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Noches en el desierto

Электронная книга - «Noches en el desierto». Краткое содержание книги:

Claudia intentaba no deprimirse pensando en las cosas buenas que pudieran aportarle los treinta, mientras se acomodaba en el avión, dispuesta a emprender un largo viaje para celebrar su cumpleaños. Y su compañero de asiento, David Stirling, desde luego no era la mejor compañía.
Pero tenían que hacer el viaje juntos, les gustara o no. Peor todavía, en las dos semanas siguientes tendrían que fingir ser marido y mujer.
La situación no era la ideal, pero tenían algo en común: él iba a cumplir años también, cuarenta, y tampoco estaba tan mal físicamente.
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– Lo sé. Es lo de siempre, ¿no crees? Finalmente encuentro al hombre perfecto y no puedo hacer nada. ¡Si no fuera por David Stirling, podría estar disfrutando de mis treinta años!

– Habrá algo que puedas hacer -afirmó Lucy, que odiaba ver cómo su prima desperdiciaba una oportunidad única-. No puedes seducir a Justin mientras que piense que estás casada con David… eso no sería justo, pero quizá pudieras pedir a David que le dijera a Justin la verdad.

Claudia pensó que moriría antes de pedir a David algo así. Afortunadamente, en ese momento llegaron Fiona y su madre.

Fiona parecía descansada y mucho más guapa que la noche anterior y saludó a Claudia con cariño. La admiración que sentía hacia ella era tan evidente, que Claudia se sintió un poco culpable cuando recordó lo celosa que se había sentido con ella. Fiona era una adolescente muy atractiva, pero admiraba la experiencia de Claudia.

Comenzaron a hablar sobre la televisión. Fiona estaba impresionada por todo lo que Claudia contaba. Si ella trabajara como secretaria, seguro que no pensaría que era tan excitante, pensaba Claudia, aunque no se sintió capaz de desilusionarla.

Seguían hablando cuando Lucy miró hacia arriba e hizo una señal.

– Ya están aquí -murmuró alegremente-. Han venido todos: David, Patrick, John… y Justin -dijo, guiñando un ojo a Claudia-. ¡No solemos verlo nunca a estas horas de la mañana!

Ruborizándose intensamente, Fiona se giró. Claudia se esforzó por no hacer lo mismo y permanecer sentada tranquilamente hasta que David se acercara.

Este, a su vez, al ver su porte orgulloso, se acercó inseguro. Patrick dio un beso a Lucy, y él pensó que tendría que hacer lo mismo. Había prometido no besarla, si no era necesario, pero no podía tampoco mostrarse frío con ella.

En vez de besarla, acarició su cabello y puso una mano sobre su cuello.

– ¿Estás bien?

Claudia sintió el roce y notó que toda su piel se encendía, que su corazón comenzaba a palpitar a toda velocidad dentro de su pecho.

– Y tu reunión, ¿qué tal ha ido?

– Bastante bien… lo suficiente como para disfrutar de una buena comida -dijo, dejando la mano sobre el lóbulo femenino.

– Ahora entendemos por qué David está tan deseoso de conseguir el contrato -dijo Phillips, acercándose con una bandeja de bebidas-. ¡Necesita el dinero para tener a su mujer entre zafiros y diamantes!

– Sin mencionar a los seis hijos -terció Patrick.

– ¡Y dos lunas de miel! -exclamó Justin.

Claudia miró a David sin saber qué decir, y éste esbozó una sonrisa enigmática.

– Parece que todo el mundo estaba un poco confundido al saber que según tú íbamos a ir a las islas Seychelles, y según yo a Venecia. He tenido que confesarles que no nos habíamos puesto de acuerdo.

– Tiene su explicación: creo que el viaje a Venecia no sería una luna de miel propiamente dicha, ¿verdad? Habíamos hablado de ir allí para un fin de semana largo.

– Veo que su esposa tiene gustos caros -dijo Phillips, sonriendo con indulgencia-. Pero espero que no obligue a su marido a que le compre todos los días un anillo de diamantes.

– Me conformo con uno al año. Era mi cumpleaños.

– ¿Cómo es? -preguntó Fiona con curiosidad.

– Es bastante sencillo -contestó Claudia, pensando a toda velocidad una mentira-. Tiene un zafiro y un diamante, pero es muy bonito, ¿verdad, David?

– Me sorprende oír que le ha regalado un anillo – dijo la madre de Fiona inesperadamente-. Al ver que no llevaba anillo de casada, pensé que no le gustaban.

Hubo una pausa incómoda. Las manos de David se tensaron sobre el cuello de Claudia y la mente de ésta se quedó en blanco unos segundos.

– ¡Oh, no! -exclamó, después de unos segundos-. Me encantan los anillos. No llevo el de casada porque me dio una reacción alérgica en la piel justo después de la boda y quiero descansar unos días.

Lucy la miró con admiración y David hizo un gesto cariñoso con la mano. Luego, dándose cuenta de que estaba acariciándole el cuello como un estúpido, apartó la mano y fue a sentarse entre Fiona y Phillips.

Herida por el abandono de David, Claudia se dio la vuelta y se encontró con Justin, al que dirigió una amplia sonrisa. Creyó ver un gesto irritado en su cara, pero al momento desapareció y Claudia pensó que eran imaginaciones suyas.

David y Fiona hablaban en voz baja y Claudia los miraba por el rabillo del ojo, mientras intentaba hablar animadamente con Justin. Era imposible que David estuviera interesado en Fiona, se dijo. Puede que fuera muy guapa, pero era veinte años más joven que él. Seguro que a Fiona le gustaba David, pero no ella a él.

Claudia intentó reprimir un suspiro y redobló sus esfuerzos por entretener a Justin. Si tenía suerte, David se daría cuenta de que había alguien que la encontraba divertida, aunque no fuese él.

David, en ese momento, estaba un poco tenso. Le había costado mucho dejar de acariciarla y ahora la veía hablando provocativamente con Justin, mientras Fiona le decía lo maravillosa que debía de ser como esposa.

– Tiene tanta personalidad… -decía con entusiasmo la muchacha-, y es tan divertida. ¡Nos hemos estado riendo muchísimo con las cosas que nos ha estado contando hace un rato! Además, ha sido encantadora hablándome de su trabajo, incluso se ha ofrecido a que vaya a visitarla la próxima vez que vaya a Londres. Es maravilloso ver a una pareja que tienen trabajos tan interesantes. Si usted tuviera que quedarse aquí como… mi padre, por ejemplo, ella tendría que dejar su trabajo, ¿no?

– Hay bastante trabajo en televisión aquí en Telama'an -respondió David, tratando de no fruncir el ceño al ver cómo se reían Justin y Claudia.

– Me gustaría ser como Claudia. Tiene tanta seguridad, es tan encantadora… es como una luz.

– Tiene claro lo que quiere -dijo David con ironía.

– Lo sé, y eso es muy importante si quieres tener éxito en la vida. Claudia dice que la ambición no es algo negativo. Es tan guapa y a la vez tan realista, ¿verdad?

– No deberías intentar ser como otra persona -respondió David, que comenzaba a hartarse de oír hablar de Claudia-. Todos te queremos tal como eres.

Las palabras cayeron en un momento en que todos habían dejado de hablar. Nadie dio muestras de darle una doble interpretación, pero la mirada de Claudia fue un tanto peligrosa. ¡Se suponía que tenía que fingir amarla a ella!

Durante la comida, se fue enfadado más al ver que David se sentaba lo más lejos posible de ella. A David, por su parte, se le hizo interminable. Era consciente de que Claudia era el alma de la reunión. Gesticulaba con las manos y reía alegremente, echándose de vez en cuando hacia atrás el dorado cabello. David pensaba que estaba luciéndose y miraba hacia su plato con rostro sombrío. No podía entender por qué los demás disfrutaban tanto de lo que decía. Por qué se reían y la animaban, como si pensaran que era muy divertida.

¿Divertida? ¡Ja! Pensó David, cortando su filete con furia. El se divertía mucho más mirando las predicciones del tiempo en cualquier tarde lluviosa de noviembre.

Finalmente se acabó la comida. David miró a su reloj y se levantó.

– Es hora de que volvamos -dijo, ignorando las miradas sorprendidas de Patrick, Justin y John. Él era el jefe, ¿no? y él decidía cuándo comenzar la jornada de tarde.

Fue lo que pensaron los tres hombres. Echaron hacia atrás las sillas y se levantaron. John dio un golpecito en el hombro de su esposa, Patrick acarició el cabello de Lucy y Justin esbozó una triste sonrisa a Fiona y Claudia, aunque ésta última no se dio cuenta. Ella estaba concentrada en David, que hacía ademán de marcharse con un adiós general.

– ¿No te vas a despedir de mí, cariño? -preguntó provocativamente, levantándose y acercando su cara para ser besada.

David se quedó inmóvil.

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