La Casa De Riverton
- Автор: Morton Kate
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Casa De Riverton». Краткое содержание книги:
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.
– He traído el árbol de Navidad, señor Hamilton.
– Eso está a la vista, pero ¿qué está haciendo usted aquí? -volvió a preguntar, señalando el enorme vestíbulo-. Y aún más importante, qué está haciendo esto aquí. Es enorme -agregó, dirigiendo la mirada al árbol.
– Sí, es una belleza -convino gravemente Dudley, observando el árbol como si mirara a su amada-. Lo he cuidado durante años, me he tomado mi tiempo para dejar que alcanzara todo su esplendor. Ya ha crecido suficiente para esta Navidad -afirmó mirando solemnemente al señor Hamilton-, tal vez un poco de más.
El señor Hamilton se volvió hacia Myra.
– En el nombre de Dios, ¿qué está sucediendo?
Myra tenía los puños crispados a ambos lados del cuerpo, los labios apretados de rabia.
– No cabe, señor Hamilton. Dudley trató de meterlo en el salón, donde siempre ponemos el árbol de Navidad, pero es demasiado alto, mide casi tres palmos más.
– ¿No lo midió? -preguntó el mayordomo al jardinero.
– Oh, sí, señor -repuso Dudley-, pero nunca he sido bueno para el cálculo.
– Entonces, tome su sierra y corte lo que sea necesario, hombre. El señor Dudley meneó la cabeza con tristeza.
– Lo haría, señor, pero me temo que es necesario cortar un buen trozo. El tronco ya no puede ser más corto y no puedo serrar la copa, ¿verdad? ¿Donde pondríamos entonces al hermoso ángel? -preguntó consternado.
Todos permanecimos inmóviles, considerando su argumento. Los segundos transcurrían lentamente en el marmóreo vestíbulo. Sabíamos que la familia haría su aparición de un momento a otro para desayunar. Por fin, el señor Hamilton se pronunció:
– Entonces, supongo que no tiene solución. Podar la copa y dejar al ángel sin colocar no tiene sentido. Por esta vez tendremos que prescindir de la tradición y poner el árbol en la biblioteca.
– ¿En la biblioteca, señor Hamilton? -exclamó Myra.
– Sí, bajo la cúpula de cristal -afirmó-. Donde esté seguro y pueda lucir en todo su esplendor -agregó, lanzando una mirada fulminante a Dudley.
De modo que la mañana del 1 de diciembre de 1915, cuando yo estaba en lo más alto de la biblioteca, limpiando el estante más remoto, predispuesta a pasar una semana quitando el polvo a los libros, un abeto en todo su esplendor se erigió majestuoso en el centro de aquel salón de lectura, con las ramas superiores apuntando en éxtasis hacia el cielo. Yo, que estaba a la altura de su cúspide, percibí el penetrante olor de la resina que impregnaba cálidamente la indolente atmósfera del lugar.
La biblioteca de Riverton se prolongaba largamente hacia lo alto, por encima del propio tejado, y era difícil no distraerse. La reticencia a comenzar el trabajo rápidamente se asociaba a la tendencia de dejar la tarea para más tarde. La visión del salón a mis pies era impresionante. Es una verdad universal que, sin importar lo conocida que sea una escena, al observarla desde arriba se experimenta algo parecido a una revelación. Yo me quedé mirando el panorama, más allá del árbol.
La biblioteca, habitualmente tan enorme e imponente, adquiría el aspecto de una escenografía. Los objetos de costumbre -el gran piano Steinway, el escritorio de cedro, el globo terráqueo de lord Ashbury- se veían repentinamente pequeños, parecían imitaciones de sí mismos, y daban la impresión de haber sido dispuestos para armonizar con un elenco que aún no había hecho su aparición en escena.
Especialmente la zona de lectura parecía anticipar una representación teatral, con el espacio central flanqueado por los sillones -tapizados con bellas telas, diseño de William Morris-, el rectángulo de luz invernal que caía sobre el piano y la alfombra orientaclass="underline" elementos de utilería esperando pacientemente que los actores ocuparan sus lugares. Me preguntaba qué clase de obra se representaría en un escenario como ése. ¿Una comedia, una tragedia, una obra basada en la vida cotidiana?
Podría haber pasado así todo el día, sumida en especulaciones y posponiendo mis obligaciones. Pero una persistente voz interior resonaba en mis oídos. Era la voz del señor Hamilton, recordándome que, como era bien sabido, lord Ashbury solía hacer inspecciones al azar para verificar si en la biblioteca había polvo. De modo que, con gran esfuerzo, abandoné mis pensamientos y tomé el primer libro. Le quité el polvo de la tapa, la contratapa y el lomo, lo dejé nuevamente en su lugar y tomé el siguiente.
A media mañana había terminado de limpiar cinco de los diez estantes superiores y me disponía a comenzar el siguiente. Por fin había llegado a los de la parte inferior donde podría trabajar sentada. Después de quitar el polvo a cientos de libros, mis manos habían adquirido destreza y hacían automáticamente su tarea, lo que fue una bendición, porque mi mente se había entumecido y no era capaz de pensar.
Ya había desempolvado el sexto libro del sexto estante cuando una nota impertinente, aguda y súbita, alteró el silencio de la sala. Involuntariamente giré y miré hacia abajo, más allá del árbol.
De pie junto al piano, un joven al que jamás había visto paseaba silenciosamente sus dedos por las teclas de marfil. Sin embargo, ya entonces sabía quién era: el amigo del amo David, de Eton. El hijo de lord Hunter, que había llegado la noche anterior.
Era bien parecido, algo común en un joven, pero había en él algo más. Hay personas que se caracterizan por los sonidos y movimientos que producen, pero la suya era la belleza de la quietud. Solo en la sala, con los ojos graves y oscuros debajo de las cejas igualmente oscuras, daba la impresión de cargar con un penoso pasado, profundamente doloroso, del que no podía librarse. Era alto y delgado, aunque no tanto como para tener un aspecto desgarbado. El cabello castaño era más largo de lo que dictaba la moda, y algunos mechones le rozaban el cuello y los pómulos.
Lo observé desde mi privilegiada tribuna mientras inspeccionaba la biblioteca, lenta, deliberadamente. Por fin su mirada se posó en una pintura. Un lienzo azul con trazos negros que mostraba la figura agachada de una mujer, con la espalda lucia el artista. La obra estaba colgada, furtivamente, entre dos voluminosos jarrones chinos blancos y azules.
Él avanzó y se quedó ante la pintura para estudiarla de cerca. Su actitud, profundamente absorta, le daba un aspecto fascinante y mi noción de lo correcto no pudo acallar mi curiosidad. Los libros del noveno estante languidecían, con el lomo cubierto del polvo acumulado durante el año, mientras yo lo observaba.
Él se inclinó hacia atrás, casi imperceptiblemente; luego otra vez hacia adelante, totalmente concentrado. Noté que los largos dedos caían a los lados de su cuerpo, inertes.
Aún estaba allí, con la cabeza inclinada hacia un lado, estudiando la pintura, cuando la puerta de la biblioteca se abrió y apareció Hannah, aferrando el arcón chino.
– ¡David, por fin! Hemos tenido la mejor de las ideas. Esta vez podemos ir a…
Hannah interrumpió la frase, sorprendida, cuando Robbie se volvió para mirarla. Lentamente se dibujó en sus labios una sonrisa que lo transformó. Desapareció de su rostro todo atisbo de melancolía. No habría imaginado que eso fuera posible. Libre de su actitud grave, su rostro era infantil, suave, casi bello.
– Perdóname -se excusó Hannah, con las mejillas teñidas de rosa por la sorpresa y salpicadas por hebras de cabello claro que el moño no lograba sujetar-. No sabía que estuvieras aquí -aclaró, dejando el arcón en una esquina del salón mientras se alisaba el delantal blanco.
– Estás perdonada.
Robbie le dedicó una sonrisa, más fugaz que la primera, y volvió a prestar atención a la pintura.
Hannah lo observaba, mientras él permanecía de espaldas a ella. El desconcierto le hacía mover las manos como escurridizas estrellas de mar. Al igual que yo, esperaba que Robbie se volviera hacia ella, la mirara, le tomara la mano y la llamara por su nombre, tan sólo por cortesía.