La sombra de la sirena
- Автор: Лэкберг Камилла
- Серия: Patrik Hedstrom (es) #6
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La sombra de la sirena». Краткое содержание книги:
– ¿Te dio la sensación de que hubiese vivido allí?
– Sí, eso creo. Aunque ya te digo que no lo puedo asegurar.
No era mucho, pero por ahí se podía empezar. Trollhättan.
– ¡Pasa, Christian! -Gaby le dio la bienvenida en la puerta y él entró un poco en guardia a aquel paisaje blanco que era la sede de la editorial. Igual de colorido y extravagante que su jefa, así de refinado y luminoso era el despacho. Y quizá fuera esa la idea, porque constituía un fondo en agudo contraste con Gaby, que resaltaba más aún.
– ¿Café? -Señaló un perchero que había a la izquierda de la puerta y Christian colgó la cazadora.
– Sí, gracias -respondió siguiendo el repiqueteo de los tacones por el largo pasillo. La cocina era tan blanca como el resto del local, pero las tazas que sacó del armario eran rosa chillón y no parecía haber otros colores entre los que elegir.
– ¿Latte? ¿Cappuccino? ¿Espresso? -Gaby señalaba una máquina de café gigante que dominaba la encimera y Christian reflexionó un instante sobre su elección.
– Latte, por favor.
– Pues ahora mismo. -La editora alargó el brazo para coger la taza y empezó a pulsar los botones. Cuando la máquina dejó de resoplar, Gaby le hizo a Christian una señal para que la siguiera.
– Nos sentaremos en mi despacho. Aquí hay demasiado tránsito de gente. -Saludó con indiferencia a una chica de unos treinta años que entró en la cocina. A juzgar por el temor que Christian advirtió en los ojos de la mujer, Gaby ataba corto a sus colaboradores.
– Siéntate. -El despacho de Gaby, contiguo a la cocina, era elegante pero impersonal. Ni fotos familiares ni objetos personales peculiares. Nada que pudiera dar una pista de quién era ella en realidad, lo que, según Christian sospechaba, era precisamente el objetivo.
– ¡Qué bien has estado esta mañana! -dijo sentándose detrás del escritorio con una sonrisa radiante.
Él asintió, aun sabiendo que ella había notado lo nervioso que estaba. Se preguntaba si tendría algún tipo de remordimiento por haberlo expuesto de aquella manera y por haberlo dejado indefenso ante lo que pudiera suceder.
– Tienes tanto carisma. -Gaby mostró una hilera de dientes blancos. Demasiado blancos, blanqueados, seguramente.
Christian apretaba la taza rosa con las manos empapadas de sudor.
– Vamos a intentar colocarte en más sofás de canales de televisión -continuó parloteando la editora-. Con Carin a las 21:30, con Malou en la Cuatro, quizá en alguno de los programas de concurso. Creo que…
– No voy a salir más en la tele.
Gaby se quedó mirándolo perpleja.
– Perdón, he debido de oír mal. ¿Has dicho que no saldrás más en la tele?
– Me has oído perfectamente. Ya has visto lo que ha pasado esta mañana. Y no me expondré a lo mismo otra vez.
– La tele vende. -A Gaby le aleteaban las fosas nasales-. Esos minutos que has salido en la Cuatro esta mañana darán un nuevo impulso a las ventas. -Repiqueteaba nerviosa con aquellas uñas tan largas sobre la mesa.
– Seguro que sí, pero no me importa. No pienso salir más. -Lo decía de verdad. Ni quería ni podía dejarse ver más de lo que ya lo había hecho. Y ya era mucho, suficiente para provocar. Quizá aún podría evitar el destino si lo detenía todo ahora. Ahora.
– Tú y yo colaboramos, y no puedo vender tu libro, hacer que llegue a los lectores, si no colaboras. Y esa colaboración incluye que participes en la comercialización del libro. -Le habló con un tono frío como el hielo.
A Christian le zumbaba la cabeza. Miraba las uñas rosa de Gaby en contraste con la mesa de color claro y se esforzaba por detener el murmullo, que resonaba cada vez con más fuerza. Se rascó briosamente la palma de la mano izquierda. Sentía un hormigueo bajo la piel. Como un eccema invisible que empeoraba con el roce.
– No pienso salir otra vez -repitió. No era capaz de mirarla a los ojos. El nerviosismo que sintió en un principio ante la idea de la reunión se había convertido ya en pánico. No podía obligarlo. ¿O sí podía? ¿Qué decía, en realidad, aquel contrato que él ni siquiera había leído, eufórico como estaba de que hubiesen aceptado su libro?
La voz de Gaby cortó el zumbido como un cuchillo.
– Esperamos que colabores, Christian. Yo espero que lo hagas. -La irritación de la editora alimentaba el hormigueo y el picor interior. Se rascó con más fuerza aún la palma de la mano, hasta que notó que le escocía. Se miró la mano y vio las líneas sanguinolentas que se había hecho con las uñas. Levantó la vista.
– Tengo que irme a casa.
Gaby lo observó con el ceño fruncido.
– Oye, ¿estás bien? -Y más extrañeza aún le causó ver la palma de la mano llena de sangre-. Christian… -Gaby parecía insegura de cómo continuar y él no pudo más. Las voces le resonaban cada vez más alto, con mensajes que él no quería oír. Todos los interrogantes, todos los vínculos, todo se mezcló hasta que lo único de lo que podía ser consciente era del hormigueo bajo la piel.
Se levantó y salió corriendo del despacho.
Patrik miraba el teléfono. El informe completo del cuerpo que habían encontrado bajo el hielo llevaría mucho más tiempo, pero sabía que podría contar en breve con la confirmación de que en verdad se trataba de Magnus Kjellner. Seguramente, el rumor ya habría empezado a circular por Fjällbacka y no quería que Cia lo supiese por otra vía.
Pero el teléfono no había sonado, por ahora.
– ¿Nada? -preguntó Annika asomando la cabeza y mirándolo inquisitiva.
Patrik meneó la cabeza.
– No, pero Pedersen estará a punto de llamar.
– Pues esperemos -dijo Annika y, en el preciso instante en que se daba media vuelta para volver a la recepción, se oyó el timbre. Patrik se abalanzó sobre el auricular.
– Hedström. -Prestó atención y le hizo a Annika una señal. Era Tord Pedersen, del instituto forense-. Sí… Vale… Comprendo… Gracias. -Colgó y respiró aliviado-. Pedersen acaba de confirmarme que se trata de Magnus Kjellner. No puede establecer la causa de la muerte antes de practicarle la autopsia, pero lo que sí puede decir es que Kjellner sufrió agresiones y presenta cortes graves en el cuerpo.
– Pobre Cia.
Patrik asintió. Notaba que le pesaba el corazón en el pecho ante la tarea que tenía por delante. Pese a todo, quería ir a comunicar la noticia personalmente. Se lo debía a Cia, después de todas las veces que había estado en la comisaría, más triste y más consumida cada vez, pero aún abrigando algo parecido a la esperanza. Ya no cabía esperanza alguna y lo único que Patrik podía ofrecerle era la certeza.
– Más vale que vaya y hable con ella de inmediato -dijo poniéndose de pie-. Antes de que se entere por otra vía.
– ¿Vas a ir solo?
– No, le diré a Paula que me acompañe.
Fue a avisar a su colega y dio unos golpecitos en la puerta, que estaba abierta.
– ¿Es él? -Paula fue al grano, como de costumbre.
– Sí. Voy a ir a hablar con su mujer. ¿Me acompañas?
Paula pareció dudar, pero no era de las que rehuían el deber.
– Sí, por supuesto -dijo antes de ponerse la cazadora y salir detrás de Patrik, que ya iba camino de la salida.
Mellberg les dio el alto en recepción.
– ¿Alguna noticia? -preguntó exaltado.
– Sí, Pedersen ha confirmado que se trata de Magnus Kjellner. -Patrik se dio media vuelta para continuar camino del coche policial que había aparcado delante de la comisaría. Pero Mellberg aún no había terminado.
– Se tiró al agua, ¿verdad? Lo sabía, sabía que se había suicidado. Seguro que por problemas con las mujeres o por jugar al póquer por Internet. Lo sabía.