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Электронная книга - «Caricias de fuego». Краткое содержание книги:

Genevieve Ralston sabía cómo satisfacer a un hombre; pero cuando su amante la abandonó sin contemplaciones, se dijo que no querría nada más con el sexo opuesto. Hasta que conoció a Simon, un caballero atractivo e inquietante del que no podía apartar las manos. Pero Simon Cooperstone, vizconde de Kilburn, era espía. Tenía la misión de recuperar una carta misteriosa que se encontraba en manos de Genevieve; y al intentar seducirla para conseguir su objetivo, olvidó poner a salvo su corazón. ¿Estaría a la altura de una amante tan sensual y experimentada?
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– Adelante, te escucho.

Ella dudó.

– Genevieve, te doy mi palabra de que lo que me cuentes permanecerá entre nosotros.

– Gracias, Simon. Verás… mis circunstancias personales no son como tú crees. No estoy viuda; de hecho, no me he casado nunca. Durante diez años fui la amante de un noble, de un aristócrata con quien aún estaría si no él no hubiera roto nuestra relación por considerar que mis manos eran imperfectas.

– Comprendo.

– Por motivos evidentes de discreción, hice creer a todo el mundo que era viuda. Seguramente pensarás que soy una cualquiera y no te lo reprocho, pero…

Él le puso un dedo en los labios.

– No, jamás he pensado que seas una cualquiera, Genevieve. Hiciste lo que tenías que hacer, lo más adecuado en tales circunstancias. Y te estoy muy agradecido por contarme la verdad.

– Yo…

Simon le acarició la mejilla.

– ¿Cómo te convertiste en su amante?

Genevieve tardó unos segundos en responder.

– Mi madre era prostituta; ella no quería que yo siguiera sus pasos y ahorró hasta el último penique para pagar mis estudios. Yo tenía talento para la pintura, así que me compró todo lo necesario. Cuando cumplí los quince años, nos mudamos a Londres y ella empezó a trabajar en un burdel de la ciudad.

– ¿En un burdel?

– Sí, yo también trabajaba en aquel local, pero limpiando y preparando la comida. Allí fue donde conocí a Baxter. Lo encontré en un callejón, una mañana de invierno. Le habían dado una paliza y lo habían dejado por muerto. Yo lo llevé a mi dormitorio, cuidé de él y, milagrosamente, se recuperó.

Simon se estremeció sin poder evitarlo. Mientras él había llevado una vida de riqueza y privilegios, las personas como Genevieve y Baxter se las veían y se las deseaban para sobrevivir un día más.

Carraspeó y dijo:

– Le salvaste la vida. No me extraña que sea tan protector contigo.

– Y yo con él, porque me devolvió el favor por el procedimiento de convertirse en el hermano que no tenía. Yo seguía trabajando y pintaba en mi tiempo libre. A Claudia, la madame del burdel, le gustaban tanto mis cuadros que los expuso en la casa… hasta albergué esperanzas de convertirme algún día en una artista de verdad.

– ¿Y qué ocurrió?

– Que Claudia murió. Llegó una madame nueva y el burdel y el tipo de clientela empezaron a cambiar… para mal. A mi madre le dieron palizas varias veces. Yo estaba desesperada por sacarla de allí.

– Lo siento tanto, Genevieve…

– Desgraciadamente no teníamos muchos sitios adonde ir; sobre todo, sitios donde yo no tuviera que trabajar de prostituta y pudiera limitarme a las tareas de sirvienta. Para empeorar las cosas, la nueva madame se empeñó en que mi madre le debía dinero por todo el tiempo que había perdido en recuperarse de las palizas, y sus intereses eran tan exorbitantes que no los podíamos pagar.

– Una situación difícil -comentó él.

– En efecto. No me quedó más remedio que dejar a mi madre y buscarme un trabajo mejor pagado para intentar ayudarla. Me dieron un puesto como ama de llaves, pero tardé poco en descubrir que el señor de la casa esperaba que me acostara con él. Y supongo que lo habría hecho, porque no tenía elección. Pero un día, mi madre me llamó y me dijo que a uno de los clientes del burdel, un hombre rico y poderoso, le habían gustado mucho mis cuadros. Quería conocerme.

– El era el aristócrata del que me hablabas antes, ¿verdad?

Genevieve asintió.

– Resultó ser un hombre guapo, amable y extremadamente generoso. Ser su amante me permitió escapar de la casa donde trabajaba y sacar a mi madre del burdel.

– Entonces, también la salvaste a ella.

Genevieve sacudió la cabeza con pesar.

– Murió menos de un año después. Pero al menos, sus últimos meses fueron cómodos y agradables.

– ¿Lo amabas?

– ¿A quién? ¿A mi amante?

– Sí.

– Con el tiempo llegué a apreciarlo sinceramente. Era muy bueno conmigo. O lo fue hasta que… bueno, esa parte ya la conoces. Dejó de quererme.

– ¿Has vuelto a verlo desde entonces?

– No, ni espero verlo. Dejó bien claro que no quería saber nada más de mí, que nuestra relación quedaba rota para siempre.

– ¿Sigues enamorada de él?

Genevieve consideró la pregunta durante unos segundos y respondió:

– No, él apagó aquella llama. Aunque siempre le estaré agradecida por haberme sacado de la pobreza y haber hecho posible que mi madre saliera del burdel. Al final, resultó que el hombre a quien yo amaba no existía en realidad… si hubiera sido real, no me habría abandonado de ese modo. Pero en fin, no le culpo.

– Deberías -declaró, irritado-. El motivo que tuvo para abandonarte es tan deshonroso como egoísta en extremo.

Ella sonrió sin humor.

– Me siento halagada por tus palabras, Simon, pero dime: ¿de qué sirve una amante cuando ya no te da placer?

– Un hombre que no obtenga placer de ti, es un ciego. Y un completo idiota.

Genevieve lo miró a los ojos y le dedicó una sonrisa trémula.

– Gracias.

– ¿Qué pasó con tus cuadros?

– Seguí pintando durante muchos años, pero ahora me cuesta demasiado.

– ¿Lo has intentado?

– No, últimamente no. Tenía miedo de…

– ¿De qué?

Genevieve frunció el ceño.

– De fracasar, de no ser capaz de crear belleza. Pero ahora, tú me has reavivado la esperanza de que… en fin, no sé. Tal vez lo intente de nuevo.

– Deberías intentarlo. Y espero que lo consigas… Por cierto, ¿el cuadro que está sobre la chimenea, el que vi en tu casa, es tuyo?

Ella asintió.

– Sí, siempre ha sido mi preferido.

– No me extraña. Es una obra extraordinaria.

– Gracias, Simon. Pero quiero que sepas una cosa. Hasta que te conocí, mi amante había sido el único hombre de mi vida. No ha habido otros.

Simon se sintió como si el corazón le fuera a estallar.

– Te agradezco que me lo digas. Es algo tan personal que te habrá resultado difícil.

– Y ahora que sabes todo lo que hay que saber de mí, ¿aún te gustaría repetir este día?

– Sí -dijo sin dudarlo-. ¿Y a ti?

– También.

Ella sonrió y él maldijo que su tiempo se hubiera acabado. Baxter aparecería de un momento a otro.

Los dos bajaron la mirada y vieron que Belleza se había quedado dormida a sus pies.

– La hemos matado de aburrimiento -dijo él.

– Mejor. De lo contrario, echaría a correr por el camino y nos obligaría a seguirla a toda prisa.

Él la abrazó y la besó. Ella se entregó inmediatamente a él y permitió que su lengua explorara el calor sedoso de su boca.

Simon sólo pensó una cosa más. Esperaba poder disfrutar de otro día como aquél antes de que su misión y su vida en Londres los separara.

Capítulo Quince

Simon miró el cuadro de la chimenea, el cuadro de Genevieve. Había encendido una vela y su luz escasa bastaba para resaltar los colores, tan vibrantes que parecían querer salir del lienzo. Observó la marca de las pinceladas y el paisaje marino y se preguntó si la mujer rubia sería la propia Genevieve. Además de ser inteligente, amable, encantadora, bella y sensual, tenía un talento asombroso. O lo había tenido, al menos, hasta que el problema de sus manos le robó la confianza.

Suspiró, decidió concentrarse en su labor y pasó a otra habitación, buscando paneles sueltos en las paredes, ladrillos flojos, fondos falsos en los cajones, tablones huecos o cualquier otra cosa que pudiera ocultar el lugar donde Genevieve había escondido la carta.

Se sentía terriblemente frustrado. Llevaba varios días en Little Longstone y no había avanzado nada en la investigación, incluso pensó en enviar una nota a Waverly para preguntarle si Miller, Albury o él mismo habían descubierto algo en su ausencia. Pero descartó rápidamente la idea.

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