Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
Noches en el desierto - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Noches en el desierto

Электронная книга - «Noches en el desierto». Краткое содержание книги:

Claudia intentaba no deprimirse pensando en las cosas buenas que pudieran aportarle los treinta, mientras se acomodaba en el avión, dispuesta a emprender un largo viaje para celebrar su cumpleaños. Y su compañero de asiento, David Stirling, desde luego no era la mejor compañía.
Pero tenían que hacer el viaje juntos, les gustara o no. Peor todavía, en las dos semanas siguientes tendrían que fingir ser marido y mujer.
La situación no era la ideal, pero tenían algo en común: él iba a cumplir años también, cuarenta, y tampoco estaba tan mal físicamente.
1 ... 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31
Перейти на страницу:

“Antes de que te vayas”, repitió la mente de Claudia. Era absurdo enamorarse de él. ¿No sería más inteligente irse a casa de Lucy y aceptar el hecho de que tendría que pasar el resto de sus días sin él? Tendría que acostumbrarse antes o después.

David vio la duda en la muchacha y notó que la rabia le invadía. Trató de no enfadarse demasiado con ella. Después de todo, Claudia no le debía nada. Además, si él se iba al desierto, ella podría tener la oportunidad de conocer mejor a Justin Darke sin que él estuviera entrometiéndose.

– Por supuesto, entiendo perfectamente que prefieras quedarte con Justin Darke -dijo, con una voz indiferente.

– ¡No! -exclamó, aterrorizada de que, finalmente, quisiera dejarla en Telama'an-. Quiero decir que sería un poco extraño para todos que te fueras tú solo.

– Me imagino que sí. Bueno, si no te importa…

– No, no me importa. Me gustaría ir.

Claudia no estaba preparada para un viaje al desierto. No sabía qué esperar y era demasiado excitante para pensar ni siquiera en ello.

Cuando David fue a recogerla estaba tan nerviosa y excitada como una colegiala que va a su primera cita. David había preparado todo lo necesario: dos colchonetas, dos sacos de dormir y algo de comida que le prepararon los cocineros del jeque para hacer una cena ligera por la noche.

Viajaron todo el día hasta llegar al límite del wadi, a la hora del crepúsculo. Un riachuelo aparecía y desaparecía en un suelo de cantos rodados y piedras erosionadas por la arena, el viento y los años, en formas maravillosamente extrañas.

Claudia tenía la sensación de estar en el borde del universo. Era todo increíblemente silencioso. La nada se extendía alrededor de ellos hasta el horizonte. No había coches, no había gente, ni animales… nada. Sólo estaban ella y David. La luz del sol los rodeaba con una atmósfera etérea y todo lo que había parecido confuso y desesperado se hizo en ese momento claro y sencillo.

– Creo que ha merecido la pena venir a Shofrar a ver esto -dijo Claudia.

– ¿Aunque Justin no esté aquí para hacerte compañía? -preguntó David, sentado al otro lado de la colchoneta, a una distancia prudente de Claudia.

– No me interesa Justin. Nunca me interesó, David.

– ¿Y qué me dices de la famosa predicción? -preguntó, suspicazmente-. Creía que habías venido a ello.

– Vine porque mi vida estaba en un punto muerto y necesitaba hacer un viaje -dijo, mirando hacia la puesta de sol-. Nunca creí en aquella estúpida predicción. Incluso a los catorce años tenía mejores cosas que hacer que creer a alguien vestido de manera estrafalaria buscando mi destino en una bola de cristal.

– ¿Y por qué dijiste que sí?

Ella se encogió de hombros, un poco avergonzada.

– Para molestarte realmente. Fue una chiquillada, lo sé, pero parecías tan aburrido de mí que no quería explicarte la verdadera razón por la que estaba tan desesperada por ver a Lucy.

– Me dijo que estabas comprometida.

– Sí, con Michael -contestó Claudia, tomando un poco de arena en las manos y dejándola caer entre los dedos-. Era todo perfecto. Creía que de verdad era mi destino, pero él no pensaba lo mismo. Un día vino y me dijo que se había enamorado de otra mujer. Dijo que yo era fuerte y que no necesitaba que nadie me cuidara.

Claudia esbozó una sonrisa amarga.

– Puede que no -continuó-, pero en ese momento no pensé lo mismo. Me vi con casi treinta años y las manos vacías. Tenía un miedo horrible. Entonces, Lucy me llamó y me convenció para que viniera a celebrar mi cumpleaños aquí con ella. Para mí, los treinta años significaban el comienzo del final de la vida, el símbolo de que has gastado ya la mitad.

Claudia recogió más arena.

– En vez de ello me desperté contigo.

– Me temo que no era la persona más adecuada para hacerte compañía ese día -contestó David, tras un silencio.

– Tú eras lo que yo necesitaba. Me hiciste enfadar, pero no me tenías lástima y era lo que yo necesitaba.

David esbozó una sonrisa.

– He sentido muchas cosas por ti en estas dos últimas semanas. Claudia, pero te puedo asegurar que nunca ha sido lástima.

– Yo sentí lástima por mí cuando el motor del avión falló -confesó Claudia, devolviéndole tímidamente la sonrisa-. Pensé que la vida estaba tratando de decirme algo y deseé haberme quedado en casa, triste pero segura. Sin embargo ahora…

Claudia se echó hacia atrás mirando al horizonte, sintiendo que entraban en ella el silencio y la luz rojiza del sol.

– ¿Ahora?

– Ahora me alegro de haber venido.

– Yo también -dijo él, tomando una de sus manos despacio.

Claudia notó cómo el aire de los pulmones la abandonaba.

– ¿De verdad?

– De verdad.

David dio la vuelta a la mano y la besó en la palma. Una deliciosa sensación recorrió el brazo de Claudia.

– ¿De verdad? -dijo él, provocadoramente, acariciando con los labios la muñeca de ella.

– Sí -murmuró Claudia, dando un suspiro.

Claudia cerró los dedos para tocar la mejilla de él, sin atreverse a pensar que por fin podía acariciarlo.

– Sí -repitió, disfrutando de la piel dura de la barbilla, acariciando el cuello ancho y fuerte.

Sin prisa, los ojos de Claudia se alzaron para encontrar los de David. Se miraron durante un minuto eterno, hablándose en silencio hasta que ambos sonrieron. No hacían falta palabras, no era necesario explicar nada.

Claudia se sintió ligera, como si no tuviera cuerpo y el deseo la arrastrara a una maravillosa certeza de que todo se arreglaría. Se sentía como en otro mundo donde nada más que ellos existían, ellos y su felicidad. Donde todo ocurría con la lentitud de un sueño. Nunca supo si fue David quien la agarró o fue ella quien se acercó a él, pero de repente estaba en sus brazos.

Cuando sus labios se encontraron, no fue con la pasión conocida, sino con una maravillosa sensación de llegar a casa. Claudia tuvo la sensación de que la introducían en la puesta de sol y puso los brazos alrededor del cuello de David para sumergirse en su beso y besarlo en respuesta, como si llevara mucho tiempo deseándolo.

David la tumbó sobre la colchoneta y ella se apretó contra su cuerpo caliente. David la quería tener cerca de sí, lo más cerca posible. Para besarla con pasión, para acariciar su delgadez. Claudia comenzó a tirar de la camisa de él para sacarla de los pantalones y poder tocar los músculos duros de la espalda.

La pasión que se desató entre ellos fue como una explosión que, por largamente contenida, era incapaz de ser controlada por ninguno de los dos. Ninguno quería reprimir aquellos besos profundos, aquellas manos suplicantes…

– Claudia… -David tomó su rostro con ternura y la miró fijamente a los ojos.

Claudia nunca había soñado que aquellos ojos pudieran ser tan cariñosos.

– He querido besarte cada noche -añadió, con voz emocionada.

– No te creo -consiguió decir ella, recordando las largas noches en que habían estado separados apenas por unos centímetros.

– Es cierto -aseguró, besando su cuello, oliendo la fragancia de su piel que lo había seducido tantas noches-. Creo que quise besarte desde que te sentaste a mi lado en aquel maldito avión y olí tu perfume. Tu pelo me pareció como oro a la luz del sol y quise tocar tu piel para ver si era tan suave como parecía.

– Yo creí que para ti era la mujer más desesperante -dijo ella, estirándose provocativamente bajo él.

– Lo fuiste, lo eres. No dejas de provocarme.

– Desearía haberlo sabido. No tendríamos que haber desperdiciado aquella formidable cama.

– Esta colchoneta puede servir -murmuró él, desabrochando los botones de la camisa de ella, siguiendo el camino abierto con sus labios.

Cuando retiró la tela y encontró sus senos con la boca, Claudia gimió de placer y se arqueó contra él, suplicando, mientras notaba que la mano de él se deslizaba hacia abajo.

1 ... 22 23 24 25 26 27 28 29 30 31
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)