Noches en el desierto
- Автор: Hart Jessica
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Noches en el desierto». Краткое содержание книги:
Pero tenían que hacer el viaje juntos, les gustara o no. Peor todavía, en las dos semanas siguientes tendrían que fingir ser marido y mujer.
La situación no era la ideal, pero tenían algo en común: él iba a cumplir años también, cuarenta, y tampoco estaba tan mal físicamente.
David se dio cuenta de que estaba siendo observado y frunció el ceño. Claudia se comportaba de manera extraña esa noche, pensó.
– ¿Qué tal con David, Claudia?
– ¿Qué tal qué?
David estaba dejando su copa y parecía acercarse a ellos. El corazón de ella comenzó a palpitar.
– ¡Está a miles de kilómetros de aquí! -exclamó Justin, riéndose.
En ese momento, Joan Phillips distrajo a David. Claudia se mordió el labio y se volvió hacia Justin.
– Lo siento, ¿qué me decía?
– Estaba diciendo que ahora me toca a mí devolver la hospitalidad y he pensado organizar una fiesta en el desierto. No ha estado en el desierto, ¿verdad, Claudia?
– No, nunca.
En ese momento, David terminó de hablar con Joan. Claudia se estremeció.
– ¿Qué no has hecho nunca? -preguntó la voz de David, acercándose por detrás.
– Claudia no ha estado en el desierto. Estaba sugiriendo una cena para mañana. Podemos ir al atardecer y ver la puesta de sol -continuó con entusiasmo-. Les gustaría, ¿no, Claudia?
Claudia notó la mirada de David sobre ella. En ese momento quiso que se fuera. No podía concentrarse con él allí a su lado. Esbozó una sonrisa y miró a Justin.
– Me encantaría. Estoy deseando ver algo del desierto verdadero. Hasta ahora sólo he visto la carretera de aquí a Telama'an y me imagino que el desierto es más que una carretera llena de polvo.
– Délo por seguro. Entonces, ¿vendrán mañana por la noche?
– Sería maravilloso -dijo Claudia.
– Me temo que Claudia y yo no podremos ir mañana. Tenemos una invitación especial para cenar con el jeque y es, evidentemente, más importante.
– Entonces, lo haremos otro día -dijo Justin.
– No, id mañana -dijo David, con amabilidad y a la vez con firmeza para que el joven no siguiera insistiendo-. Claudia tendrá otras oportunidades de ver el desierto.
– ¿Es verdad que mañana vamos a cenar con el jeque? -preguntó Claudia, cuando volvían al palacio.
– Por supuesto. ¿Creías que era una excusa para estar contigo a solas?
– No -dijo con tristeza, deseando que fuera cierto.
Claudia se acercó al espejo de la cómoda y sacó una barra de labios. Detrás de ella, David acababa de salir del cuarto de baño medio desnudo y buscaba una camisa limpia en el armario. Ella se quedó inmóvil, viendo el reflejo en el espejo. El cuerpo de David era delgado y fuerte y encendió una llama de deseo en su piel.
Satisfecho, encontró una camisa a su gusto y se la puso. Luego se sentó en la cama, con ella todavía desabrochada, y comenzó a ponerse los zapatos, pensativo. El jeque había sido bastante evasivo hasta ese momento y David esperaba que la cena fuera una buena oportunidad para que firmara finalmente el contrato.
Claudia observó cómo se abrochaba la camisa, ignorando aquellos ojos que lo observaban. Claudia se daba cuenta con desesperación del paso de los días. En cinco días regresaría a Londres y no volvería a verlo nunca más. En ese momento lo observaba casi con rabia, como para tratar de grabar sus rasgos en la memoria.
David estaba maldiciendo y refunfuñando porque no podía abrocharse un gemelo. Esperaba que Claudia no tardara demasiado en prepararse. No debían llegar tarde. Alzó la vista para preguntarle cuánto tiempo le quedaba y se dio cuenta que lo estaba mirando con sus ojos de color humo. Entonces enmudeció y el aire pareció evaporarse entre ellos.
Se olvidó del tiempo, del jeque, de la importancia de la cena para su empresa. Nada importaba, sólo la sensación que sentía en el pecho y los ojos de Claudia en los suyos. Aquellos ojos que podían brillar, expresar alegría o la suavidad de los sueños o, como en ese momento, llegar a lo más profundo de su ser y hacer palpitar a su corazón hasta hechizarlo de deseo.
Sin saber cómo, David consiguió apartar la vista.
– ¿Estás ya preparada? -dijo. Su voz sonó como si acabara de correr una maratón.
– Casi -contestó Claudia, guardando la barra de labios. Su mano temblaba y el resultado final fue desastroso, pero se limpió con un pañuelo de papel y confió en que David no lo notara.
¿Y por qué iba a hacerlo? Él se estaba colocando la corbata y su rostro era impasible. Su mente estaría pensando en la cena y, si la miraba a ella, era probablemente por la desesperación que sentía de tener que llevarla a una cena tan importante.
Se volvió hacia él y levantó las manos.
– Éste es mi vestido de niña buena. ¿Crees que parezco suficientemente decente para el jeque?
Llevaba un vestido negro sencillo que caía en suaves pliegues hasta debajo de las rodillas. Las mangas eran de tres cuartos y el escote ancho, aunque discreto. A pesar de su severidad, o quizá a causa de ella, era sutilmente provocador. David deseó acercarse y abrazarla. Deseó quitarle el vestido y dejarlo en el suelo para llevarla a la cama y hacerle el amor.
– Estás… muy… propia -consiguió decir, después de aclararse la garganta.
¿Propia? ¿Eso era todo lo que podía decir? Claudia intentó no enfadarse.
– Bien. ¿Vamos entonces?
David la había avisado de que el jeque era un hombre difícil de trato, pero a Claudia le pareció encantador. Por supuesto, la química fue mutua y David observó sorprendido cómo el jeque, normalmente una persona irascible y formal, hasta llegar casi a la rigidez, se comportaba agradablemente y contestaba encantado a las preguntas de Claudia sobre su país.
Ésta, por su parte, se comportó cariñosa pero discreta, encantadora sin ser empalagosa, inteligente sin llegar a ser intimidante.
De modo que David, al ver que Claudia podía tratar con el jeque sin su ayuda, se permitió relajarse. El jeque Saïd estaba claramente impresionado con ella y David se alegró de poder marginarse de la conversación. Se sentó en el lado opuesto a Claudia y la observó detenidamente. Vio sus ojos de largas pestañas vibrar cuando sonreía. Observó las diferentes expresiones que adquiría su rostro al escuchar y vio cómo su cuerpo adquiría vida cuando se animaba con la conversación.
Parecía haber muchas Claudia diferentes. Claudia cortante y sarcástica, Claudia frívola y seductora, Claudia soñadora y deseable, Claudia con fuerte personalidad, Claudia divertida, Claudia amable, y ahora, Claudia la perfecta invitada, comportándose como un modelo de buena conducta.
¿Cuántas Claudia más habría? Desde que había terminado la relación con Alix, David había evitado a las mujeres inteligentes y maduras como ella… Era extraño, pero, por primera vez en años, pensaba en ella sin amargura. Desde la ruptura, había salido con mujeres de naturaleza más dulce. Chicas agradables con las que había mantenido siempre buenas relaciones, pero no hasta el punto de llegar a tentarle el matrimonio. ¿Sería porque eran muy guapas, pero un poco aburridas?
Los ojos de David se concentraron en el rostro vivo de Claudia. Ella podía ser exasperante, molesta, impredecible, inquieta… pero nunca aburrida.
No, nunca aburrida.
De repente, notó una patada en el tobillo.
– El jeque está preguntando si tendrás tiempo de enseñarme algo de Shofrar -dijo Claudia.
– Creo que él está pensando en algo totalmente diferente -contestó el jeque, sin ofenderse por la ausencia de David.
– Me disculpo…
– ¡No, no se disculpe! Tenemos que hacer concesiones a un hombre que está tan enamorado de su esposa.
Por un momento, los ojos de David se encontraron con los de Claudia.
– Le felicito por su encantadora esposa. Había oído hablar mucho de ella a mi sobrino y, por supuesto, a gente que vive aquí -el jeque se volvió hacia Claudia-. He oído que ha comprado una cafetera en el mercado hace pocos días.
Claudia abrió la boca sorprendida. El árabe rió.
– Tengo muchas fuentes de información, señora Stirling y sé todo lo que pasa en mi ciudad.