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Электронная книга - «Caricias de fuego». Краткое содержание книги:

Genevieve Ralston sabía cómo satisfacer a un hombre; pero cuando su amante la abandonó sin contemplaciones, se dijo que no querría nada más con el sexo opuesto. Hasta que conoció a Simon, un caballero atractivo e inquietante del que no podía apartar las manos. Pero Simon Cooperstone, vizconde de Kilburn, era espía. Tenía la misión de recuperar una carta misteriosa que se encontraba en manos de Genevieve; y al intentar seducirla para conseguir su objetivo, olvidó poner a salvo su corazón. ¿Estaría a la altura de una amante tan sensual y experimentada?
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– No lo niegue, Kilburn. Si hubiera encontrado esa carta, no habría perdido toda la noche registrando la casa.

– Genevieve sacó la carta de la caja, es cierto, pero no sabe nada más.

– Si pretende convencerme de que no sabe leer…

– Ridgemoor la escribió en lenguaje cifrado. Genevieve no adivina que pueda ser importante. Le habrá parecido una carta sin interés.

Waverly sonrió de forma desagradable.

– Sea como sea, me divertiré mucho mientras la convenzo para que me la devuelva.

Simon dijo lo primero que se le pasó por la cabeza. Tenía que salvar a Genevieve.

– Va a ser difícil, porque la carta la tengo yo.

Waverly entrecerró los ojos.

– Miente. Ha registrado la casa y ahora es su ramera. Es evidente que quiere protegerla.

– No esté tan seguro. Cuando atacó a su criado, me proporcionó la excusa perfecta para alejarlos a los dos y buscar la carta con toda libertad. La he encontrado.

Waverly lo estudió durante varios segundos.

– ¿Dónde está?

– En el bolsillo de mi chaleco.

– ¿Dónde la ha encontrado?

– Estaba en la sala de estar, escondida tras un ladrillo suelto de la chimenea.

Waverly sacudió la cabeza.

– Mentira. Yo mismo registré esa chimenea.

Simon se encogió de hombros.

– Pero no tuvo tanto tiempo como yo. Si quiere, estaré encantado de enseñarle el lugar.

– No, limítese a entregarme la carta.

– No puedo. Ha dicho que no me mueva.

Waverly lo miró con cara de pocos amigos.

– No juegue conmigo, Kilburn. Podría pegarle un tiro ahora mismo y quitársela.

– Podría, pero ¿qué pasaría después si descubre que he mentido? Que estaría muerto y no podría decirle la verdad -afirmó.

– Lleve una mano al bolsillo y saque lentamente la maldita carta. Como me haya mentido, no me limitaré a dispararle; me encargaré de que su hermano y su hermana no tengan cadáver suficiente para organizar un entierro digno.

La mano de Waverly sostenía la pistola con total firmeza y estaba decidido a cumplir su amenaza. Simon debía actuar; sólo tendría unos segundos para acabar con él y salvar a Genevieve y a su amigo Baxter. Era prácticamente seguro que moriría en el intento, pero no podía hacer otra cosa.

Con la mirada clavada en los ojos de Waverly, Simon sacó la hoja que se había guardado en el dormitorio de Genevieve. Waverly la miró y sonrió. Simon extendió el brazo y la dejó caer.

Waverly miró al suelo y Simon aprovechó la oportunidad.

Se agachó con la velocidad de un rayo, sacó el cuchillo de la bota y lo lanzó. Waverly gritó y disparó inmediatamente. Antes de perder el conocimiento, Simon supo que había acertado.

Capítulo Dieciséis

– Deprisa, Baxter.

Genevieve corrió por el camino. Su casa de campo estaba ya muy cerca, y su tensión crecía con cada paso que daba. El sol había salido media hora antes y Simon todavía no había regresado. Tenía un mal presentimiento.

– Seguramente no se ha dado cuenta de la hora -dijo Baxter-. Aunque también cabe la posibilidad de que se haya marchado, Gen. No sería el primer canalla que huye de una mujer tras conseguir lo que quiere de ella.

Genevieve sacudió la cabeza.

– No, no creo que se haya marchado. Él no es así.

Genevieve lo sabía en el fondo de su corazón. Ningún hombre la había tocado, acariciado y hecho el amor como él. Incluso había aceptado la imperfección de sus manos sin dudarlo un segundo. Simon no sería capaz de haberse marchado sin despedirse siquiera.

– Maldita sea, Gen, todos los hombres son así.

– No es verdad. Tú no lo eres.

– No lo soy porque no pretendo acostarme contigo. Pero te prometo una cosa: aunque crea que estás mejor sin él, si ese cerdo se ha atrevido a marcharse, lo buscaré, lo encontraré y haré que se arrepienta.

– Baxter, no quiero que…

Genevieve no terminó la frase. En ese momento sonó un disparo. Baxter la tomó rápidamente del brazo y la obligó a ocultarse al abrigo de un árbol.

– Ha sonado en la casa -dijo él.

Ella se humedeció los labios.

– Sí. Pero Simon no tiene pistola…

– Quédate aquí. Iré a mirar.

– No, no. Yo voy contigo.

Baxter murmuró algo sobre las mujeres obstinadas, pero permitió que lo acompañara y avanzaron hacia la casa. En cuanto abrieron la puerta, vieron a dos hombres en el suelo del vestíbulo; uno de ellos era Simon.

– Dios mío…

Genevieve se arrodilló junto a su amante y comprobó la herida que tenía en la sien. Estaba aterrorizada, pero sacó fuerzas de flaqueza y se dijo que no era momento para dejarse llevar por el miedo.

Se arrancó un trozo de tela del vestido y le limpió la herida. Después, llevó una mano al cuello de Simon y le tomó el pulso.

– Este tipo está muerto -le informó Baxter-. ¿Qué tal está Cooper?

Genevieve suspiró y dijo:

– Vivo. Trae agua, paños y vendas. Y por favor, date prisa…

Baxter salió corriendo en dirección a la cocina.

– Simon, ¿puedes oírme? Soy Genevieve… Por favor, Simon, despierta…

La sangre de Simon había empapado el trozo de tela, así que tuvo que arrancarse otra tira.

– Te lo ruego, Simon. Mi querido Simon… vuelve en ti. Si lo haces, te prometo que Baxter te preparará una bandeja entera de sus famosos bollitos. O una tarta. Sé que tienes debilidad por los dulces…

Él no se movió. No hizo el menor sonido.

Genevieve apretó la tela contra su herida, muy preocupada por la cantidad de sangre que estaba perdiendo, y se sintió terriblemente culpable.

Aquello era culpa suya. Nunca habría pasado si Richard no le hubiera enviado aquella caja. Obviamente, el hombre que yacía muerto en el vestíbulo había intentado encontrar la carta y había disparado a Simon, que ahora se encontraba entre la vida y la muerte.

– No me dejes, por favor -rogó-, no me dejes. Acabamos de conocernos. No puedo perderte, no puedo perder al hombre que amo…

El descubrimiento repentino de que lo amaba, la llenó de rabia y de desesperación. Nunca habría imaginado que volvería a enamorarse, ni mucho menos tan intensamente y tan deprisa. No podía perderlo ahora. No sin confesarle su amor. No lo podía permitir. Apretó los labios contra su oído y murmuró:

– Te amo, Simon. Por favor, vuelve en ti para que pueda decírtelo. Por favor…

Baxter volvió en ese momento y entre los dos le limpiaron la herida y lo vendaron. Genevieve no sabía cuántos minutos habían pasado desde que entraron en la casa y lo descubrieron en el suelo; seguramente, sólo cinco o seis; pero a ella le parecía una eternidad.

Justo cuando pensaba que no soportaría más tiempo aquel silencio, Baxter habló.

– La hemorragia se ha detenido. Tiene un buen chichón en la cabeza, pero nada grave… la bala le ha pasado rozando.

Segundos después de que Baxter terminara de hablar, Simon gimió y abrió los ojos muy despacio, con dificultad.

Genevieve lo tomó de la mano y preguntó:

– ¿Puedes oírme?

Simon la miró a los ojos y se humedeció los labios.

– ¿Te encuentras bien?-dijo él.

Ella hizo un ruido a medio camino de la carcajada y el sollozo.

– Sí, sí, me encuentro bien. Baxter, por favor, ve a buscar al doctor Bailey y al juez. Yo me quedaré aquí, con Simon…

Baxter asintió.

– Primero echaré un vistazo a la casa. Parece que no hay nadie más, pero quiero asegurarme.

– Genevieve… -susurró Simon.

– Sí, cariño, estoy contigo.

Simon frunció el ceño e hizo un gesto de dolor.

– La cabeza me duele mucho. ¿Qué ha pasado?

– Te han disparado.

Él parpadeó e intentó levantarse, pero el dolor era tan intenso que tuvo que cerrar los ojos otra vez y se quedó muy quieto.

Al cabo de unos segundos, preguntó:

– ¿Waverly?

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