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Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:

Con apenas siete años, Gabriella sabe que es culpable de algo, porque así se lo han dicho y que por eso su irascible madre la somete a terrible castigos y malos tratos. Y también sabe que su padre es incapaz de protegerla. Su mundo, una confusa mezcla de miedo, soledad y dolor, da un repentino vuelco cuando su madre la abandona en un convento. Allí crecerá al amparo del cariño y el afecto de las monjas, pero el amor prohibido que le despierta un joven sacerdote provocará otro dramático cambio en su vida y la obligará a salir al mundo real para enfrentarse a sus duros retos…
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
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Estaban compartiendo secretos importantes. Y tenían mucho en común. Ambos habían perdido a sus familias y terminado con su vida en el mundo exterior de forma súbita y definitiva, y ambos habían encontrado su salvación en una vida que no volvería a exponerlos a aquellos terribles problemas.

– ¿Cuándo decidió hacerse sacerdote? -preguntó Gabriella.

– Tomé la decisión cuando tenía quince años y entré en el seminario nada más terminar el instituto. No puedo imaginar mejor vida que ésta.

Ella sonrió inocentemente. Era tan atractivo que, en cierto modo, resultaba extraño verle con el cuello clerical.

– Apuesto a que muchas chicas se llevaron un buen disgusto.

– La verdad es que no. No me trataba con chicas. En San Marcos sólo había chicos. Y antes de eso era demasiado joven y tímido. Simplemente me pareció la decisión correcta y nunca he dudado de ella.

– Yo tampoco, una vez que estuve segura. Estuve dándole vueltas al asunto durante varios años. Las monjas siempre hablaban de la “llamada”, de la “vocación”, pero yo no me creía lo bastante buena. Esperaba oír voces o algo parecido, y al final simplemente comprendí que no quería irme de aquí. Éste es mi sitio.

Él asintió. Ambos sentían que ésa era la vida para la que habían nacido.

– Todavía tiene tiempo para pensárselo -dijo con dulzura, hablando de nuevo como un cura y no sólo como un a migo, pero Gabriella sacudió la cabeza.

– No necesito pensármelo más. Cuando fui a la universidad comprendí que no quería regresar al mundo exterior. Es demasiado duro para mí. No sabría qué hacer. Nunca he salido con chicos, nunca he querido conocer hombres. No sabría qué decirles. -sonrió, olvidando que el padre Connors era un hombre-. Y no quiero tener hijos.

Esto último sorprendió al cura, pero más le sorprendió la vehemencia con que lo dijo.

– ¿Por qué no?

– Lo decidí cuando era una niña. Tenía miedo de volverme como mi madre. ¿Y si acababa haciendo las cosas que ella me hacía?

– Eso es una tontería, hermana Bernadette. No tiene por qué padecer los mismos demonios que atormentaban a su madre. Hay muchas personas que experimentan una infancia terrible y luego son unos padres excelentes.

– Y si no ocurre así ¿qué? ¿Abandonas a los hijos en el primer convento que encuentres? No me gustaría jugar de esa manera con la vida de otra persona. Se lo que se siente.

– Debió de pasarlo muy mal cuando su madre la abandonó -dijo el padre Connors con tristeza, recordando el día que halló a su propia madre muerta.

Tras toda una vida de oración y servicio a Dios, todavía no había podido olvidarlo. La había encontrado en la bañera con las muñecas rajadas. Fue la primera y la última vez que había de verla desnuda. Los cortes, hechos con la navaja de afeitar de su padre, eran tan profundos que casi se había seccionado las manos.

– Sí -respondió Gabriella-, pero cuando comprendí que aquí estaba a salvo sentí un gran alivio. La madre Gregoria me salvó la vida. Ha sido como una verdadera madre para mí.

– Por lo que he oído, está muy orgullosa de que decidir ingresar en la orden. Será una buena monja, hermana Bernie. Es usted una buena persona.

– Gracias, padre. Usted también. Me alegro de que hayamos hablado -dijo ella, recuperando su timidez natural, regresando lentamente hacia la entrada para reunirse con las demás hermanas.

Habían conversado durante una hora como si no hubiese nadie más en el jardín.

– Cuídese, hermana.

Gabriella se alejó sonriendo y el padre Connors entró en el edificio para recoger sus cosas. Había pasado un domingo muy agradable. Le gustaba visitar a las monjas. El espíritu de las hermanas era una parte importante de su vida, y siempre había admirado el incansable trabajo que realizaban en hospitales y escuelas, y en las misiones donde tanto peligro corrían. Se preguntó entonces sobre el futuro de la hermana Bernadette. Podía imaginarla dando consuelo a los demás, sobre todo a los niños. Seguía pensando en ella cuando se despidió de la comunidad y regresó al colegio de San Esteban. Para entonces Gabriella estaba fregando el suelo de la cocina con otras dos postulantes y no reparó en la mirada de odio de la hermana Anne cuando pasó por su lado, como tampoco había visto a la madre Gregoria observarla durante su paseo con el joven sacerdote. De pie frente a la ventana de su despacho, la madre superiora había contemplado a la pareja con expresión inquieta. Eran tan jóvenes, tan inocentes y hacían tan buena pareja. Existía una curiosa similitud entre ellos.

La madre Gregoria había regresado luego a su mesa y pasado largo rato absorta en sus pensamientos, pero no dijo nada a la joven cuando la vio esa noche. Estaba tan dulce y alegre con sus hermanas que no tenía sentido preocuparla. La madre Gregoria había visto algo inquietante esa tarde, pero luego se dijo que eran imaginaciones suyas.

El padre Connors estuvo toda la semana siguiente de viaje. No apareció en el convento de San Mateo hasta el sábado de Gloria y pasó toda la tarde confesando. Las monjas se alegraron de verle. El hombre tenía un gran sentido del humor y era benevolente en el confesionario. La hermana Emanuel estaba hablando de él a la tutora de las novicias cuando el padre Connors se detuvo a charlar con ellas camino de la salida.

– ¿Comerá con nosotras mañana, padre Connors? -preguntó la hermana Inmaculada, la tutor de las novicias, con una tímida sonrisa. De joven había sido muy bella y llevaba más de cuarenta años en la orden.

– Me encantaría -respondió él con una sonrisa.

Adoraba a las monjas, el brillo de sus ojos, sus tímidas sonrisas, el ingenio agudo que tantas veces le pillaba desprevenido. Sus rostros no reflejaban las tensiones del mundo. Habían escapado de los horrores que atormentaban tantas vidas. La mayoría aparentaba menos edad. Su vida de aislamiento les ahorraba mucho sufrimiento.

– Las postulantes y las novicias prepararán este año el almuerzo de Pascua. Llevan trabajando desde anoche -explicó la hermana Emanuel, orgullosa del grupo que estaba formando este año.

Habían preparado varios pavos y jamones. Había maíz del huerto, puré de patatas y guisantes frescos, y algunas monjas llevaban toda la mañana horneando pan y pasteles.

– Estoy impaciente por catarla -también estaban invitados a la comida otros tres curas y las familias de algunas monjas. Y este año el tiempo estaba siendo tan benevolente que la madre Gregoria había accedido a comer en el jardín-. ¿Puedo traer algo? Un feligrés nos ha regalado una caja se vino excelentes.

– Sería fantástico -dijo la hermana Inmaculada, sabedora de lo mucho que se alegrarían algunos comensales. La madre Gregoria raras veces permitía que las hermanas bebieran vino. Se sabía que lo hacían cuando visitaban a sus familias, pero en el convento nunca se consumía alcohol. Los cursa que iban a verlas bebían bastante, pero era un privilegio que la madre Gregoria prefería limitar a las visitas-. Gracias por el detalle.

Las dos hermanas sonrieron y al día siguiente, cuando el padre Connors llegó para la misa de Resurrección, traía en el maletero de su coche varias cajas de vino de California que trasladó hasta la cocina y confió a la hermana más veterana. Las novicias iban de un lado para otro, y al padre Connors se le hizo la boca agua sólo de olfatear los platos que habían preparado. Estaba impaciente por probarlos.

Los cuatro sacerdotes celebraron la misa juntos. La capilla rebosaba de monjas y familiares. Había niños por todas partes, y tras la larga cuaresma destaparon el crucifijo del altar y el vía crucis. Era un día de celebración, y el humor seguía siendo excelente cuando, después de la misa, los comensales se congregaron en el jardín.

La madre Gregoria saludaba y estrechaba la mano de viejos amigos, y las monjas más jóvenes ya habían empezado a sacar las bandejas con la comida. Gabriella estaba transportando un enorme jamón con la ayuda de la hermana Agatha cuando el padre Connors las vio y se ofreció a ayudarlas. Cogió la bandeja sin esfuerzo y la dejó sobre una mesa alargada, junto a otro jamón y cuatro pavos. También había galletas y bollos, pan de maíz, verduras de todas clases, puré de patatas, ensaladas variadas, media docena de tartas diferentes y helado casero.

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