El Largo Camino A Casa
- Автор: Стил Даниэла
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
– Mientes y lo sabes -replicó secamente la joven postulante de Vermont. La muchacha había llegado al convento tras un amargo desengaño amoroso. Era poco agraciada y el amor de su infancia había roto el compromiso una semana antes de la boda. El resentimiento la carcomía-vi cómo te miraba en el comedor. Si tú no se lo cuentas a la hermana Emanuel, yo lo haré.
Gabriella se puso en pie y miró indignada a la hermana Anne.
– Estás hablando de un sacerdote, de un hombre entregado a Dios que viene al convento para decirnos misa y oírnos en confesión. El solo hecho de pensar algo así de él ya es pecado. No sólo me estás insultando a mí, sino que estás poniendo en duda su vocación.
– Es un hombre como los demás, y los hombres sólo piensan en una cosa. Sé más de ese tema que tú.
La hermana Anne sabía que Gabriella llevaba diez años recluida en el convento de San Mateo. Ella, en cambio, había estado a punto de casarse y su prometido había huido con su mejor amiga del instituto. Creía tener mucho más mundo y era mucho más cínica que Gbariella, que todavía conservaba una inocencia poco común.
– Lo que dices es repugnante y creo que la hermana Emanuel estaría de cuerdo conmigo. Ignoro de qué estás hablando, pero yo nunca diría una cosa así de un sacerdote. Quizá sea hora de que hables con la hermana Emanuel sobre tus ideas. No te iría mal un poco más de fe y caridad.
Todavía indignada, Gabriella continuó con su tarea y las dos jóvenes no volvieron a dirigirse la palabra en toda la tarde. Finalmente la hermana Anne fue a preparar las largas mesas del comedor y Gabriella se quedó sola. Y para cuando regresó a su habitación para lavarse las manos y decir sus oraciones de la tarde, ya había recuperado la serenidad y estaba de mejor humor. Para ella el padre Connors era un ejemplo de devoción cristiana y poseía una dulzura y una bondad que todas deberían imitar. Gabriella sólo sentía admiración por él, y la insinuación de que había estado “coqueteando” con ella le parecía repulsiva.
Gbriella no volvió a pensar en el padre Connors hasta que lo vio en el altar oficiando la misa. Era domingo de Ramos y el cura almorzó con las monjas, y después de la comida, estando en el jardín, se cercó a Gabriella. La joven iba cargada con los ramos recogidos en la iglesia.
– Buenas tardes, hermana Bernadette. Me han contado que se ha pasado la semana plantando hortalizas. Por lo visto posee un don especial con las hierbas y los tomates gigantes. No olvide enviarnos algunos al colegio.
Sus ojos eran azules como el cielo de abril y sonrieron cuando Gabriella levantó la cabeza.
– ¿Quién se lo ha dicho?
– La hermana Emanuel. Dice que usted cría las mejores hortalizas del convento.
– Por eso me han permitido quedarme tantos años. Sabía que había una razón -bromeó Gabriella y juntos echaron a andar por el jardín.
– Puede que haya otras razones -dijo el cura.
Durante sus escasas visitas al convento había observado lo mucho que las hermanas querían a Gabriella. Sabía que había sido la protegida de la madre Gregoria durante la infancia, y al acercarse al huerto para que Gabriella le enseñase las hortalizas, comprendió por qué la joven significaba tanto para las hermanas. Poseía una distinción y una gracia que iban más allá de su porte y su aspecto físico. Era elegante por naturaleza y al mismo tiempo irradiaba una dulzura conmovedora. Se había convertido en una joven muy bonita, pero ella no era consciente. Nunca se paraba a pensar en su aspecto físico, y sin embargo hasta un religioso era capaz de apreciar su belleza. Era como un cuadro o una estatua de valor incalculable. Una bella obra de arte que atraía las miradas. Gabriella poseía una luz interior tan brillante que el padre la encontraba irresistible, y se dijo que era su intensa vocación lo que la hacía tan bella.
Gabriella le enseñó el amplio surtido de hortalizas y hierbas que había sembrado.
– Puedo plantar algunas más si quiere, aunque tendremos de sobras para compartir con ustedes cuando llegue el verano, siempre y cuando consiga que las hermanas no se impacientes y las recojan antes de tiempo. Tenemos una parcela entera de fresas -Gabriella la señaló con un dedo-. Las del verano pasado estaban deliciosas.
Asaltado por los recuerdos de su infancia en Ohio, el padre Connors sonrió.
– Yo solía recoger moras cuando era niño. Regresaba al San Marcos cubierto de jugo de moras y arañazos. Me comía tantas por el camino que el dolor de estómago me duraba una semana. Los hermanos me decían que era un castigo de Dios por mi glotonería, pero yo seguía haciéndolo. Valía la pena.
– ¿Estudió en un internado?
Gabriella estaba tan poco acostumbrada a hablar con gente nueva que sentía una curiosidad natural. Pese a su timidez a la hora de tratar con las personas ajenas al convento, le sorprendía lo cómoda que se sentía con el padre Connors. Y los desagradables comentarios de la hermana Anne habían quedado olvidados.
– Supongo que podría llamarse así -el padre Connors sonrió-. Mis padres murieron cuando yo tenía catorce años y como no tenía más parientes ingresé en el orfanato de mi pueblo. Lo llevaban unos franciscanos. Se portaron muy bien conmigo. -todavía sonreía con ternura cuando pensaba en ellos.
– Mi madre me dejó aquí cuando yo tenía diez años -explicó Gabriella con la mirada puesta en el jardín, pero él ya lo sabía.
– Qué extraño -dijo el cura, aunque sabía por boca de Gabriella que su madre no era una mujer corriente. Recordaba la mención de las palizas, y se dijo que quizá el hecho de que la abandonaran en el convento había sido una bendición más que otra cosa-. ¿Lo hizo por problemas económicos?
– No -respondió ella con calma-. Porque volvió a casarse y yo no encajaba en su nueva vida. Mi padre nos había dejado un año antes por otra mujer. Por motivos que desconozco, mi madre siempre me culpaba de sus problemas.
El cura la miraba compasivamente.
– Y usted, ¿sentía que era su culpa?
Le gustaba hablar con Gabriella y quería entender por qué había decidido quedarse en el convento. Para él era importante comprender a las personas a las que intentaba ayudar.
– Supongo que sí. Mi madre siempre me culpaba de todo, incluso cuando yo era muy pequeña… y yo siempre la creía. Llegué a la conclusión de que si no hubiera sido cierto mi padre habría intercedido por mí, y como nunca lo hizo acabé aceptando la culpa de todo. A fin de cuentas, eran mis padres.
– Una experiencia muy dolorosa.
Gabriella sonrió. Lo había sido, pero después de diez años de paz y seguridad ya no le parecía tan terrible.
– Lo fue. Pero quedarse huérfano a lo catorce tampoco debió de resultar fácil. ¿Murieron en un accidente?
Hablaban de una forma tan abierta y relajada que ninguno de losdos se dio cuenta de que el tiempo volaba. Gabriella se encontraba muy a gusto con el padre Connors, algo poco habitual en ella.
– No. Mi padre murió de un ataque al corazón a la edad de cuarenta y dos años, y mi madre se suicidó tres días después. Yo aún era muy joven para entender qué estaba ocurriendo, pero creo que mi madre se suicidó porque no pudo soportar el dolor. Un poco de asistencia psicológica la habría ayudado. Por eso esas cosas son tan importantes para mí. Ayudan mucho. -Gabriella asintió mientras se preguntaba qué clase de terapia habría sido la adecuada para su madre-. Tardé años en perdonarla por lo que hizo. Pero ahora hablo con mucha gente que se halla en situaciones similares, personas que se sienten atrapadas, asustadas, solas o abrumadas, que no ven solución a sus problemas. Es increíble la cantidad de gente que no tiene con quien hablar. Esa gente siente pánico por problemas que a los demás nos parecen insignificantes.
– Como la hermana Anne -Gabriella sonrió y esta vez los dos se echaron a reír.