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Электронная книга - «Caricias de fuego». Краткое содержание книги:

Genevieve Ralston sabía cómo satisfacer a un hombre; pero cuando su amante la abandonó sin contemplaciones, se dijo que no querría nada más con el sexo opuesto. Hasta que conoció a Simon, un caballero atractivo e inquietante del que no podía apartar las manos. Pero Simon Cooperstone, vizconde de Kilburn, era espía. Tenía la misión de recuperar una carta misteriosa que se encontraba en manos de Genevieve; y al intentar seducirla para conseguir su objetivo, olvidó poner a salvo su corazón. ¿Estaría a la altura de una amante tan sensual y experimentada?
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– Fuiste muy inteligente. No se me ocurrió mirar allí…

Simon leyó la carta y añadió:

– Está cifrada, como suponía; pero según las últimas palabras de Ridgemoor, esta carta demostrará la culpabilidad de Waverly y mi inocencia. Gracias, Genevieve. Por esto y por haberme cuidado al verme herido.

– De nada. Me disgusta terriblemente que me hayas mentido, pero quién soy yo para criticarte por ello. He mentido tanto que no estoy en posición de juzgar a nadie. Comprendo que actuaste de ese modo porque te pareció lo mejor.

Simon la miró.

– ¿Lo dices de verdad? Me gustaría que siguiéramos juntos. Te doy mi palabra de que no estaba abusando de tu confianza. Me acerqué a ti para conseguir la carta, pero luego… las cosas cambiaron y se convirtieron en otra cosa.

– Bueno, ya tienes lo que quieres.

– Sin embargo, hay algo que todavía no sabes. Algo sin importancia.

– ¿Qué es?

– No me apellido Cooper, sino Cooperstone.

– En tus circunstancias, es lógico que te cambiaras el apellido. Cualquiera habría reconocido el de tu familia.

– En efecto. Soy Simon Cooperstone, vizconde de Kilburn. A tu servicio.

– Eres vizconde…

Genevieve lo dijo como si el título nobiliario le pareciera una enfermedad infecciosa.

– Sí, lo soy. Pero a la mayoría de la gente le parecería una buena noticia…

– Yo no soy como la mayoría de la gente.

Antes de que Simon pudiera hablar, la puerta se abrió y Baxter apareció en compañía de un caballero alto con aspecto de funcionario del Estado y un hombre de pelo gris que llevaba un maletín negro.

– ¿Vizconde? -preguntó el mayordomo-. ¿Es vizconde?

– Me temo que sí.

Baxter lo miró como si deseara arrancarle las tripas allí mismo, pero se contuvo.

Simon le contó al juez lo sucedido y el médico certificó la muerte de Waverly. Después, retiraron el cadáver y se dirigieron a la sala de estar, donde el doctor le examinó las heridas y lo interrogó para saber si tenía náuseas o se sentía mareado.

– ¿Cuándo podré viajar, doctor?

– La herida es leve y no ha perdido demasiada sangre, milord. En mi opinión, podría marcharse de Little Longstone hoy mismo, en cuanto lo estime oportuno. Pero recomiendo que viaje en coche y no a caballo.

– ¿Hay algún lugar donde pueda conseguir un carruaje?

– Sí, cerca de mi casa. ¿Quiere que le envíe uno?

– Se lo agradecería. Tengo que volver a Londres en cuanto pueda.

Durante su conversación, Genevieve se había mantenido junto a la ventana. Simon la miró mientras el médico le cambiaba las vendas y la encontró tan solitaria que deseo abrazarla; pero supuso que se resistiría.

Tenía que marcharse, no había otra solución. Y ella se quedaría allí.

Sin embargo, sabía que no podría olvidarla.

Genevieve miró por la ventana de la sala de estar mientras Simon le decía al doctor Bailey que debía volver a Londres enseguida. Y hasta lo encontró irónico, porque el hombre que había hablado ya no era Simon Cooper, sino Simon Cooperstone, vizconde de Kilburn.

Cerró los ojos con fuerza. Un vizconde. El destino se estaba burlando de ella. Primero, por hacerle creer que estaba a punto de morir; después, por demostrarle que se había enamorado de él; y finalmente, por robarle toda esperanza de permanecer a su lado. Todos sus sueños se habían evaporado de repente. Sabía que intentaba atrapar a un asesino y que tenía buenos motivos para comportarse de ese modo, pero eso carecía de importancia en ese momento.

Lo importante, lo verdaderamente importante, era que él era un aristócrata y ella una escritora que escribía con seudónimo. Pertenecían a mundos tan distintos que su relación resultaba imposible.

Unos segundos después, oyó su voz.

– El médico ha dicho que puedo viajar. Me marcharé a Londres en cuanto arregle el asunto de mi transporte.

– Lo comprendo.

– Tengo que irme, Genevieve. Es mi deber. Debo informar a las autoridades, entregar la carta a nuestros servicios de codificación y…

– No necesita explicarse, milord. Lo entiendo perfectamente.

Simon frunció el ceño y se acercó. Ella tuvo que hacer un esfuerzo para no retroceder. Deseaba que aquel día no hubiera llegado nunca, que él siguiera siendo un simple administrador y ella una mujer enamorada.

– Soy Simon, el mismo de siempre. No me llames milord. Quiero que sepas que nunca podré olvidar el tiempo que ha pasado contigo.

Genevieve sonrió con debilidad.

– Yo tampoco lo olvidaré… Simon.

– Genevieve, quiero volver a verte. No quiero que esto sea una despedida.

Ella sintió un pinchazo en el estómago.

– Me temo que lo es. Ya he sido amante de un noble y no voy a repetir la experiencia.

– Pero…

– Seguir con nuestra relación no serviría de nada. No duraría mucho. Yo vivo en Little Longstone y tú tienes tu vida y tu trabajo en Londres. Al final, tendrás que casarte con una mujer de tu clase para que te dé un heredero; y no estoy dispuesta a ser tu amante entre bastidores. Tenemos que despedirnos, Simon.

– Genevieve…

– Siempre te recordaré con cariño, y espero que tú me recuerdes del mismo modo. Sólo deseo que tengas una vida larga y feliz.

Durante unos segundos, Simon se limitó a mirarla sin decir nada.

– Sí, siempre te recordaré con cariño -dijo al fin-, y espero que tengas una vida mágica. Mi querida Genevieve… hazme un favor: no vuelvas a pensar nunca, bajo ningún concepto, que eres menos que perfecta.

Dicho esto, la tomó de la mano, se la besó y salió de la habitación.

La puerta se acababa de cerrar cuando ella dejó escapar las lágrimas que había contenido desde que lo vio herido en el suelo.

Capítulo Diecisiete

Las dos primeras semanas tras la marcha de Simon pasaron para Genevieve entre accesos de tristeza y paseos por los alrededores de la casa. Hasta temía acercarse al manantial; le recordaba su encuentro amoroso con Simon y no habría vuelto a él de no haber sido estrictamente necesario por motivos de salud.

Intentaba mostrarse animada delante de Baxter, pero sabía que su amigo no se dejaba engañar con tanta facilidad; de hecho, había amenazado literalmente con hacer picadillo al vizconde. Y ella lo había defendido. Simon se había portado de forma honrada con ella; hasta le había ofrecido que continuaran la relación. Pero no podía ser. En tales circunstancias, no se sentía con fuerzas de afrontar los deseos, las esperanzas y los sueños que Simon le inspiraba.

Quince días después de su marcha, alguien llamó a la puerta. Genevieve tuvo la absurda esperanza de que fuera él, pero resultaron ser Baxter y un caballero de edad avanzada que se presentó como abogado londinense.

– Tengo una carta para usted, señora Ralston -dijo el desconocido, que se apellidaba Evans-. He representado los intereses de lord Ridgemoor durante mucho tiempo. Hace un año, me pidió que guardara esta carta y que se la entregara en persona si él fallecía. Si tiene alguna pregunta al respecto y desea hablar conmigo, me alojaré en la posada del pueblo. Mañana a primera hora debo volver a Londres.

Desconcertada, Genevieve miró al caballo mientras este subía a su carruaje y se alejaba y, acto seguido, se dirigió a su dormitorio.

Una vez allí, se sentó frente al fuego y rompió el sello con manos temblorosas. La carta decía así:

Mi querida Genevieve:

Desde el día en que rompí nuestra relación, no he deseado otra cosa que volver a verte y pronunciar estas palabras en persona. Siento que te lleguen así; pero teniendo en cuenta las circunstancias, no habría otra forma.

Toda mi vida me he enorgullecido de decir la verdad; por eso me costó tanto mentirte. Porque eso fue exactamente lo que hice, mentirte, cuando te dije que ya no te deseaba. Genevieve, te he querido desde el día en que te conocí, desde que vi a la joven autora de aquellos cuadros que me llegaron al alma. Te he amado desde que te toqué por primera vez, con un amor que jamás he sentido por nadie más. Sé que te hice daño cuando te rechacé, y sólo puedo decir en mi defensa que aquello estuvo a punto de matarme de dolor.

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