La Casa De Riverton
- Автор: Morton Kate
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Casa De Riverton». Краткое содержание книги:
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.
Una tarde, a finales de noviembre, cuando subí a lavar los manteles más delicados para la cena de Navidad, Emmeline entró en el lavadero. Se detuvo un momento, recorrió la habitación con la mirada, y luego fue hacia el armario de las sábanas. Abrió la puerta y el halo de luz que proyectaba su vela se reflejó en el suelo.
– Ja, ja -proclamó triunfante-. Sabía que estarías aquí.
Mostró las manos y estiró los dedos para dejar a la vista dos blancos y pegajosos bastones de caramelo.
– De parte de la señora Townsend.
Un largo brazo apareció desde el oscuro interior del armario y se replegó después de tomar su bastón.
Emmeline lamió su pegajoso regalo.
– Estoy aburrida. ¿Qué estás haciendo?
– Estoy leyendo -fue la respuesta. Silencio.
Emmeline miró dentro del armario y arrugó la nariz.
– La guerra de los mundos. ¿Otra vez?
No hubo respuesta.
Emmeline dio un largo y abstraído lametazo a su caramelo, lo observó desde todos los ángulos y quitó una hebra de algodón que se había adherido.
– Eh -exclamó de pronto-, cuando David llegue podríamos ir a Marte.
Silencio.
– Habrá marcianos buenos y malos y peligros inesperados.
Como todas las hermanas menores, Emmeline se había especializado en detectar las predilecciones de sus hermanos. No necesitaba mirarlos para saber que había dado en el blanco.
– Lo someteremos a la decisión del consejo -se oyó decir desde el armario.
Emmeline chilló emocionada, unió sus pegajosas manos y alzó su pie calzado con botas para entrar en el armario.
– ¿Y podemos decirle a David que fue idea mía?
– Cuidado, la vela está encendida.
– Puedo pintar el mapa de rojo en lugar de verde. ¿Es verdad que en Marte los árboles son rojos?
– Por supuesto que lo son. También el agua, el suelo, los canales y los cráteres.
– ¿Cráteres?
– Agujeros grandes, profundos y oscuros donde los marcianos guardan a sus niños. -Desde el interior del armario surgió una mano que comenzó a cerrar la puerta.
– ¿Son como pozos? -preguntó Emmeline.
– Pero más profundos y más oscuros.
– ¿Por qué guardan allí a los niños?
– Para que nadie vea los horrendos experimentos que han realizado con ellos.
– ¿Qué clase de experimentos? -inquirió Emmeline con un hilo de voz.
– Ya lo descubrirás -respondió Hannah-. Si David llega alguna vez.
Abajo, como siempre, nuestras vidas reflejaban como un turbio espejo las de quienes vivían arriba. Una noche, cuando todos los habitantes de la casa ya se habían ido a dormir, los sirvientes nos reunimos junto al fuego que ardía vigorosamente en nuestra salita. El señor Hamilton y la señora Townsend, como los topes que sujetan los libros en un estante, se sentaron en los extremos. Myra, Katie y yo nos agrupamos en el medio, en las sillas donde nos sentábamos a cenar, mirando con ojos bizcos las bufandas que tejíamos a la centelleante luz del fuego. Un viento frío azotaba los cristales de la ventana, provocando con sus ráfagas indómitas que los tarros de conservas de la señora Townsend temblaran en el estante de la cocina.
El señor Hamilton meneó la cabeza y apartó The Times. Se quitó las gafas y se frotó los ojos.
– ¿Siguen las malas noticias? -preguntó la señora Townsend, alzando la vista del menú de Navidad que estaba planificando. El calor del fuego le había enrojecido las mejillas.
– Cada vez peores, señora Townsend. -El señor Hamilton volvió a ponerse las gafas-. Más bajas en Ypres. -Se levantó de la silla y fue hacia la pared en la que había colgado un mapa de Europa, donde se veía una docena de alfileres de colores que representaban distintos ejércitos y campañas. Quitó un alfiler azul de un lugar de Francia y lo reemplazó por uno amarillo-. Esto no me gusta nada -murmuró para sus adentros.
La señora Townsend suspiró.
– Tampoco a mí me gusta nada esto. -Señaló dando golpecitos con el lápiz en el menú-. ¿Cómo se supone que puedo preparar la cena de Navidad para la familia sin manteca, té o siquiera pavo, por mencionar algunos ingredientes?
– ¿No habrá pavo, señora Townsend? -intervino Katie.
– Ni un ala.
– ¿Y qué servirá?
La señora Townsend meneó la cabeza.
– No te alarmes. Algo se me ocurrirá, jovencita. Siempre lo hago, ¿no es cierto?
– Sí, señora Townsend -asintió seriamente Katie-. Ciertamente así es.
La señora Townsend miró hacia abajo, satisfecha. En las palabras de Katie no había ironía. Volvió a prestar atención al menú.
Yo trataba de concentrarme en mi labor pero no logré completar tres filas sin que se soltara algún punto en cada una de ellas. Lo dejé, frustrada, y me puse de pie. Algo había estado rondándome toda la noche. Algo de lo que había sido testigo en el pueblo y que no había logrado comprender.
Me alisé el delantal y me acerqué al señor Hamilton que, según me pareció, ya lo sabía todo.
– ¿Señor Hamilton? -comencé tímidamente.
El se volvió hacia mí. Me observó por encima de sus gafas. Aún sostenía un alfiler azul entre dos uñas puntiagudas.
– ¿Qué sucede, Grace?
Yo volví a mirar hacia el lugar donde los demás estaban entretenidos en una animada conversación.
– Y bien, niña. ¿Te ha comido la lengua el gato?
Carraspeé nerviosa.
– No, señor Hamilton, es sólo que… quería preguntarle algo. Se trata de algo que vi hoy en el pueblo.
– ¿Sí? Habla, niña.
Miré hacia la puerta.
– ¿Dónde está Alfred, señor Hamilton?
Él frunció el ceño.
– Arriba, sirviendo jerez. ¿Por qué? ¿Qué tiene que ver Alfred con todo esto?
– Es sólo que lo vi hoy en el pueblo.
– Sí, le mandé a hacer un recado.
– Lo sé, señor Hamilton, lo vi en McWhirter, cuando salía del almacén. -Apreté los labios. No lograba vencer la enorme reticencia que me impedía continuar-. Le dieron una pluma blanca, señor Hamilton.
– ¿Una pluma blanca?
El señor Hamilton abrió mucho los ojos y su mano bajó lentamente hasta quedar a un lado del cuerpo.
Asentí. Recordé que la conducta de Alfred había cambiado en los últimos tiempos, ya no mostraba esa actitud desenfadada. Ese día, en el pueblo, se quedó azorado con la pluma en la mano, mientras la gente que pasaba a su lado se detenía y susurraba con expresión de complicidad. Alfred había bajado la vista y había salido apresuradamente, encorvado y con la cabeza gacha.
– ¿Una pluma blanca? -Para mi bochorno, el señor Hamilton lo repitió con voz lo suficientemente alta como para llamar la atención de los demás.
– ¿Qué sucede, señor Hamilton? -preguntó la señora Townsend mirando por encima de sus gafas.
Él se pasó la mano por la mejilla y los labios, y meneó incrédulo la cabeza.
– Le han dado una pluma blanca a Alfred.
– ¡No! -La señora Townsend se llevó la mano regordeta a la mejilla-. Es imposible que le dieran una pluma blanca. No a nuestro Alfred -exclamó con voz entrecortada.
– ¿Cómo lo sabe? -preguntó Myra.
– Grace lo ha visto esta mañana en el pueblo -explicó el señor Hamilton.
Asentí. Los latidos de mi corazón comenzaron a acelerarse. Tenía la desagradable sensación de haber abierto una caja de Pandora que contenía el secreto de otra persona y no poder cerrarla.
– Es absurdo -declaró el señor Hamilton, enderezándose el chaleco. Luego regresó a su silla y se acomodó las patillas de las gafas sobre las orejas-. Alfred no es un cobarde. Todos los días contribuye con el país en guerra, ayuda a mantener esta casa en funcionamiento. Tiene un puesto importante en casa de una familia importante.