El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia
- Автор: Carlo Philip
- Язык: испанский
- Жанр: Другие документальные фильмы
Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:
Barbara llegó a descubrir que Richard podía llegar a ser francamente sádico en grado sumo, frío como el hielo, según lo cuenta ella. Richard tenía, de hecho, todas las cualidades peores de su padre y de su madre, pero multiplicadas. Tenía la capacidad de Stanley para la crueldad repentina y prolongada, y la indiferencia de Anna ante los sentimientos de las personas. Richard había llevado esos sentimientos hasta altaras vertiginosas; era mucho más peligroso y cruel que lo que había sido nunca Stanley Kuklinski.
Por otra parte, cuando Richard era amable, era el tipo más agradable, simpático y generoso del mundo. Atento. Amable. Considerado. Muy romántico. Regalaba regularmente a Barbara rosas rojas de tallo largo, tarjetas de amor con frases románticas. Barbara se sentía como si estuviera en una montaña rusa. En una montaña rusa de la que quería bajarse con desesperación. Pero no sabía cómo.
La pareja mantenía ya relaciones íntimas con regularidad. Richard había alquilado un apartamento, y los dos se reunían allí para sus citas románticas. Richard no quería ponerse preservativo, Barbara no tenía acceso a ningún anticonceptivo, y pasó lo inevitable: Barbara se quedó embarazada. Parecía que aquello era lo que había querido Richard desde el principio: dejarla embarazada para obligarla a comprometerse más en su relación con ella.
Barbara estaba hundida. Ella, que solía ser una mujer animada, optimista, se sentía ahora deprimida, rodeada… acorralada, según explica.
Richard hablaba de casarse. Dijo que se alegraba de que estuviera embarazada, que siempre había querido tener hijos con ella, desde la primera vez que habían salido juntos. Barbara decidió que no quería casarse con Richard, que no quería tener a su hijo, y por fm, después de pasar mucho tiempo armándose de valor, acudió a su madre y le dijo la verdad…
– ¡Lo sabía! -dijo Genevieve con gesto severo, frío y airado-. Ya te lo dije. Ya te lo advertí. Eso era lo único que quería él, y tú se lo diste, a un hombre casado con hijos. ¿Cómo has podido? ¿Cómo has podido consentir que pase esto? Tú tienes más sentido común. Yo no te crié así…
Barbara, asqueada, se apartó de su madre.
La Nana Carmella fue mucho más comprensiva. No sabía nada del pasado de Richard. Él se la había ganado con su timidez y sus buenos
modales. Era verdad que no era italiano, pero ella, aunque con reticen cias, había llegado a a ceptar esto también, a aceptar a Richard. La Nana Carmella abrazó a Barbara y la tranquilizó, diciéndole que todo saldría bien.
Pero Barbara sabía que no. Sabía que se estaba hundiendo rápidamente en arenas movedizas. Era buena católica y no era partidaria del aborto. Aunque lo hubiera sido, en aquellos tiempos era difícil conseguirlo. Tomó la decisión de tener el niño. Pero no quería tener nada más que ver con Richard. Estaba seguro de que eso sería un viaje sin retorno a un lugar donde ella no quería ir. Saldría de la mejor manera posible de aquella mala situación en que se había metido. ¡Qué razón había tenido Sol Goldfarb acerca de Richard! Ojalá le hubiera hecho caso, se repetía a sí misma una y otra vez.
Barbara fue al banco, retiró todos sus ahorros y se marchó, se fue de la ciudad sin decir nada a Richard. Acudió a la única persona del mundo que la entendería, que la protegería, que la quería pasara lo que pasara y que no la condenaría en ningún caso: a su padre, Albert Pedrici. El señor Pedrici vivía en Miami Beach, y cuando Barbara se subió al avión, cuando el avión salió a la pista y despegó, ella se sintió como si estuviera dejando atrás un mal sueño, una pesadilla. Poco se figuraba que en realidad volaba hacia la pesadilla en la que se iba a convertir su vida.
19
Al Pedrici era un veneciano alto, apuesto, que amaba la vida y sabía gozar de ella. Tenía facilidad para reírse, para hacer amigos, era hombre sociable por naturaleza: todo lo contrario que la madre de Barbara. El padre de Albert había llegado a los Estados Unidos pasando por la isla de Ellis en 1906 y se había comprado una casa en la población de mayoría italiana de Hoboken, en la misma manzana donde vivían los Sinatra. Los Pedrici abrieron una tiendecita de alimentación en Hoboken y la familia salió adelante bien sin que les faltara nunca de nada. Albert conoció a la madre de Barbara cuando él tenía veintidós años y ella diecinueve. Fue como un amor a primera vista que los condujo a un matrimonio mal conjuntado y que no dio resultado. Albert y Genevieve se divorciaron cuando Barbara tenía dos años.
Durante su infancia, Barbara veía a su padre tanto como se lo permitían las circunstancias. Albert daba a Barbara todos los caprichos. Lo único que tenía que hacer ella era señalar una cosa, y ya era suya. La mimaba. Barbara estaba mucho más unida a su padre que a su madre, a pesar de vivir lejos de aquel; aun cuando su padre se fue a vivir a Miami, hablaban por teléfono con frecuencia, se escribían largas cartas. A Albert le encantaba vivir en Miami, el buen tiempo, el sol radiante, estar cerca del mar, la vida nocturna animada de la ciudad. Hacía mucha vida social con su segunda esposa, Natalie: iban a fiestas y a clubes por todo Miami. A Albert le gustaba bailar, y la pareja solía salir casi todos los fines de semana a «mover el esqueleto», como le gustaba decir a Albert.
Cuando Richard se enteró de que Barbara había huido de Nueva Jersey, se puso fuera de sí. Preguntaba constantemente a Genevieve y a la Nana Carmella adonde había ido Barbara. Ellas no querían decirselo. Richard estaba obsesionado. Volvía una y otra vez a la casa. No las dejaba en paz. No se ponía agresivo, ni grosero ni amenazador, pero Genevieve percibía que muy bien podía ponerse violento. Violentísimo. Había oído a Sadie y a Arnold contar algunas cosas sobre su violencia A pesar de todo, Genevieve dijo a Richard con toda claridad que se olvidase de Barbara, que siguiera con su vida, que se buscase una buena chica polaca de su edad.
– Usted no lo entiende -dijo él, sacudiendo la cabeza con desánimo-. Yo quiero a Barbara, la quiero con todo mi corazón. Nunca… nunca había querido a nadie como quiero a Barbara…
– Richard -le interrumpió Genevieve-, eres un hombre casado.
– Me voy a divorciar. Esa mujer, ese matrimonio, no han significado nunca nada para mí.
– Ya hace meses que lo dices, y no te has divorciado todavía. ¿A qué se debe eso?
– Yo… he tenido una racha de mala suerte. Necesito dinero para el abogado. Ya he hablado con él, es un abogado de Hoboken y no va a hacer nada mientras no le pague. Linda, mi ex, no significa nada para mí. La conocí cuando era muy joven. Nunca la quise. Los niños vinieron porque sí. Yo no quería, sabe usted, establecer un hogar, nada de eso. Barbara espera un hijo mío. Quiero casarme con ella. Desde la primera vez que salí con Barbara quise casarme con ella y fundar una familia con ella… lo juro. Barbara es una mujer de categoría. No había conocido a nadie como ella.
Hubo una larga pausa. Por fin, Genevieve dijo:
– Si te doy el dinero para el abogado de Hoboken, ¿te divorciarás?
– Inmediatamente, mañana mismo.
– ¿Lo prometes?
– ¡Por mi vida!
Genevieve lo miró larga y fijamente. Era un hombre muy apuesto. De hecho, Richard la había engatusado. Cuando quería, podía ser encantador… hasta llegar a encandilar a la gente.
– ¿Cuánto? -le preguntó.
– Mil -dijo él.
– Vuelve mañana y te lo daré -dijo ella.
– ¡No puede ser! ¿De verdad?
– Sí. De verdad. Yo no haría bromas con una cosa así.
Richard tomó en brazos a Genevieve levantándola como una muñeca, y la abrazó con tal fuerza que estuvo a punto de romperle las costillas.
– Entonces, ¿me dirá dónde está ella? -le preguntó, esperanzado.