Caricias de fuego
- Автор: Д'Алессандро Джеки
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Caricias de fuego». Краткое содержание книги:
Pero debía hacerlo. Había recibido amenazas de muerte y sabía que, si permanecía a tu lado, tú también estarías en peligro. Habrías sido el objetivo perfecto para mis enemigos; ellos sabían que habría hecho cualquier cosa por ti, que habría dado incluso mi vida de ser necesario, y no habrían desaprovechado esa oportunidad.
De haber sido posible, me habría separado de ti de otra manera; sin embargo, era consciente de que la ruptura debía ser brusca y lo suficientemente injusta como para que no intentaras seguirme. Fue lo más duro que he hecho en mi vida, y si no hubiera recibido más amenazas de muerte, es probable que me hubiera rendido y que hubiera aparecido en tu casa de Little Longstone para rogarte que me perdonaras. Sólo quiero que sepas que no ha pasado ni un día, no, ni un simple momento sin que no te extrañara, no te deseara y no te amara con todo mi ser.
Ya no estoy aquí para poder asegurar tu bienestar físico, pero al menos puedo garantizarte el financiero. He abierto una cuenta a tu nombre en el Banco de Inglaterra; los detalles los tiene mi abogado, el señor Evans, que te ayudará con ello y con cualquier otra cosa que necesites.
Me gustaría poder hacer más. Y sobre todo, me gustaría estar contigo ahora y siempre.
Gracias por amarme, mi querida Genevieve, y por permitir que te amara. Fuiste la alegría de mi vida, y sólo te deseo lo mejor. Espero que puedas perdonarme.
Tuyo,
Richard.
Genevieve miró la carta con ojos llenos de lágrimas. Richard la amaba. Siempre la había amado. Sólo se había marchado porque temía por su vida.
El alivio de descubrir hasta qué punto se había equivocado con él, se mezcló con el dolor por su muerte y la tristeza. Dejó la carta a un lado, hundió la cara entre las manos y siguió llorando. No supo cuánto tiempo estuvo así, pero al final, cuando las lágrimas se secaron en sus ojos, la amargura y la tensión del último año habían desaparecido y sólo quedaba un sentimiento de paz y de gratitud hacia Richard.
Ahora podía seguir con su vida. O casi, porque se había enamorado otra vez. Y de un hombre al que no podía amar.
Las dos semanas siguientes no pasaron ni más rápida ni más fácilmente que las dos anteriores. Pero las miradas de preocupación de Baxter se volvieron más excepcionales, así que llegó a la conclusión de que estaba mejorando sus dotes de actriz.
Exactamente un mes y dos días después de la marcha de Simon, decidió que su congoja ya había durado el tiempo suficiente. El día había amanecido fresco y soleado, y se dijo que era un buen día para volver a reír. Iría al manantial y luego escribiría un buen rato. Pero antes, releería la Guía para damas. Había llegado el momento de que se aplicara sus propios consejos.
Tras un desayuno delicioso a base de huevos, jamón y bollitos de Baxter, dio un beso entusiasta a su amigo y se dirigió al vestíbulo.
– Me alegra que sonrías otra vez, Gen.
– Y yo también, Baxter. Estaré fuera alrededor de una hora. ¿Por qué no te acercas al pueblo? Si no recuerdo mal, la señorita Winslow suele pasar por la carnicería a estas horas…
Baxter se ruborizó.
– No lo sé. Aunque ahora que lo dices, nos vendría bien un poco de panceta.
– Una idea excelente.
Satisfecha, salió de la casa. No dejaba de sonreír y de repetirse que aquel día iba a ser feliz, y ya se había convencido cuando llegó a las rocas que rodeaban el estanque de aguas termales y vio que su santuario estaba ocupado.
Su sonrisa desapareció al instante.
Simon estaba junto al agua, vestido con una capa azul oscuro bajo la que se atisbaba una chaqueta del mismo color, una camisa blanca como la nieve, un pañuelo y unos pantalones de montar. Sus botas negras brillaban, aunque la izquierda mostraba señales inconfundibles de mordeduras de perro. En una mano sostenía a Belleza, lo cual no debía de resultar fácil porque el animal se puso a ladrar y a agitarse en cuanto la vio; en la otra, un ramo enorme de rosas.
Sus miradas se encontraron enseguida, y todos los sentimientos que Genevieve había enterrado durante el mes anterior salieron a la superficie y la dominaron de nuevo: la nostalgia, el deseo, el amor.
Simon soltó a la perrita, que corrió hacia ella y se comportó como si la adorara. Genevieve se inclinó y la acarició con alegría.
– Te ha echado de menos.
Ella alzó la mirada. Simon se había acercado a menos de dos metros y la miraba con una expresión indescifrable.
– Yo también a ella. No puedo creer cuánto ha crecido…
– Pues créelo. Se come todo lo que encuentra en mi casa, incluidas mis botas. Vamos, Belleza, siéntate…
Belleza se sentó inmediatamente.
– Como ves, he progresado algo con ella -añadió.
– Estoy impresionada. Es todo un triunfo.
Simon carraspeó y le acercó las flores.
– Son para ti. Espero que todavía sean tus favoritas.
Genevieve aceptó el ramo e intentó controlar el escalofrío de placer que sintió cuando sus dedos se rozaron.
– Por supuesto que sí. Son muy bonitas… gracias.
– De nada. Me recuerdan a ti.
Ella no dijo nada. Esperaba que Simon hablara, pero al ver que se mantenía en silencio, preguntó:
– ¿Qué estás haciendo aquí, Simon?
– Quería hablar contigo y me pareció que sería mejor que viniera a buscarte al manantial. Temía que, si llamaba a la casa, Baxter se lanzara a mi cuello antes de que pudiera abrir la boca.
Genevieve pensó que estaba en lo cierto.
– ¿Y de qué quieres que hablemos?
– En primer lugar, quiero que sepas que la carta de Ridgemoor no sólo acusaba a Waverly; también incluía pruebas irrefutables de su culpabilidad en los delitos de robo y traición a la Corona.
– ¿Había más personas involucradas?
– No, actuaba solo. De hecho, Ridgemoor hizo un gran servicio al país al incluir las pruebas en esa carta. El conde murió como lo que era, un héroe.
Genevieve asintió.
– Gracias por decírmelo, Simon. Pero no era necesario que vinieras a Little Longstone para eso. Podrías haberme enviado una nota.
– No, porque hay algo que quería darte. O más bien devolverte, porque es tuyo.
Simon se metió una mano en el bolsillo y sacó una hoja de papel, que le entregó.
– ¿Qué es esto? -preguntó, perpleja.
– Ábrelo.
Genevieve lo hizo y se llevó una buena sorpresa al descubrir una de sus notas para la entrega siguiente de la Guía para damas.
– Ese papel me salvó la vida -explicó él.
– ¿Cómo dices?
– Lo encontré en la papelera aquella noche y me lo guardé, no sé por qué. Cuando Waverly me pidió la carta, saqué la hoja y la dejé caer al suelo; él se distrajo un momento y me dio la ocasión para atacarle.
– Vaya… no sé qué decir. Pero me alegra que te fuera de ayuda…
– Y a mí, Genevieve. ¿O debería llamarte Charles Brightmore?
– ¿Serviría de algo que lo negara?
Simon sonrió.
– No. Pero no tienes por qué; eres una escritora de gran talento.
Genevieve no esperaba un halago.
– Gracias…
– De talento, e inteligencia. Espero que el segundo libro tenga tanto éxito como el primero. Puedes estar segura de que adquiriré un ejemplar.
– ¿No te… incomodó?
– No. Me siento muy orgulloso de ti. Y no te preocupes por la identidad real de nuestro querido Brightmore; puedes estar segura de que tu secreto seguirá a salvo conmigo.