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El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia

Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:

Durante más de cuarenta años, Richard Kuklinski, «el Hombre de Hielo», vivió una doble vida que superó con creces lo que se puede ver en Los Soprano. Aunque se había convertido en uno de los asesinos profesionales más temibles de la historia de los Estados Unidos, no dejaba de invitar a sus vecinos a alegres barbacoas en un barrio residencial de Nueva Jersey. Richard Kuklinski participó, bajo las órdenes de Sammy Gravano, «el Toro», en la ejecución de Paul Castellano en el restaurante Sparks. John Gotti lo contrató para que matara a un vecino suyo que había atropellado a su hijo accidentalmente. También desempeñó un papel activo en la muerte de Jimmy Hoffa. Kuklinski cobraba un suplemento cuando le encargaban que hiciera sufrir a sus víctimas. Realizaba este sádico trabajo con dedicación y con fría eficiencia, sin dejar descontentos a sus clientes jamás. Según sus propios cálculos, mató a más de doscientas personas, y se enorgullecía de su astucia y de la variedad y contundencia de las técnicas que empleaba. Además, Kuklinski viajó para matar por los Estados Unidos y en otras partes del mundo, como Europa y América del Sur. Mientras tanto, se casó y tuvo tres hijos, a los que envió a una escuela católica. Su hija padecía una enfermedad por la que tenía que estar ingresada con frecuencia en hospitales infantiles, donde el padre se ganó una buena reputación por su dedicación como padre y por el cariño y las atenciones que prestaba a los demás niños… Su familia no sospechó nada jamás. Desde prisión, Kuklinski accedió conceder una serie de entrevistas.
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Esto es para ti, Richard

Richard llegó a casa de Barbara en North Bergen el 24 de diciembre de 1961, víspera de Navidad.

Aquel asesino frío y sin escrúpulos estaba nervioso, de hecho tenía un hormigueo en el estómago. No había asistido jamás a una fiesta así; no tenía idea de lo que podía esperar, de qué hacer, de cómo comportarse, de lo que esperaban de él. Allí estaba toda la familia de Barbara, quince personas en total. La abuela Carmella se había pasado días enteros cocinando sin parar. Había hermosas fuentes enormes de comida, dispuestas para servirse. Barbara presentó a Richard, timidísimo, a sus primos, tías y tíos que no lo conocían todavía. Fue entonces cuando Richard conoció al primo de Barbara, Carl, hijo de Armond.

– Es mi primo favorito -dijo Barbara a Richard. Allí estaba también su tía Sadie, naturalmente, que trató a Richard con bastante amabilidad, aunque no le gustaba, no le gustaba nada de lo suyo, ni lo que hacía, ni de dónde venía, ni dónde se dirigía. Pero Sadie había tomado la resolución de estar agradable, de hacer que se sintiera bienvenido, pasara lo que pasara. Al fin y al cabo, era Nochebuena, un tiempo de amor y de unidad familiar, y si su Barbara quería que él estuviera allí, así tendría que ser. Sadie estaba dispuesto a aceptarlo de la mejor manera posible, esperando que aquello no fuera más que un capricho pasajero.

Pronto se sirvieron bebidas. Se hicieron brindis. El aroma de los platos deliciosos del sur de Italia impregnaba el aire, mezclándose con el fuerte olor de pino que procedía del árbol de Navidad. Richard sabía que no debía beber güisqui, y no tomó más que un vaso de vino blanco, por cumplir.

Cuando se sentaron todos a comer a la larga mesa, un gran espectáculo que habían preparado cuidadosamente Barbara, la Nana y la tía Sadie, Richard se sentó junto a Barbara. Empezaron con hermosas fuentes llenas de antipasti, pimientos rojos en aceite, salami, jamón, quesos de todas clases, pimientos rellenos, aceitunas, corazones de alcachofa. Después comieron los tradicionales espaguetis con almejas, seguidos de filetes de lenguado fritos, gambas rellenas y gambas scampi, calamares rellenos y colas de langosta a la plancha. Después hubo fruta, frutos secos y más quesos, seguidos de alcachofas napolitanas rellenas para la digestión. Y después, naturalmente, los postres.

Richard no había visto nunca una comida italiana hecha en casa como aquella, ni mucho menos la había probado, y le maravilló lo bueno que estaba todo. Animado y satisfecho tras la rica comida, le conmovió todavía más el modo en que los miembros de la familia expresaban abiertamente su afecto, se tocaban, se besaban y se abrazaban sin recato, entre bromas y risas constantes. Estaba viendo algo cuya existencia no había conocido hasta entonces: una familia unida que disfrutaba del hecho de estar juntos y manifestaba abiertamente sus sentimientos de cariño. Cuando se sirvió el café, con pasteles hechos por Carmella, además de sambuca y grappa, eran casi las doce de la noche, la hora a la que se repartían los regalos. Richard no había traído ningún regalo. No sabía que era costumbre darlos, y cuando la tía Sadie le entregó un regalo cuidadosamente envuelto y le dijo: «Esto es para ti, Richard, feliz Navidad», se conmovió. Se quedó sin habla. Y había más regalos para él, de Barbara, de la Nana Carmella, hasta de la madre de Barbara. Richard estaba tan conmovido que hasta se le llegaron a saltar las lágrimas, y en ese estado abrió sus regalos: un jersey, un frasco de colonia, una bonita chaqueta de ante que le regalaba Barbara. Richard, emocionado, se probó la chaqueta. Le sentaba perfectamente. Era el regalo más bonito que le habían dado en su vida.

– ¿Esto es siempre así? -preguntó a Barbara.

– ¿Qué quieres decir? -le preguntó ella, sonriendo.

– Que todos estén tan agradables, amables y generosos -dijo él.

– Claro… es Navidad -dijo ella-. Siempre es así, Richard.

Al día siguiente, Richard volvió a casa de la Nana Carmella cargado de regalos. Había pasado toda la mañana de compras y había procurado comprar regalos para todos los que estarían. Repartió alegremente sus regalos, recibiendo palabras de agradecimiento, besos, abrazos. No sabía que la gente podía ser tan cálida y efusiva, tan dispuesta a expresar sus sentimientos.

Al poco rato se sentaron todos otra vez a la mesa, y esta comida fue todavía más abundante que la de la noche anterior. Había antipasti, lasaña y berenjena a la parmesana, seguida de jamón y cordero, con patatas de tres clases, champiñones rellenos, bolas de arroz, cuencos enormes de ensalada, pasteles y fenochio (hinojo). Estuvieron comiendo durante horas, con un descanso entre plato y plato; se sirvió mucho vino, se hicieron brindis, hubo risas y se contaron chistes, algunos algo subidos de tono. También se cantaron villancicos.

Aquella Navidad, la familia de Barbara llegó a aceptar a Richard: se los había ganado con su timidez, con lo mucho que se veía que le gustaba estar allí, con los regalos que había traído, tan atento. Aunque no era italiano, lo hicieron sentirse bienvenido y querido, como si fuera en verdad uno de ellos, como de la familia. Sentía deseos de abrazarlos a todos, de rodearlos a todos con fuerza con sus fuertes brazos. Estaba radiante allí sentado, comiendo y sonriendo, y es posible que, por primera vez en su vida, Richard se sintiera verdaderamente contento de estar vivo. Richard se sentía… querido. Estaba tan conmovido, tan impresionado, que salió al patio cubierto de atrás y se echó a llorar, cubriéndose la cara con las manos. Barbara se lo encontró así y lo abrazó con fuerza, pensando que no era más que un niño grande.

Si ella supiera…

Cuando pasaron las fiestas y llegó el nuevo año, Richard y Barbara se siguieron viendo cada vez más. Pero Barbara empezaba a sentirse ahogada, acorralada. Richard siempre estaba allí. Mirara para donde mirara, siempre lo encontraba allí, esperándola, abriéndole las puertas, exigiéndole toda su atención. Le impedía ver a sus amigas, ni mucho menos salir con algún otro hombre, y ella se sentía encerrada. Había llegado a querer mucho a Richard, pero quería un respiro, ir a tomarse unos refrescos, y de tiendas y charlar largo y tendido con sus amigas. Decidió decírselo. Tenía derecho. Con solo diecinueve años, ya no podía hacer nada por su cuenta. Pensó cuál sería la manera mejor de hacerlo, le dio vueltas en la cabeza. No pidió consejo a ninguna amiga ni a nadie de su familia, pues no quería que nadie se enterara de lo acorralada que se sentía.

Mientras tanto, Richard decidió llevarla a su local favorito de Hoboken, el Ringside Inn de Sylvia. Richard había hablado de Barbara a Sylvia, le había contado lo bien que lo habían pasado en las fiestas, el banquete que habían comido. Barbara no tenía muchas ganas de ir al Ringside Inn. Era una parte de la vida de Richard con la que no quería tener nada que ver. Pero con lo amable que era, accedió a ir, y Richard presentó con orgullo a Barbara a todos los presentes y a Sylvia. Sylvia estuvo francamente grosera, hasta hostil. Le parecía que Richard había dejado de ir por allí por culpa de Barbara. Las partidas de billar americano de Richard atraían a la gente. Ella ganaba dinero gracias a él. Sylvia estaba resentida con Barbara, y se lo dijo abiertamente. El sentimiento era mutuo: a Barbara le pareció que Sylvia era la persona más grosera y más fea que había visto en su vida, y se lo dijo a Richard.

– No me gusta estar aquí -le dijo-. Está sucio; huele mal. No me gusta la gente… ¡No me gusta esa tal Sylvia! Dios, qué cara; podría parar un reloj con solo mirarlo, podría parar el Big Ben. Quiero marcharme, Richard.

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