lo lindo. No pensaba fingir lo contrario. Había soñado con eso, lo había planeado y estaba sucediendo. Y lo mejor de todo era que el duque la aplaudiría. Estaba segurísima.
– Excelencia, podría decirse que está usted resplandeciente desde su regreso a Londres -le dijo lord Hardingraye-. De hecho, si resplandeciera un poco más, me vería obligado a protegerme los ojos con una pantalla y me acusarían de ser un excéntrico.
– Ya es un excéntrico -replicó ella con una sonrisa-. Todo el mundo lo dice.
Los ojos de lord Hardingraye la miraron con un brillo alegre.
Constantine estaba bailando con lady Fornwald.
Barbara estaba… Barbara no estaba en el salón de baile. Echó un vistazo por la estancia, pero no vio a su amiga por ningún lado. Ni siquiera escondida en algún rincón tranquilo. Recordaba que se había disculpado después de la pieza inaugural para ir al tocador de señoras, pero de eso hacía siglos.
La música llegó a su fin y Barbara seguía sin aparecer. Ojeó la multitud para asegurarse de que no la veía antes de ir en su busca al tocador. Era imposible que todavía estuviera allí.
Sin embargo, sí que estaba.
Sentada en un rincón de espaldas a la puerta, ignorando a un grupo de jovencitas parlanchinas que a su vez la ignoraban a ella mientras reían y hablaban a chillidos. En otro rincón vio a una silenciosa doncella que aguardaba por si alguien necesitaba ayuda con un bajo descosido o con algún tirabuzón que hubiera que devolver a su sitio.
– ¿Babs? -Hannah se sentó junto a su amiga-. ¿Te encuentras mal?
Barbara ni siquiera la miró. Tenía un pañuelo en las manos que no paraba de retorcer. No había rastro de lágrimas en sus mejillas, pero parecía estar al borde del llanto.