Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Исторические детективы » El Misterio De La Casa Aranda
El Misterio De La Casa Aranda - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El Misterio De La Casa Aranda

Электронная книга - «El Misterio De La Casa Aranda». Краткое содержание книги:

Víctor Ros es un joven comisario dotado de una astucia adquirida tras años de delincuencia en las calles del Madrid de finales del siglo XIX. Tras una estancia en la ciudad de Oviedo, durante la cual desarticulará una célula radical, vuelve a Madrid para convertirse en comisario de una nueva brigada creada para luchar contra el crimen.
De la mano de Alberto Aldanza, un excéntrico dandy que le inicia en los métodos de investigación científica, ha de enfrentarse a dos casos: por un lado una casa que al parecer provoca, en épocas diferentes, que tres mujeres maten o intenten matar a sus maridos tras la lectura de un ejemplar de La Divina Comedia; por otro, los asesinatos de varias prostitutas a las que nadie da importancia pero que Víctor decide investigar.
Víctor recorrerá el Madrid de los salones de la alta sociedad y de las tertulias de los cafés, se impregnará del clima social y político de la época y se convertirá en un experto investigador gracias a las lecciones de Aldanza. Pero las lecciones tendrán un precio y Víctor sólo se dará cuenta de ello cuando logre resolver los dos casos.
1 ... 23 24 25 26 27 28 29 30 31 ... 75
Перейти на страницу:

Víctor, por su parte, se hallaba fascinado por aquel extraño caso y por la no menos atrayente personalidad de don Alberto, que día a día se iba convirtiendo en una especie de mentor o consejero. Aprendió a distinguir la edad de un cadáver por el estudio de los huesos de la muñeca, a identificar diferentes tipos de marcas causadas por las armas más inusitadas, a apreciar si una herida había sido infligida por un zurdo o un diestro y a diferenciar el aspecto del hígado de una vaca envenenada con curare, arsénico u otros venenos. Pudo hacerse con unos conocimientos algo rudimentarios pero eficaces de botánica y de geología, sobre todo en tipos de arcillas y areniscas de los suelos de Madrid, y gracias a las enseñanzas del conde del Razes se inició en el mundo de la química lo bastante como para poder utilizar dicha ciencia al servicio de la ley. Le llamó la atención a Víctor que don Alberto no mostrara interés alguno en el caso de la mansión maldita. Hombre moderno y racional, el conde no creía en fenómenos ni cosas paranormales, por lo que cuando Víctor le contaba detalles del sumario le replicaba que aquello debía deberse a «trucos de feriantes». En cambio, don Alberto sí manifestaba un interés desmesurado en el otro caso que el joven subinspector investigaba por su cuenta, el de las tres prostitutas muertas, asunto sobre el que no perdía ocasión de preguntar al joven detective. La verdad era que poco había avanzado. Sólo sabía que una misteriosa mujer mayor con una llamativa verruga en la barbilla y acento extranjero se había encargado de llevar a aquellas desgraciadas hacia una muerte segura. Las tres habían perecido a causa de una supuesta estocada en el costado y en el momento de morir las tres llevaban encima treinta reales. Pero como a nadie le importaba aquello y el caso de la casa de los Aranda era llamativo, Víctor, inconscientemente, se había volcado en el estudio del problema en que se hallaba metida la hermana de su amada.

Dos días después de haber llevado a Corcoles el contenido del cenicero de don Augusto, Víctor recibió una nota de su amigo químico. Tras leerla, la guardó en un cajón y dijo:

– ¡Vamos!

Don Alfredo, que comenzaba a sentirse algo mayor para aquellas aventuras, siguió a su compañero sin saber hacia dónde iban. Tomaron un coche de alquiler y pronto llegaron a la lúgubre casa del Indiano. Víctor llamó enérgicamente a la puerta y, tras preguntar si doña Ana se encontraba en la casa, solicitó que los llevaran a su presencia. Parecía muy seguro de sí mismo, decidido a hacer lo que tuviera en la mente, una mente que, dicho sea de paso, nunca descansaba. Los condujeron a un saloncito del primer piso, donde doña Ana Escurza y su hija Clara aguardaban junto a la habitación de Aurora. Las dos damas estaban bordando en el momento de la llegada de los policías. Doña Ana pareció sorprendida por aquella visita.

– ¡Los agentes de la ley!

– Señoras… -saludó educado el inspector Ros.

Tras hacerles tomar asiento, la madre de Clara dijo:

– Íbamos a merendar en este momento; ¿ustedes gustan?

Los caballeros asintieron y doña Ana encargó a Nuria chocolate para los cuatro.

– Y bien, ¿qué les trae por aquí?

Víctor, visiblemente nervioso por la presencia de su amada, dijo:

– Mire, doña Ana, necesito hablar con usted a solas. Se trata de un tema delicado que…

– Hable, joven, hable, Clara sabe lo mismo que yo de todo este asunto.

Víctor pareció algo molesto, así que dijo bruscamente:

– Insisto en que hable a solas con nosotros. Es sobre el libro desaparecido.

La dama dio un respingo.

– ¡Vaya! -exclamó-. Parece que sabe usted más que todos nosotros.

– Señora, se lo ruego, hablemos a solas -repitió él con un tono de voz más suave.

– Diga lo que tenga que decir, joven -urgió ella muy segura de sí misma.

– Bien, como quiera -aceptó Víctor con aire apesadumbrado.

En ese momento entró la sirvienta así que todos quedaron en silencio. Al salir la fámula, Víctor tomó la palabra al fin para preguntar:

– ¿Sabe su marido lo del libro? No querría tener que decírselo yo mismo.

La dama miró con los ojos muy abiertos al detective y dijo:

– Augusto no sabe na…

– Lo guarda usted en su tocador, ¿no es así?

– ¡Es usted un demonio! -gritó la mujer antes de privarse.

Clara y don Alfredo corrieron a auxiliar a la dama, mientras Víctor apostillaba impertérrito:

– Vaya, nos obsequia usted con una actuación como la del otro día en la biblioteca.

La señora abrió los ojos al instante, alzó la cabeza totalmente repuesta y dijo:

– Es usted un joven ruin y sin corazón.

– Pero, mamá -intervino la joven Clara-, ¿no estabas…?

– ¡Qué iba a estar! Era para ablandar a este joven frío y calculador, que parece saberlo todo.

– Usted quitó el libro de su sitio y colocó en su lugar unas cenizas de tabaco, ¿verdad? -dijo Víctor mirando divertido a don Alfredo, que, boquiabierto, no salía de su asombro.

La mujer asintió.

– Y bien -prosiguió el joven-. Antes de tomar otro tipo de medidas he querido hablarlo con usted a solas, pero no me ha dejado otra opción.

Doña Ana parecía angustiada. Al ver que su propia hija la miraba con una sombra de temor y duda en el rostro, dijo:

– No, esperen. Lo hice por Aurora. Sabía que todo el mundo achacaría el ataque a la influencia del libro, así que tras ordenar a Gregorio que lo pusiera en su sitio se me ocurrió una idea. Pensé que si ese libro demoníaco se volatilizaba, todo el mundo pensaría que había sido algo sobrenatural lo que había empujado a Aurora a cometer la agresión. No quería que mi hijita quedara como una loca o, peor aún, como una asesina.

La dama se echó a llorar siendo consolada por su hija.

– Señora -dijo muy sincero Víctor poniéndose de pie para marcharse-, no era ni mucho menos mi intención llegar tan lejos con esta comedia. Le pido mis más humildes disculpas y mañana mismo solicitaré a don Horacio que me retire del caso.

– No, joven, no -imploró la dama-. Usted ha obrado cuerdamente, quiso hablarlo conmigo en privado y yo me negué, no le dejé alternativa. Soy yo la que le debe una disculpa. Debe usted seguir investigando la causa de esta tragedia. Devuélvame a mi hija, por favor, no quiero verla en la cárcel o en el manicomio.

La dama parecía tener sentido común.

– No tema, señora, le doy mi palabra. Este asunto quedará aclarado. Pero necesitamos la colaboración de todos ustedes.

– No se preocupe. ¿Qué necesita?

– Buf. Hablar de una vez con el herido, ver a su hija Aurora, hablar con doña Clara, aquí presente.

– Se hará como usted dice, joven, pero no le cuente a mi marido que yo escondí el libro.

– No se preocupe, señora. Diremos que había caído detrás de las estanterías. ¿Dónde lo tiene?

– Donde usted ha dicho, en mi tocador, en mi casa.

– Bien, ha corrido usted un gran riesgo llevándose ese volumen. Sean de otro mundo o de éste, ese libro es la causa de las agresiones. ¿Leyó usted el párrafo maldito?

– Sí.

– ¿De noche?

– Sí.

– ¿Y no sintió impulsos de…?

– En absoluto.

– Interesante, muy interesante -reflexionó el joven detective-. Guarde usted el libro como oro en paño. Mañana por la mañana, tráigalo aquí, ardo en deseos de consultarlo. Y no se preocupe señora, su secreto muere en este momento con nuestro absoluto compromiso de no revelarlo a nadie.

Don Alfredo asintió. Tras despedirse educadamente de las damas, salieron del cuarto, no sin que Víctor quisiera adivinar en su amada lo que le pareció una mirada de admiración. Ya en el coche camino de Sol, don Alfredo interrogó con curiosidad a su joven compañero:

1 ... 23 24 25 26 27 28 29 30 31 ... 75
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)