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MI CONFESION CARLOS CASTAÑO revela sus secretos

Электронная книга - «MI CONFESION CARLOS CASTAÑO revela sus secretos». Краткое содержание книги:

Este libro es algo más que las confesiones de Carlos Castaño, uno de los principales actores de la guerra colombiana hasta su misteriosa desaparición, en abril de 2004. El testimonio de este criminal de guerra es un reflejo de la descomposición de la sociedad colombiana, de la suciedad de un conflicto armado que hace años dejó de ser ideológico. Un documento periodístico que ayuda a conocer mejor a una persona que, desafortunadamente, influyó de manera decisiva en la Colombia actual y que ha sido uno de los protagonistas de los episodios más trágicos de las dos últimas décadas. Contribuye también, a comprender que las Autodefensas Unidas de Colombia no son los hijos díscolos del gobierno de turno y de los militares, sino que funcionan de manera autónoma, aunque con frecuencia las autoridades no las han combatido, se han beneficiado de sus actuaciones e inlcuso les han facilitado la comisión de actos ilegales.
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-��A qu� l�deres de izquierda admira usted?

-�A los sindicalistas que defienden los derechos del obrero, a los personajes l�deres de los movimientos de izquierda como Luis Eduardo Garz�n y Angelino Garz�n, a quienes siempre he respetado. Lament� que falleciera Bernardo Jaramillo Ossa, quien nunca debi� morir. Tampoco se atent� contra hombres como Julio Roberto G�mez, un sindicalista moderado. Muchos hombres del partido comunista nunca fueron objetivo militar nuestro, Gilberto Vieira y Gerardo Molina, los fundadores del PC en Colombia. Respetamos tambi�n a Hern�n Motta Motta, senador de izquierda, quien llevaba mensajes de las FARC al Gobierno, pero en un tono conciliador; fue un hombre moderado y decente, se mantuvo dentro de su ideolog�a. Carlos Romero fue otra persona a quien le reconocimos su tendencia pol�tica, porque nunca fue guerrillero; era un hombre de izquierda, cosa muy distinta.

Como �stos, se dieron muchos casos en la lucha antisubersiva urbana, pero, vuelvo y repito, a m� no me queda la menor duda de que m�s del cincuenta por ciento de los pol�ticos de la Uni�n Patri�tica los mat� �El Mexicano� en una guerra por coca�na con las FARC.

-�Pero con todas esas �ejecuciones extrajudiciales�, �no cometi� usted cr�menes injustificables? Usted no es juez para decretar la pena de muerte -observ�.

-�Ejecutar a un hombre es un crimen. Yo s�lo justifico la muerte de un ser humano en casos extremos de leg�tima defensa, pero cuando se est� en la guerra, es otra cosa. En una guerra irregular como la que nos toc� vivir, es injustificable. Lo �nico que me deja tranquilo es que esta guerra no la comenc� yo; somos efecto, no causa. En la mayor�a de los casos se analizaron dos fuentes no conexas, pruebas, grabaciones y documentos que nos permit�a tomar la decisi�n. Eso no quiere decir que en los comienzos de la lucha antisubversiva pude haber cometido graves errores con terceros y conmigo mismo.

-��Era consciente de las consecuencias que esto le traer�a a usted?

-�No. Despu�s del secuestro y muerte de mi padre, yo a�n era un ni�o y estaba enceguecido por el odio, la rabia y el deseo de venganza. Quiz� el error m�s grande de mi vida fue que avanc� sin ser previsivo y nunca tuve un terreno allanado al que yo pudiera retornar. Sin darme cuenta, poco a poco fui pasando una frontera de no retorno a la normalidad, hasta que llegue el fin de la guerra.

Pero sigo teniendo un sentimiento antisubversivo irrenunciable. Lo que pasa es que uno va cometiendo errores y esos excesos quedan temporalmente sumergidos. Pero el hecho de que est�n ocultos no lo exime de tener un compromiso m�s adelante con su enemigos irregulares o con la justicia, espero que no sea frente a la justicia de la subversi�n institucionalizada; por eso prefiero la justicia internacional, ella podr�a entender objetivamente mi tragedia. El punto de no retorno nunca es f�cil percibirlo. Eso es lo que m�s le recalco hoy en d�a a la nueva generaci�n de comandantes y combatientes en la Autodefensa. Les hago ver hasta d�nde puede uno dejar avanzar el odio, porque pelear con odio s�lo conduce a cometer errores. A nuestras filas ingresan muchachos que por convicci�n son antisubversivos, pero otros vienen porque han sido v�ctimas de los excesos de la guerrilla y su odio es inmenso. �sta es la triste historia del odio que gener� el odio.

En medio de la entrevista con Casta�o, el comandante �Alem�n� se levant� de la mesa y conversaba en voz baja con varios hombres de la escolta, y por radiotel�fono recib�a mensajes. Casta�o detuvo la conversaci�n y pregunt� en voz alta:

-��Qu� pasa, �Alemancito�?

-�Tenemos un enfrentamiento cerca, comandante.

-��D�nde? -pregunt� Casta�o, mientras se paraba de la mesa para acercarse al �Alem�n�.

Sin ning�n asomo de intranquilidad, Carlos Casta�o se acerc� y nos dijo:

-�Se�ores, lo m�s seguro es que nos tengamos que separar; lamentablemente, no vamos a poder dormir aqu� esta noche. Creo que lo mejor es que usted regrese a Monter�a, porque yo me voy a enmara�ar y nos espera una buena caminada. Es posible que me desplace hasta un campamento que tengo selva adentro, en el Nudo de Paramillo, donde pienso estar unos ocho d�as. Pero antes quiero que nos veamos con Adolfo Paz, �Don Berna�, mi fiel amigo y compa�ero de Causa y en la guerra contra Pablo Escobar. Adolfo, mi hermano Fidel y yo conformamos la direcci�n del grupo los PEPES, los perseguidos por Pablo Escobar. Ma�ana buscamos la forma de reencontrarnos. Creo que va muy bien acompa�ado por el doctor Ernesto y �Monse�or�, son muy buenos conversadores.

Mientras pas�bamos los maletines de una camioneta a otra, Carlos Casta�o alcanz� a cambiarse de ropa, un blue jean ancho y unas botas pantaneras de caucho, que le llegaban a la rodilla. Antes de salir comenz� a llover nuevamente y la temperatura daba la sensaci�n de subir, pero no, s�lo la humedad incrementaba.

El viaje fue lento porque la v�a parec�a un jab�n sacado de una tina. La camioneta se deslizaba y se enterraba a su antojo en el fangal, mientras el conductor giraba r�pidamente la direcci�n hacia el lado contrario de donde se precipitara el carro.

Con pantano hasta en las orejas, dejamos a Ernesto B�ez en una finca cercana, eran las tres de la ma�ana. Casi no abren el hotel. Llegamos a Monter�a y el recepcionista sali� en piyama. Dorm� tranquilamente hasta el medio d�a, cuando me visit� un enviado de Casta�o. Al bajar a la recepci�n, alcanc� a ver una camioneta que me conducir�a hasta la finca �Cocuelo�. Llegu� a la solitaria casa de una sola planta, similar a las anteriores, me ubiqu� en el kiosco y despu�s del almuerzo vino una corta espera. Escoltado por dos camionetas con veinte hombres, reapareci� Casta�o.

VII. LA GUERRA CONTRA PABLO ESCOBAR

El d�a que Pablo Escobar orden� mi muerte, sal� ileso del atentado y horas m�s tarde redact� dos cartas. Una a mi hermano, en la que le cont� lo sucedido, y otra a Escobar, donde le escrib� algo que nadie se atrev�a a decirle:

Antioquia, 1 de enero de 1992

Pablo:

Mientras le he servido en lo que creo debo hacer, seg�n mi criterio, usted intent� matarme a traici�n. No se extra�e si ma�ana lo entrega su esposa o cualquier miembro de su familia, cuando descubran que no es un ser humano sino una bestia traicionera lo que tienen en la casa.

Carlos Casta�o Gil.

Esta carta le lleg� a Escobar y se encoleriz�. �Ese hombre era un alacr�n! Pero las guerras son as�, primero hay que sacarle la rabia al enemigo para descomponerlo. Mientras m�s pantera negra se crea y m�s intimide, m�s duro hay que tratarlo.

Alguna vez le o� decir a Pablo: �Cuando un tipo no se deja ver y hay que �bajarlo�, no le mande un �combo�, m�ndele dos o tres��. Escobar intent� matarme con tres �combos� integrados cada uno por dos sicarios, en total seis hombres armados.

Al comenzar el d�a me dirig�a hacia Medell�n y al aproximarme al peaje de Yarumal, en un campero Mistsubshi con mi esposa y mi hija, reduje la velocidad. A unos cien metros, un taxi Renault 9 que se encontraba estacionado en la berma aceler� de manera abrupta y se hizo adelante de nosotros. Me pareci� un poco raro, lo confieso, pero a m� todo en la vida me ha parecido raro. No me gust� mucho, por eso merm� un poco la velocidad de manera desprevenida. Soy excesivamente precavido y desconfiado, por eso detall� que el taxi lo manejaba un muchacho sin camisa, acompa�ado por otro joven, y parec�a no haber nadie en la silla trasera. De repente, se levant� un hombre en la silla trasera, mir� hacia mi carro y volvi� a esconderse. Esto sucedi� en segundos y me pareci� ver que el de adelante le dijo al que se par�: �M�ralo�.

Ellos pasaron r�pidamente el peaje, mientras yo prefer� hacerlo despacio, con toda la precauci�n del caso. El taxi, de manera extra�a, no se adelant�, se detuvo en el carril izquierdo, por donde ven�an los carros en sentido contrario, pero dejaba un espacio libre en la calzada.

De inmediato le dije a mi esposa: �Esto est� muy raro. No voy a pasar por el carril derecho�. Aceler� el carro al m�ximo y me col� r�pidamente por el peque�o espacio que hab�an dejado al lado izquierdo, el campero alcanz� hasta patinar cuando pas� por la berma y por alg�n cascajo que hab�a all� regado. Yo no mir�, y cuando el veloc�metro subi� a cien kil�metros por hora, le pregunt� a mi esposa: �Usted vio lo que pas�? Ella me contest�: �S�, fue muy raro�. �Qu� reacci�n tuvieron cuando me les pas� por el lado contrario? �Todos nos miraron, los tres que estaban en el taxi�, contest�.

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