El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia
- Автор: Carlo Philip
- Язык: испанский
- Жанр: Другие документальные фильмы
Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:
Aquel fue el peor día de mi vida, recordaba ella hace poco. Ahora que lo recuerdo, pienso que debería haberme tirado al mar y haberme ahogado, antes que casarme con Richard. Pero me casé con él, y mi suerte quedó echada.
Una noche, después de cenar, Richard vio que su nueva esposa se estaba fumando un cigarrillo, y tuvo una reacción desproporcionada: le arrancó el cigarrillo de la mano y lo aplastó con el pie.
– Si quiero fumar, fumaré -dijo Barbara, molesta.
La respuesta de Richard fue pisarle el pie derecho, cargando todo su peso y retorciendo, con lo que le rompió el dedo gordo del pie.
– ¿Estás loco? -preguntó ella haciendo un gesto de dolor-. ¿Qué le pasa?
– No vas a fumar -dijo él-. ¡Harás lo que yo te diga!
Y aquella noche Richard ni siquiera permitió a Barbara que se acostara. Le obligó a pasarse toda la noche sentada en un taburete gris de metal en el patio cubierto.
– Si te mueves de ahí, mataré a tu padre delante de ti -le dijo con una seriedad mortal; y dejó allí a Barbara.
Barbara, convencida de que Richard mataría de verdad a su padre, se pasó sentada en ese duro taburete de metal toda la maldita noche, como lo cuenta ella. La temperatura cayó bruscamente, como era habitual, y Barbara tenía tanto frío que empezó a temblar. Sin duda, debía haber acudido corriendo a la Policía, debía haber contado lo que había hecho Richard, lo que le estaba obligando a hacer; pero tenía tanto miedo por su padre que se pasó allí toda la noche, temblando y helándose, maldiciendo en silencio el cielo y la tierra, y a su madre, por haber dicho a Richard dónde estaba ella.
Barbara perdió al niño algunos días más tarde. Estaba segura de que la causa había sido lo que le había obligado a hacer Richard. Cualquier afecto que hubiera sentido alguna vez Barbara hacia Richard estaba siendo sustituido inevitablemente por otro sentimiento muy distinto: por el odio.
20
El 15 de octubre de 1962 Barbara y Richard Kuklinski regresaron a Nueva Jersey. Era una noche de frío terrible. El tío Arnold los fue a recibir al aeropuerto, lleno de sonrisas, abrazos y besos. Barbara se alegró mucho de ver a su tío y de haber vuelto a su casa. Cuando Barbara vio a la Nana Carmella, las dos lloraron de alegría y se dieron un abrazo larguísimo. Ahora que Barbara y Richard estaban casados, la familia estaba dispuesta a aceptarlo a él, para bien o para mal. El sueño de Richard de hacer de la familia de Barbara su propia familia se había hecho realidad. Era lo que había querido, y era lo que había conseguido. Al ver que los recién casados tenían poco dinero y no tenían donde vivir, Genevieve los invitó generosamente a alojarse con Nana y con ella hasta que «fueran saliendo adelante». Richard se había tomado muy en serio la tarea de hacer que su matrimonio con Barbara funcionara. Había jurado no volver a beber licores ni a jugar, y guardaba su palabra… en general. Barbara seguía sin tener una idea clara de lo implicado que había estado Richard en crímenes, en asesinatos, y Richard sabía que si quería tomarse en serio el matrimonio y tener una familia con Barbara, tendría que renunciar a todo aquello. Tenía que ser formal. Tenía que convertirme en un obrerete, en un hombre honrado, dice.
Como Richard no tenía estudios ni conocimientos especiales, sus oportunidades de encontrar trabajo estaban bastante limitadas. Pero Armond, el tío de Barbara, consiguió encontrarle un puesto de trabajo en los laboratorios cinematográficos 20th Century Deluxe, en la Octava Avenida, en Manhattan. A Richard no le gustaba tener que ir a la ciudad todos los días, pero tomaba obedientemente el autobús llevándose en una bolsa de papel de estraza el almuerzo que le había preparado Barbara. El trabajo consistía en mover y almacenar cajas y grandes rollos de película, en hacer recados y en recoger y tirar los trozos de película descartados. Estaba empezando por lo más bajo del escalafón. Los laboratorios cinematográficos 20th Century Deluxe producían copias de películas a partir de copias maestras, para distribuirlas por los cines de todo el país. Richard aprendía pronto, siempre estaba buscando nuevas oportunidades y estaba deseoso de subir en la empresa, de modo que empezó a fijarse bien en cómo hacían las copias los operadores con las máquinas. Había un operador con pelo de remolacha llamado Tommy Thomas que enseñó pacientemente el proceso a Richard, paso a paso. Al cabo de pocos meses, Richard empezó a trabajar de operador. Le subieron el sueldo, y empezó a ganar noventa dólares por semana. El trabajo empezaba a gustarle, y no tardó en encontrar el modo de ganarse algún dinero más haciendo copias piratas y vendiéndolas en el mercado negro. Los laboratorios hacían todas las copias de las copias maestras de Disney para la Costa Este, y Richard empezó a sacar copias piratas de La Cenicienta, Bambi y Pinocho, para las que siempre había un buen mercado. Estaban en primavera, y Richard convirtió en todo un negocio el pirateo de los dibujos animados de la Disney.
Richard y la madre de Barbara no se llevaban bien. A ella no le gustaba el modo en que él trataba a Barbara. Pero Richard sí apreciaba a Carmella: era difícil no apreciarla, con su bondad, su tolerancia y su enorme generosidad.
Parecía que el tiempo volaba. Volvieron a llegar las Navidades, y a Richard le encantó sentarse a la mesa de Navidad, llena de alegres adornos, esta vez en calidad de marido de Barbara. Orgulloso y satisfecho, comía, bebía, reía, e incluso cantaba con el resto de la familia. Era uno más.
En cuanto al amor, Richard no se cansaba de Barbara. La pareja no usaba anticonceptivos de ningún tipo, y Barbara no tardó en quedarse embarazada otra vez. Pero perdió también este hijo, tuvo un aborto por causas naturales. Los médicos le dijeron que tenía muy débiles los músculos del canal vaginal, y que los músculos no apoyaban debidamente el feto; era un problema que no había tenido ninguna otra mujer de la familia. Pero tanto Barbara como Richard querían tener hijos, familia propia, y se pusieron enseguida a buscarlos de nuevo.
Richard no tenía ningún reparo en pegar a Barbara delante de la Nana o de Genevieve. A él le parecía que aquello era normal, que un hombre pegara a su mujer, que la dominara físicamente a voluntad. Era lo único que había conocido en su vida, y daba bofetadas y empujones a Barbara delante de su madre.
– ¡Richard! ¡No hagas eso! -le reñía Genevieve; pero a él le traía sin cuidado. Una vez hasta llegó a arrojar un cojín a Genevieve y a decirle que no se metiera en sus asuntos.
La pareja alquiló un apartamento pequeño en el oeste de Nueva York. El poco dinero que tenían ahorrado se acabó rápidamente. A Richard no le gustaba nada estar en la ruina, tener que renunciar a cosas que deseaba: muebles, ropa, un coche nuevo, un televisor más grande, un equipo de música. Aquello le recordaba la pobreza agobiante y los sacrificios de su infancia. Estaba deprimido, de mal humor y lleno de mal genio, y lo descargaba en Barbara, que había llegado a considerar sus malos tratos como una parte integral, aunque retorcida, de su matrimonio, y aprendió a aceptarlos con estoicismo. Pero Barbara se iba distanciando de Richard cada vez más. A veces se sentía más como una cautiva suya que como su esposa, y, sorprendentemente, solía plantarle cara, le replicaba, estaba en desacuerdo con él, lo fustigaba con su ingenio agudo y cortante, lo que solo servía para alimentar la ira de él. Barbara siempre había sido una persona franca e independiente con bastante personalidad, y el gigantón de su marido no le iba a despojar de aquello. Le rompió la nariz por fumar; le rompió unas costillas por no untarle la mantequilla de cacahuete en el emparedado como le gustaba a él; le ponía los ojos negros a golpes; pero ella le plantaba cara, tenía un valor impresionante si se tiene en cuenta el tamaño de Richard y su fuerza casi sobrehumana. La fuerza de Richard asombraba constantemente a Barbara: era capaz de subir a cuestas una nevera, una cocina, una pila de porcelana, hasta el segundo piso del bloque de apartamentos, él solo, como sin nada.