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Электронная книга - «Caricias de fuego». Краткое содержание книги:

Genevieve Ralston sabía cómo satisfacer a un hombre; pero cuando su amante la abandonó sin contemplaciones, se dijo que no querría nada más con el sexo opuesto. Hasta que conoció a Simon, un caballero atractivo e inquietante del que no podía apartar las manos. Pero Simon Cooperstone, vizconde de Kilburn, era espía. Tenía la misión de recuperar una carta misteriosa que se encontraba en manos de Genevieve; y al intentar seducirla para conseguir su objetivo, olvidó poner a salvo su corazón. ¿Estaría a la altura de una amante tan sensual y experimentada?
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Los mensajes se podían interceptar; era un riesgo excesivo. Sólo sabía que el conde debía de haber muerto a manos de alguno de sus enemigos políticos; lamentablemente, Ridgemoor tenía tantos enemigos en vida que esa información no le servía de nada. Necesitaba la carta. El tiempo se estaba acabando. Cuando llegó al dormitorio de Genevieve, miró la cama y su imaginación lo traicionó de inmediato con escenas de amor. Cerró los ojos para borrarlas, pero no lo consiguió hasta que se dio la vuelta y miró el escritorio.

Aunque ya lo había registrado con anterioridad, decidió abrir otra vez el cajoncillo superior. Mientras pasaba las páginas de la que seguramente iba a ser la segunda parte de Guía para damas, pensó que era una suerte que Genevieve hubiera encontrado aquel lugar. En Little Longstone estaba a salvo. Era una pena que su vida y su trabajo estuvieran en Londres, tan lejos.

Sus ojos se fijaron entonces en la papelera. En su interior había una hoja arrugada que alcanzó, alisó y leyó:

La mujer moderna debe mantener la cabeza sobre los hombros cuando se encuentre en compañía de un caballero atractivo y encantador. Cuanto más atractivo y más encantador sea el hombre, más difícil será de conquistar; en consecuencia, hay que concentrarse en algo que no guarde la menor relación con él; como por ejemplo, recitar mentalmente él monólogo de Hamlet o realizar alguna tarea tediosa como contar hasta cien.

Simon sonrió. Genevieve era una mujer notablemente astuta. Y por motivos que ni él mismo comprendió, dobló la hoja y se la guardó en un bolsillo en lugar de devolverla a la papelera donde la había encontrado.

Varias horas después, cuando empezaba a amanecer, había registrado hasta el último rincón de la casa. Estaba agotado y no había encontrado nada, salvo su propia conciencia, que lo criticaba amargamente por abusar de aquel modo de la intimidad de Genevieve.

Debería habérselo preguntado. Debería haber confiado en ella como ella había confiado en él. Pero para ser sincero con ella, tendría que confesarle su identidad y el motivo real que lo había llevado a Little Longstone, lo cual implicaba confesarle que la había estado espiando desde el principio.

Si sólo se hubiera preocupado por él, se lo habría dicho. Sin embargo, ahora había más cosas en juego. Genevieve estaba convencida de que lo único que deseaba de ella era su afecto; si se llevaba una decepción, era probable que también perdiera la confianza que había ganado al enseñarle las manos y contarle su problema.

Para entonces, Simon estaba más preocupado por ella que por su misión; el trabajo ya no le importaba nada, aunque su vida pendiera de un hilo. Pero si no encontraba aquella carta, no tendría más remedio que pedírsela y esperar que ella lo perdonara.

Simon frunció el ceño y pensó que en realidad daba igual que lo perdonara o no. Al fin y al cabo, se marcharía de Little Longstone y no volverían a verse.

Suspiró, apagó la vela y caminó hacia el vestíbulo con intención de salir al exterior y echar un vistazo. El aire fresco le aclararía las ideas.

Pero no llegó a salir. Ya había puesto la mano en el pomo de la puerta cuando oyó una voz ronca a sus espaldas.

– Si se mueve, le pego un tiro.

Simon se quedó helado y se maldijo por haber bajado la guardia. La voz sonaba tan cerca que su dueño no erraría el tiro aunque fuera mal tirador, pero lo suficientemente lejos como para disuadirlo de una solución violenta.

De momento, su mejor baza era obedecer.

– No me moveré -aseguró.

– Ponga las manos detrás de la cabeza, pero hágalo lentamente. Dispararé al menor movimiento brusco.

Simon se estremeció al reconocer la voz. En otras circunstancias se habría sentido aliviado, pero en aquéllas, sólo sintió un frío intenso y una punzada en el estómago. Detrás de él no sólo estaba el asesino de Ridgemoor, sino también un traidor a su país y un traidor a la amistad.

– Se ha equivocado de persona -dijo.

– Al contrario. Usted es la persona más adecuada, Kilburn. Lo lamento sinceramente; ha aparecido en el lugar y en el momento más inconvenientes.

– No es la mejor forma de saludar a un viejo amigo, Waverly.

John Waverly, su jefe, su mentor, el hombre al que había admirado y respetado durante años, soltó una carcajada.

– No somos amigos, Kilburn.

Simon se sintió como si le hubieran dado un puñetazo y se giró.

– Eso es evidente.

– He dicho que no se mueva…

– Sí, lo sé, pero necesita tenerme de frente. Ningún hombre de honor dispararía a otro por la espalda, y sospecho que eso es lo que pretende hacer: dispararme y ponerme el arma en la mano para que todos piensen que ha sido un suicidio.

– Por supuesto; pensarán que se ha suicidado porque se sentía culpable de la muerte de Ridgemoor. Pero dejará una nota que lo explicará todo.

– Nadie lo creerá.

Simon lo dijo por decir. Waverly era un hombre tan poderoso que no pondrían en duda sus palabras.

– Claro que lo creerán.

– Asesinar a Ridgemoor fue totalmente innecesario, John.

– Me temo que se equivoca. La posibilidad de que lo nombraran primer ministro era cada vez más real. Sus reformas políticas habrían sido un desastre para varios de mis negocios; se sorprendería de saber cuánto dinero gano con mis propiedades de Londres. Si Ridgemoor hubiera llegado al poder, habría cumplido su palabra de luchar contra la corrupción; pero sólo me quedaban unos años para jubilarme, dejar la profesión de espía y convertirme en un hombre rico.

Simon sintió una ira intensa.

– Todo ese dinero lo ha ganado a costa del sufrimiento de otros.

Waverly se encogió de hombros.

– Todo el mundo sufre. Excepto los que son de su clase, Kilburn, los que nacen en familias ricas y privilegiadas. Pero ni su título ni sus riquezas le van a servir ahora… aunque espero que me esté agradecido por matarlo con rapidez.

– Por supuesto. Le quedaré eternamente agradecido -bromeó.

Waverly movió la cabeza.

– El sarcasmo no le queda bien, Simon.

– Lo más ridículo del asunto es que cabía la posibilidad de que Ridgemoor no llegara a ser primer ministro -le recordó.

– En realidad no importa. Aunque no lo hubiera conseguido, tenía demasiado poder y había empezado a sospechar. Desgraciadamente, mi primer intento de asesinato fracasó; él se enfrentó a mí y me dijo que no sólo tenía pruebas sobre mis actividades ilegales, sino que también sabía que había intentado matarlo.

– Pruebas que dejó por escrito en una carta.

Waverly asintió.

– Sí, un detalle sumamente inconveniente. Lo presioné hasta donde fue posible, pero se negó a hablar. Usted llegó justo después de que decidiera que no podía perder más tiempo con él. Incluso pensé que lo de la carta era un farol y que no existía…

– Pero existía.

– Lo supe cuando usted se presentó en mi despacho y me pidió dos semanas para demostrar su inocencia. Llegué a la conclusión de que la carta existía de verdad y de que el conde se lo había contado antes de morir.

– Y me siguió hasta aquí…

– Sí -dijo cori disgusto-. Debí imaginar que enviaría esa condenada carta a su ramera.

Simon se puso tenso.

– La señora Ralston no sabe nada del asunto.

– También se equivoca en eso. Sabe tanto que sacó la carta de la caja.

Simon pensó que Waverly había sido la presencia que notó en el festival de Little Longstone, el hombre que había entrado en casa de Genevieve y que había atacado a Baxter. Si no lograba convencerlo de que ella no sabía nada del asunto, la mataría con toda seguridad.

Antes de que pudiera abrir la boca, Waverly dijo:

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