Noches en el desierto
- Автор: Hart Jessica
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Noches en el desierto». Краткое содержание книги:
Pero tenían que hacer el viaje juntos, les gustara o no. Peor todavía, en las dos semanas siguientes tendrían que fingir ser marido y mujer.
La situación no era la ideal, pero tenían algo en común: él iba a cumplir años también, cuarenta, y tampoco estaba tan mal físicamente.
No podía seguir así, decidió tres semanas después de que hubiera vuelto a Londres, al borde de la desesperación. Quizá David la había herido cuando se había despedido tan fríamente aquel último día, pero puede que tuviera sus razones. Y puede también que cambiara de opinión si ella dejaba a un lado su estúpido orgullo y le decía claramente lo que sentía por él. El se asombraría, se avergonzaría, pero si había alguna posibilidad de arreglar las cosas, tendría que intentarlo. ¿No merecía la pena luchar por lo que ella y David habían descubierto bajo las estrellas?
David estaría ya en Londres. Lo único que tenía que hacer era llamarlo y decirle que quería hablar con él. Claudia alcanzó la guía de teléfonos y buscó GKS Engineering Associates.
David estaba cansado. Se pasó una mano por el rostro y trató de esforzarse por concentrarse en la propuesta que tenía que hacer aquella tarde, pero le resultaba imposible. Era el diecisiete de septiembre, su cuarenta cumpleaños y nunca en su vida se había sentido más solo y vacío. Claudia habría dicho que estaba en crisis.
Claudia… Sólo pensar en ella destrozaba su corazón. Había esperado que las cosas le resultaran más fáciles una vez en Londres, donde no había recuerdos de ella, pero la memoria se negaba a dejar a un lado Shofrar. Los recuerdos le acompañaron, se escondieron en los rincones de su mente listos para acorralarlo en cualquier instante. Recordaba su barbilla, el humo de sus ojos, la expresión intensa cuando se ponía los pendientes…
Claudia nunca había estado en su casa, pero David seguía estando hasta tarde en el despacho para no tener que estar a solas con su recuerdo. Parecía además estar volviéndose más huraño e irritable cada día. Incluso sus empleados comenzaban a evitarlo.
Dio un suspiro, dejó a un lado el proyecto y abrió el cajón de la mesa. El collar que el jeque le había dado a Claudia aquella noche estaba allí guardado. Jugó con las cuentas de plata y recordó cómo él se lo había puesto alrededor del cuello. Era lo único que Claudia no se había llevado.
David acarició la caja de terciopelo y finalmente se decidió. No podía seguir así. Tenía que ver a Claudia. No sabía qué iba a decirle o qué iba a hacer, pero tenía que verla una vez más. Alcanzó el teléfono y marcó un número, antes de tener la posibilidad de cambiar de opinión.
– ¿Patrick? -soy David, dijo, aclarándose la garganta-. Escucha, siento llamarte a casa, pero Claudia se dejó un collar en Telama'an y quiero devolvérselo. No tengo su dirección…
Claudia estaba en pie enfrente del edificio principal de GKS y miró hacia la fachada de cristal con respeto. Hasta aquel momento no se había dado cuenta del poder que tenía David y sus nervios estuvieron a punto de abandonarla. ¿Por qué alguien con tanto dinero iba a perder el tiempo con ella?
Entonces, le vino a la mente la imagen de David bajo las estrellas, donde ninguno de los dos tenía nada. Pensó entonces que tenía que confiar en que, el hombre que estaba en aquel prestigioso edificio y el que le había hecho té en el desierto, eran la misma persona.
Claudia había agarrado el teléfono varias veces, sólo una de ellas llegó a marcar el número, aunque colgó de inmediato. ¿Y si decía algo equivocado? ¿O si estaba ocupado o se negaba a escucharla? ¿Y si la escuchaba, pero se negaba a verla?
¿Por qué no ir directamente a hablar con él? Por lo menos, de esa manera, lo vería cara a cara. Cualquier cosa sería mejor que estar sentada allí, deseando que las cosas hubieran sido diferentes.
Claudia entró por las enormes puertas y llegó a un vestíbulo amplio e iluminado. La decoración moderna y de líneas simples estaba suavizada por algunas plantas y varios estanques escalonados, conectados entre sí. Claudia se detuvo al oír el agua, sobrecogida por el recuerdo repentino del patio del palacio de Telama'an. Si cerraba los ojos, le parecía que todavía podía estar allí con David…
– He venido a ver a David Stirling, por favor – dijo a la señorita de recepción.
– ¿Tiene cita?
– No.
– Un momento, por favor -el recepcionista se giró y habló por un interfono, mientras Claudia miraba los nombres de los despachos en un panel al lado de los ascensores. A los pocos segundos fijó la vista en el de arriba del todo: D.J. Stirling, Director ejecutivo.
– ¿D.J.? Repitió emocionada, recordando a la adivinadora: “Veo que las iniciales J y D serán muy importantes para ti”. No había dicho nada del orden en que tenían que aparecer.
“No significa nada, claro,” se dijo Claudia. Era una coincidencia, nada más.
La recepcionista estaba intentando llamar su atención.
– Lo siento, el señor Stirling no puede ver a nadie en este momento. Va a salir.
– ¿Podría hablar con su secretaria?
En el duodécimo piso, David estaba en ese momento poniéndose la chaqueta y diciendo a su secretaria Jan que podía marcharse pronto a casa. El teléfono sonó en ese instante.
– Hay una tal Claudia Cook en recepción -le informó, cubriendo el auricular con la mano-. Dice que es importante. ¿Quiere que le dé una cita?
– No, diga que suba.
Como en un sueño, David se dirigió hacia los ascensores. Observó los números que iban iluminándose uno detrás de otro, acercando a Claudia cada vez más, pero en el momento en que se abrieron las puertas, no se atrevió a mirar por si acaso no estaba allí.
El corazón de Claudia parecía dispuesto a estallarle dentro del pecho. Había ido respirando cuidadosamente: fuera, dentro, fuera, dentro… pero, cuando las puertas se abrieron y se encontró cara a cara con David, todo pareció detenerse.
David la miraba a su vez como si temiera que pudiera desaparecer. Había soñado con ver esos enormes ojos azules de nuevo, había soñado cada curva de sus pómulos, la línea del cuello y su piel luminosa… y de repente, allí estaba y no se le ocurría nada que decir.
Claudia nunca supo el tiempo que permanecieron de pie mirándose.
– Tu secretaria dijo que ibas a salir. Siento si estás ocupado… no quiero molestarte.
– No importa. ¿Quieres entrar a mi despacho?
“Allí estarían bien”, se dijo David a sí mismo. En un lugar más impersonal, más tranquilo, donde no podría abrazarla y apretarla con todas sus fuerzas para que no se fuera nunca más.
Caminaron en silencio a lo largo del corredor. Jan estaba poniéndose el abrigo y miró con curiosidad a David y a la guapa muchacha que lo acompañaba.
– ¿Hay alguna novedad? ¿Puedo irme?
– Sí, no pasa nada -contestó David, apartándose para dejar entrar a Claudia.
El despacho de David era grande y con enormes ventanales en dos de las paredes. Claudia se acercó a una de ellas y se quedó mirando la silueta gris de la ciudad de Londres. Había practicado una y otra vez qué iba a decirle, pero tenía la mente completamente en blanco y lo único que se le ocurría era abrazarse a David y suplicarle que la estrechara entre sus brazos.
– No esperaba verte -dijo David, un poco incómodo.
– He pensado mucho desde que salí de Shofrar.
– ¿Sobre qué?
– Sobre el destino -dijo Claudia, con una media sonrisa. David la miró, a su vez, aterrorizado por si le hablaba de Justin.
– ¿Sobre el destino? Creí que no creías en ello.
– No creía -admitió-. Sigo sin creer que nadie pueda predecir tu futuro. El futuro es algo que tú vas modelando y no cosa del destino. No encontré mi futuro cuando cumplí los treinta años, pero te conocí a ti – añadió dulcemente, y por vez primera lo miró directamente a los ojos-. No creo que el destino haya decretado que tú y yo estemos juntos, David -continuó, cada vez con más fuerzas-. No sé lo que la vida tiene preparado, pero sé que mi única posibilidad de ser feliz está a tu lado. No puedo dejarlo al destino, tengo que venir a decírtelo yo misma.