MI CONFESION CARLOS CASTAÑO revela sus secretos
- Автор: MOLINA MAURICIO ARANGUREN
- Язык: испанский
- Жанр: Биографии и мемуары
Электронная книга - «MI CONFESION CARLOS CASTAÑO revela sus secretos». Краткое содержание книги:
-��A qu� l�deres de izquierda admira usted?
-�A los sindicalistas que defienden los derechos del obrero, a los personajes l�deres de los movimientos de izquierda como Luis Eduardo Garz�n y Angelino Garz�n, a quienes siempre he respetado. Lament� que falleciera Bernardo Jaramillo Ossa, quien nunca debi� morir. Tampoco se atent� contra hombres como Julio Roberto G�mez, un sindicalista moderado. Muchos hombres del partido comunista nunca fueron objetivo militar nuestro, Gilberto Vieira y Gerardo Molina, los fundadores del PC en Colombia. Respetamos tambi�n a Hern�n Motta Motta, senador de izquierda, quien llevaba mensajes de las FARC al Gobierno, pero en un tono conciliador; fue un hombre moderado y decente, se mantuvo dentro de su ideolog�a. Carlos Romero fue otra persona a quien le reconocimos su tendencia pol�tica, porque nunca fue guerrillero; era un hombre de izquierda, cosa muy distinta.
Como �stos, se dieron muchos casos en la lucha antisubersiva urbana, pero, vuelvo y repito, a m� no me queda la menor duda de que m�s del cincuenta por ciento de los pol�ticos de la Uni�n Patri�tica los mat� �El Mexicano� en una guerra por coca�na con las FARC.
-�Pero con todas esas �ejecuciones extrajudiciales�, �no cometi� usted cr�menes injustificables? Usted no es juez para decretar la pena de muerte -observ�.
-�Ejecutar a un hombre es un crimen. Yo s�lo justifico la muerte de un ser humano en casos extremos de leg�tima defensa, pero cuando se est� en la guerra, es otra cosa. En una guerra irregular como la que nos toc� vivir, es injustificable. Lo �nico que me deja tranquilo es que esta guerra no la comenc� yo; somos efecto, no causa. En la mayor�a de los casos se analizaron dos fuentes no conexas, pruebas, grabaciones y documentos que nos permit�a tomar la decisi�n. Eso no quiere decir que en los comienzos de la lucha antisubversiva pude haber cometido graves errores con terceros y conmigo mismo.
-��Era consciente de las consecuencias que esto le traer�a a usted?
-�No. Despu�s del secuestro y muerte de mi padre, yo a�n era un ni�o y estaba enceguecido por el odio, la rabia y el deseo de venganza. Quiz� el error m�s grande de mi vida fue que avanc� sin ser previsivo y nunca tuve un terreno allanado al que yo pudiera retornar. Sin darme cuenta, poco a poco fui pasando una frontera de no retorno a la normalidad, hasta que llegue el fin de la guerra.
Pero sigo teniendo un sentimiento antisubversivo irrenunciable. Lo que pasa es que uno va cometiendo errores y esos excesos quedan temporalmente sumergidos. Pero el hecho de que est�n ocultos no lo exime de tener un compromiso m�s adelante con su enemigos irregulares o con la justicia, espero que no sea frente a la justicia de la subversi�n institucionalizada; por eso prefiero la justicia internacional, ella podr�a entender objetivamente mi tragedia. El punto de no retorno nunca es f�cil percibirlo. Eso es lo que m�s le recalco hoy en d�a a la nueva generaci�n de comandantes y combatientes en la Autodefensa. Les hago ver hasta d�nde puede uno dejar avanzar el odio, porque pelear con odio s�lo conduce a cometer errores. A nuestras filas ingresan muchachos que por convicci�n son antisubversivos, pero otros vienen porque han sido v�ctimas de los excesos de la guerrilla y su odio es inmenso. �sta es la triste historia del odio que gener� el odio.
En medio de la entrevista con Casta�o, el comandante �Alem�n� se levant� de la mesa y conversaba en voz baja con varios hombres de la escolta, y por radiotel�fono recib�a mensajes. Casta�o detuvo la conversaci�n y pregunt� en voz alta:
-��Qu� pasa, �Alemancito�?
-�Tenemos un enfrentamiento cerca, comandante.
-��D�nde? -pregunt� Casta�o, mientras se paraba de la mesa para acercarse al �Alem�n�.
Sin ning�n asomo de intranquilidad, Carlos Casta�o se acerc� y nos dijo:
-�Se�ores, lo m�s seguro es que nos tengamos que separar; lamentablemente, no vamos a poder dormir aqu� esta noche. Creo que lo mejor es que usted regrese a Monter�a, porque yo me voy a enmara�ar y nos espera una buena caminada. Es posible que me desplace hasta un campamento que tengo selva adentro, en el Nudo de Paramillo, donde pienso estar unos ocho d�as. Pero antes quiero que nos veamos con Adolfo Paz, �Don Berna�, mi fiel amigo y compa�ero de Causa y en la guerra contra Pablo Escobar. Adolfo, mi hermano Fidel y yo conformamos la direcci�n del grupo los PEPES, los perseguidos por Pablo Escobar. Ma�ana buscamos la forma de reencontrarnos. Creo que va muy bien acompa�ado por el doctor Ernesto y �Monse�or�, son muy buenos conversadores.
Mientras pas�bamos los maletines de una camioneta a otra, Carlos Casta�o alcanz� a cambiarse de ropa, un blue jean ancho y unas botas pantaneras de caucho, que le llegaban a la rodilla. Antes de salir comenz� a llover nuevamente y la temperatura daba la sensaci�n de subir, pero no, s�lo la humedad incrementaba.
El viaje fue lento porque la v�a parec�a un jab�n sacado de una tina. La camioneta se deslizaba y se enterraba a su antojo en el fangal, mientras el conductor giraba r�pidamente la direcci�n hacia el lado contrario de donde se precipitara el carro.
Con pantano hasta en las orejas, dejamos a Ernesto B�ez en una finca cercana, eran las tres de la ma�ana. Casi no abren el hotel. Llegamos a Monter�a y el recepcionista sali� en piyama. Dorm� tranquilamente hasta el medio d�a, cuando me visit� un enviado de Casta�o. Al bajar a la recepci�n, alcanc� a ver una camioneta que me conducir�a hasta la finca �Cocuelo�. Llegu� a la solitaria casa de una sola planta, similar a las anteriores, me ubiqu� en el kiosco y despu�s del almuerzo vino una corta espera. Escoltado por dos camionetas con veinte hombres, reapareci� Casta�o.
VII. LA GUERRA CONTRA PABLO ESCOBAR
El d�a que Pablo Escobar orden� mi muerte, sal� ileso del atentado y horas m�s tarde redact� dos cartas. Una a mi hermano, en la que le cont� lo sucedido, y otra a Escobar, donde le escrib� algo que nadie se atrev�a a decirle:
Antioquia, 1 de enero de 1992
Pablo:
Mientras le he servido en lo que creo debo hacer, seg�n mi criterio, usted intent� matarme a traici�n. No se extra�e si ma�ana lo entrega su esposa o cualquier miembro de su familia, cuando descubran que no es un ser humano sino una bestia traicionera lo que tienen en la casa.
Carlos Casta�o Gil.
Esta carta le lleg� a Escobar y se encoleriz�. �Ese hombre era un alacr�n! Pero las guerras son as�, primero hay que sacarle la rabia al enemigo para descomponerlo. Mientras m�s pantera negra se crea y m�s intimide, m�s duro hay que tratarlo.
Alguna vez le o� decir a Pablo: �Cuando un tipo no se deja ver y hay que �bajarlo�, no le mande un �combo�, m�ndele dos o tres��. Escobar intent� matarme con tres �combos� integrados cada uno por dos sicarios, en total seis hombres armados.
Al comenzar el d�a me dirig�a hacia Medell�n y al aproximarme al peaje de Yarumal, en un campero Mistsubshi con mi esposa y mi hija, reduje la velocidad. A unos cien metros, un taxi Renault 9 que se encontraba estacionado en la berma aceler� de manera abrupta y se hizo adelante de nosotros. Me pareci� un poco raro, lo confieso, pero a m� todo en la vida me ha parecido raro. No me gust� mucho, por eso merm� un poco la velocidad de manera desprevenida. Soy excesivamente precavido y desconfiado, por eso detall� que el taxi lo manejaba un muchacho sin camisa, acompa�ado por otro joven, y parec�a no haber nadie en la silla trasera. De repente, se levant� un hombre en la silla trasera, mir� hacia mi carro y volvi� a esconderse. Esto sucedi� en segundos y me pareci� ver que el de adelante le dijo al que se par�: �M�ralo�.
Ellos pasaron r�pidamente el peaje, mientras yo prefer� hacerlo despacio, con toda la precauci�n del caso. El taxi, de manera extra�a, no se adelant�, se detuvo en el carril izquierdo, por donde ven�an los carros en sentido contrario, pero dejaba un espacio libre en la calzada.
De inmediato le dije a mi esposa: �Esto est� muy raro. No voy a pasar por el carril derecho�. Aceler� el carro al m�ximo y me col� r�pidamente por el peque�o espacio que hab�an dejado al lado izquierdo, el campero alcanz� hasta patinar cuando pas� por la berma y por alg�n cascajo que hab�a all� regado. Yo no mir�, y cuando el veloc�metro subi� a cien kil�metros por hora, le pregunt� a mi esposa: �Usted vio lo que pas�? Ella me contest�: �S�, fue muy raro�. �Qu� reacci�n tuvieron cuando me les pas� por el lado contrario? �Todos nos miraron, los tres que estaban en el taxi�, contest�.