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Электронная книга - «Caricias de fuego». Краткое содержание книги:

Genevieve Ralston sabía cómo satisfacer a un hombre; pero cuando su amante la abandonó sin contemplaciones, se dijo que no querría nada más con el sexo opuesto. Hasta que conoció a Simon, un caballero atractivo e inquietante del que no podía apartar las manos. Pero Simon Cooperstone, vizconde de Kilburn, era espía. Tenía la misión de recuperar una carta misteriosa que se encontraba en manos de Genevieve; y al intentar seducirla para conseguir su objetivo, olvidó poner a salvo su corazón. ¿Estaría a la altura de una amante tan sensual y experimentada?
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– Supongo que te refieres al otro hombre…

Él se puso en tensión.

– Sí, sí…

– Está muerto, Simon.

La noticia pareció aliviarle mucho.

– Menos mal.

Baxter reapareció entonces y declaró:

– La casa está vacía. Me voy; volveré con el médico y con el juez.

Guando el mayordomo se marchó, Simon miró a Genevieve y volvió a hablar.

– ¿Cómo me habéis encontrado?

– Ya había amanecido y no volvías, así que empezamos a preocuparnos. Al llegar, te hemos visto en el suelo. El otro hombre ya estaba muerto. Tiene un cuchillo clavado en el pecho -le informó.

– Comprendo…

– ¿Qué ha ocurrido, Simon?

Simon se empeñó en sentarse. Le costó mucho y fue un proceso lento y doloroso, pero lo consiguió con ayuda de Genevieve. Unos minutos después, cuando ya se encontraba algo mejor, miró los preciosos ojos azules de su amante y se sintió culpable por todo lo que había sucedido.

Genevieve se preocupaba por un hombre de quien desconocía su nombre real y hasta su profesión; por un hombre que se había aprovechado de ella.

Apretó los labios y la miró.

– Anoche me confesaste que no habías sido totalmente sincera conmigo, que tus circunstancias no eran las que yo pensaba. Pues bien, hoy me encuentro en la misma tesitura que tú. No trabajo para el señor Jonas Smythe; a decir verdad, esa persona no existe. Trabajo para la Corona.

Genevieve parecía confusa.

– ¿Eres administrador de la Corona?

– No, no. Me dedico a obtener información y a capturar a individuos que supongan un peligro para el país -respondió.

Ella parpadeó.

– ¿Eres un espía?

– Sí.

– Un espía… -repitió-. ¿Desde cuándo?

– Desde hace ocho años.

– ¿Y cómo te convertiste en espía?

– Me presenté voluntario. Mi familia es rica y nunca había necesitado nada… hasta entonces. Me dedicaba a disfrutar de mis privilegios y de mi dinero y no hacía nada más, nada de valor. Pero una noche, unos amigos y yo entramos en una taberna de una zona de Londres que nunca visitábamos. Me enfrasqué en una conversación con el posadero, que se llamaba Billy. En realidad, sólo pretendía reírme a su costa. Pero curiosamente, aquel hombre me cambió la vida.

– ¿Cómo?

– Hablándome de la suya. Me dijo que había servido en la Marina y que había estado a punto de morir en una batalla. Sobrevivió, pero perdió una pierna y tuvo que buscar desesperadamente un trabajo para sacar adelante a su esposa y a su hijo. Hablaba con tanta pasión de ellos, que de repente pensé en mi propia vida y me di cuenta de que la estaba desperdiciando por completo.

– Entiendo…

– Supe que, mientras otros hombres se dedicaban a servir a su país, yo no hacía otra cosa que ir de fiesta en fiesta, de taberna en taberna y de placer en placer. Me disgustó tanto que decidí cambiar, hacer algo importante, algo digno. Algo de lo que me pudiera sentir orgulloso -confesó.

Ella asintió lentamente.

– Si nos hubiéramos conocido hace ocho años, no me habrías gustado…

– Casi seguro que no. Difícilmente podría gustarte yo cuando ni yo mismo me gustaba.

– ¿Y ahora? ¿Te gustas más?

– En este momento preciso… no. Te he mentido. Pero en general, sí. Me enorgullezco del trabajo que he hecho y de la gente a quien he ayudado. Por desgracia, mi trabajo implica secreto y el secreto implica mentiras. Durante ocho años he mentido a mis amigos y a mi familia; ninguno de ellos sabe lo que tú sabes ahora. Pero créeme, Genevieve, no te habría mentido de no haber sido necesario.

Ella volvió a asentir.

– Eso significa que no viniste a Little Longstone de vacaciones…

– No, en absoluto. Vine para encontrarte. Para recuperar la carta que lord Ridgemoor te envió.

Genevieve palideció y soltó su mano. Simon habría dado cualquier cosa por recuperar el contacto con ella, pero prefirió no presionarla.

– ¿Cómo lo sabías?

Simon contestó a su pregunta y le contó todo lo demás, desde el plan de Waverly para asesinar al conde y culparlo a él de su muerte, hasta las últimas palabras del hombre que había sido su superior en el servicio de espionaje.

No se guardó nada. Fue completamente sincero con ella. Y cuando terminó, Genevieve permaneció en silencio durante un minuto antes de hablar.

– Entonces, Richard está muerto.

– Sí, lo siento. Sé cuánto lo apreciabas.

– Siempre supiste que no era viuda, que había sido su amante.

– Sí.

– Te ganaste mi amistad, coqueteaste conmigo, me sedujiste… y todo, porque querías esa maldita carta -afirmó.

– No, yo…

Genevieve alzó una mano para que la dejara hablar.

– No mientas de nuevo, Simon.

– No miento. Admito que vine con intención de recuperar la carta a cualquier precio. Pero cuando te vi… no eras lo que yo esperaba. Genevieve, lo que hemos compartido es absolutamente real, verdadero.

Genevieve soltó una risa de incredulidad.

– ¿Real? ¡Pero si se basa en una mentira! Si tanto querías esa carta, ¿por qué no me la pediste?

Simon tardaba tanto en responder que Genevieve lo adivinó antes.

– Dios mío… No me la pediste, porque pensabas que estaba involucrada en la muerte de Richard.

– Era una posibilidad, sí.

– De manera que no solamente me sedujiste para conseguir tu objetivo, sino que además lo hiciste creyéndome directa o indirectamente responsable de un asesinato. ¿Y dices que te sientes orgulloso de tu trabajo?

Sin pensarlo, Simon extendió un brazo para tocarla. Pero ella se apartó como si su contacto le quemara.

– Al principio no podía ser sincero contigo. Lo único que sabía de ti era lo que me dijo un hombre moribundo, Ridgemoor; y más que exonerarte, sus palabras te incriminaban. Sólo diré, en mi defensa, que supe que eras inocente en cuanto pasé unos minutos contigo.

– Y no obstante, te guardaste la verdad.

– Pensaba contártelo todo y pedirte la carta hoy mismo, cuando volviera a la casa.

– Claro, pero únicamente porque la habrás buscado por todas partes y no la has encontrado. Supongo que has registrado nuevamente mis pertenencias…

Simon carraspeó.

– Sí, es cierto. Pero te equivocas si crees que te seduje para conseguir la carta. Eso no ha tenido nada que ver. De hecho, hace tiempo que sólo me importas tú.

– ¿Que sólo te importo yo? -dijo con amargura-. Sí, por supuesto. Cómo es posible que no me haya dado cuenta.

– Genevieve, intentaba atrapar a un asesino, a un hombre que no sólo era una amenaza par ti y para mí, sino para Inglaterra. Pensaba decírtelo en cuanto me fuera posible. No pretendía hacerte daño.

Genevieve sabía que no la había herido a propósito, pero eso no cambiaba las cosas.

Se levantó, dio la espalda a Simon y caminó hacia la escalera.

– ¿Adónde vas?

– A buscar la carta. Al fin y al cabo, es lo que querías.

Cuando ya se había marchado, Simon vio la hoja que le había dado a Waverly, la que le había salvado la vida. Se levantó con cuidado, se apoyó en la pared y se la guardó. Ella volvió poco después.

– Richard me envió una nota además de la caja; una nota que destruí a petición suya y que decía que pasaría a recogerla. Estaba muy enfadada con él. Me había abandonado sin decírmelo a la cara, se había marchado con una mujer más joven y meses después me envía una nota para que le guarde un objeto.

Genevieve se detuvo y apretó los labios antes de continuar.

– Sabía que la caja era importante para él y decidí que si quería recogerla, tendría que venir en persona. Tardé varias horas en descubrir cómo se abría, pero pensé que Richard rompería su palabra y que no vendría personalmente a recogerla, así que saqué la carta y la escondí en la parte de atrás de un retrato viejo que está mi dormitorio. Aquí la tienes.

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