La Cabaña Del Tío Tom
- Автор: Stowe Harriet Beecher
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
– Ven, negro -dijo- ¿estás listo? Su servidor, señora -dijo, quitándose el sombrero al ver a la señora Shelby. La tía Chloe cerró y ató la caja y, al levantarse, miró ceñuda al tratante, y sus lágrimas parecieron convertirse en chispas de fuego.
Tom se levantó manso para seguir a su nuevo amo y se puso la pesada caja al hombro. Su mujer cogió a la niña en brazos para acompañarlo al carro, y los niños, llorando aún, fueron a la zaga.
La señora Shelby se acercó al tratante y lo entretuvo unos momentos hablándole de forma intensa, y mientras ella hablaba, toda la familia llegó hasta un carro que se encontraba enjaezado en la puerta. Había una multitud de braceros jóvenes y viejos reunidos alrededor para despedirse de su antiguo compañero. A Tom lo apreciaban todos tanto en calidad de sirviente jefe como de instructor cristiano, y sentían una sincera pena y tristeza por su partida, especialmente las mujeres.
– ¡Vaya, Chloe, lo soportas mejor que nosotras! -dijo una de las mujeres, que había estado llorando desenfrenadamente, al observar el triste sosiego de que daba muestras la tía Chloe ahí de pie junto al carro.
– ¡Ya no me quedan más lágrimas! -dijo, mirando ceñuda al traficante, que se aproximaba-. No tengo ganas de llorar delante de ese individuo, de ninguna manera.
– ¡Sube! -dijo Haley a Tom, cruzando a zancadas por entre la multitud de sirvientes, que lo miraban con el ceño fruncido.
Tom subió y Haley sacó de debajo del asiento del carro un par de grilletes y le colocó uno en cada tobillo.
Un ahogado murmullo de indignación recorrió todo el círculo, y la señora Shelby, desde el porche, dijo:
– Señor Haley, le aseguro que esa precaución es totalmente innecesaria.
– No lo sé, señora; ya he perdido quinientos dólares en este lugar y no puedo permitirme correr más riesgos.
– ¿Qué otra cosa se podía esperar de él? -dijo, indignada, la tía Chloe, mientras que los dos niños que parecieron comprender, por fin, el destino de su padre, se le agarraron al vestido, sollozando y lamentándose enérgicamente.
– Siento -dijo el tío Tom- que se halle ausente el señorito George.
George se había marchado a pasar dos o tres días con un compañero de una hacienda vecina y, como se había ido por la mañana temprano, antes de que se hubiera hecho pública la desgracia de Tom, no se había enterado de ella.
– Despedidme cariñosamente del señorito George -dijo muy serio.
Haley fustigó el caballo y se llevó rápidamente a Tom, que dedicó una mirada serena y triste a su viejo hogar hasta el último momento.
A esta hora, el señor Shelby no estaba en casa. Había vendido a Tom por una necesidad acuciante, para librarse del poder de un hombre a quien temía, y su primera sensación después de finalizar la negociación había sido de alivio. Pero las recriminaciones de su esposa habían despertado sus remordimientos latentes y la generosidad varonil de Tom había aumentado su sentimiento de malestar. En vano se decía a sí mismo que estaba en su derecho al actuar así, que todo el mundo lo hacía, y algunos sin verse siquiera obligados a ello. Pero no lograba acallar sus sentimientos y, para no presenciar las desagradables escenas de la consumación, había emprendido un pequeño viaje de negocios, con la esperanza de que todo hubiera acabado antes de su regreso.
Tom y Haley se fueron traqueteando por el camino polvoriento, pasando velozmente por todos los lugares familiares, hasta traspasar los límites de la finca y encontrarse en la carretera abierta. Después de avanzar aproximadamente una milla, Haley paró de pronto a la puerta de un herrero, y, sacando unas esposas, entró en la forja para que les hicieran una pequeña modificación.
– Son demasiado pequeñas para él -dijo Haley, mostrando las esposas y señalando a Tom.
– ¡Señor, si es el Tom de Shelby! ¿No lo habrá vendido? -preguntó el herrero.
– Sí -dijo Haley.
– ¡Vaya, vaya! -dijo el herrero-. ¿Quién iba a decirlo? Pero no hace falta que lo encadene de esta manera. Es el hombre más leal y bueno…
– Sí, sí -dijo Haley-, pero los leales y buenos son precisamente los que quieren escaparse. Los tontos, a los que no les importa adónde vayan, y los vagos y los borrachos, a los que no les importa nada, ellos se quedan e incluso les hace gracia que los lleven de aquí para allá. Pero estos hombres de calidad nos odian a muerte. No hay más remedio que encadenarlos; si tienen piernas, las usarán, sin duda.
– Bueno -dijo el herrero, hurgando entre sus utensilios- esas plantaciones del sur no son exactamente el sitio adonde quiere ir un negro de Kentucky. Se mueren muy rápido, ¿verdad?
– Pues, sí, se mueren bastante rápido; mientras que se aclimatan y entre una cosa y otra, se mueren lo bastante rápido para mantener ágil el mercado -dijo Haley.
– Pues, no puede uno más que pensar que es una lástima que un tipo agradable y tranquilo como Tom vaya a que lo machaquen a una de aquellas plantaciones de azúcar.
– Pues tendrá una oportunidad. He prometido tratarlo bien. Lo colocaré como sirviente con alguna buena familia y entonces, si aguanta el clima y las fiebres, tendrá un puesto tan bueno como puede desear un negro.
– Su mujer y sus hijos se quedan aquí, supongo.
– Sí, pero le darán otra allí. Señor, si hay mujeres de sobra en todas partes -dijo Haley.
Tom estaba sentado en la puerta de la forja durante esta conversación. De repente oyó los pasos rápidos de un caballo detrás de él, y, antes de poder reaccionar de la sorpresa, el señorito George saltó al carro, le rodeó el cuello con los brazos y se puso a sollozar y renegar enérgicamente.
– ¡Es imperdonable, no me importa lo que digan! ¡Es una verdadera vergüenza! Si yo fuera hombre, no lo harían, desde luego que no -dijo George con una especie de aullido reprimido.
– ¡Ay, señorito George, cómo me alegro! -dijo Tom-. No podía soportar irme sin verlo. ¡No puede imaginarse cuánto me alegro! -al decir esto, Tom hizo algún movimiento con los pies, y George vio los grilletes.
– ¡Qué vergüenza! -exclamó, alzando las manos-. ¡Voy a darle su merecido a ese tipo, ya lo creo!
– ¡Ni hablar!, señorito George, y no hable usted tan alto. A mí no me hará ningún bien que se enfade.
– Pues, no lo haré, entonces, por tu bien. Pero sólo pensarlo… ¿no es una vergüenza? A mi no me llamaron ni me dijeron una palabra y, si no hubiera sido por Tom Lincoln, no me habría enterado. Te digo ¡menuda bronca les he metido a todos en casa!
– Eso no estaba bien, me temo, señorito George.
– No pude remediarlo. ¡Digo que es una vergüenza! Mira, tío Tom -dijo, volviendo la espalda a la forja y hablando con un tono misterioso- ¡te he traído mi dólar!
– ¡Ay, no se me ocurriría cogérselo, señorito George, de ninguna manera! -dijo el tío Tom, bastante emocionado.
– ¡Pero lo tienes que coger! -dijo George-. Mira, le dije a la tía Chloe que iba a hacerlo, y ella me aconsejó que hiciera un agujero en medio y pasara un cordel para que te lo puedas colgar al cuello y mantenerlo oculto; si no, este sinvergüenza te lo quitaría. Oye, Tom, quiero darle una paliza, ¡me vendría bien!
– ¡No lo haga, señorito George, porque a mí no me vendría bien!
– Pues entonces no lo hago, por ti -dijo George, ocupado en atar su dólar alrededor del cuello de Tom-. Pero abróchate la chaqueta para taparlo, y guárdalo y acuérdate, cada vez que lo mires, de que yo iré a buscarte para traerte de vuelta. La tía Chloe y yo hemos hablado de ello. Le he dicho que no tema, que yo me ocuparé y no dejaré en paz a mi padre hasta que acceda.
– Ay, señorito George, no debe hablar así de su padre.
– Por Dios, Tom, no lo hago con mala intención.