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Los mundos fugitivos [The Fugitive Worlds - es]

Электронная книга - «Los mundos fugitivos [The Fugitive Worlds - es]». Краткое содержание книги:

Al inicio de Los mundos fugitivos, Toller Maraquine II, nieto del protagonista de Los astronautas harapientos y Las astronaves de madera, lamenta el hecho de que la vida en los gemelos Land y Overland es demasiado tediosa y plácida comparada con los acontecimientos excitantes de la época en que vivió su ilustre antepasado. Entonces, mientras volaba en globo entre mundos, hizo su asombroso descubrimiento: un disco de cristal enorme, con miles de millas de extensión, crecía rápidamente, creando una barrera entre ellos. Impulsado por razones personales a investigar el enigmático fenómeno, Toller, sin más armas que su espada y su valor ilimitado, llegó a ser una figura destacada en los sucesos que decidirían el futuro de los planetas y sus civilizaciones.
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El cristal emitió un chillido.

Fue insonoro, pero nada se parecía más a la comunicación mental controlada y meticulosamente construida que empleaba el alienígena. Toller supo, sin entender cómo, que procedía de las paredes de la esfera y también del lago helado: era un grito amplificado de agonía, en el que armonías casuales y ecos disonantes chocaron una y otra vez hasta desvanecerse. Se escuchó otra no-voz, gimiente y extraña:

—¡Me han herido, Amado Creador! No me dijiste que los primitivos podrían dañar mi cuerpo.

Toller, obedeciendo a su instinto guerrero, no permitió que la inesperada voz le amilanase o frenase su ataque. Había herido a un enemigo, y esa era la señal para renovar la presión con renovado vigor, e ir a muerte. Su espada pareció encontrar una peculiar resistencia —como si estuviera atravesando una capa de esponja invisible—, pero las repetidas embestidas sumaron el suficiente impulso como para dañar y desprender la celdilla de vidrio. En sólo unos segundos había roto un par adyacente, y creado un orificio en la esfera.

Cambiando la forma de ataque, usó la empuñadura de la espada para golpear la zona dañada, y a pesar de la resistencia invisible logró desprender totalmente las dos celdas, arrojándolas hacia el vacío. Febrilmente estimulado, transfirió la espada a la otra mano y comenzó a golpear en la misma zona con el puño enguantado. Esta vez no hubo ninguna barrera mágica que amortiguase el golpe, y varias otras celdillas hexagonales salieron disparadas, agrandándose considerablemente el agujero de la esfera al haberse debilitado la unidad estructural.

El chillido inhumano y silencioso empezó de nuevo.

Steenameert siguió su ejemplo: sujetándose a la baranda comenzó a aporrear el lado irregular del orificio, aumentando el efecto destructivo.

En la bullente caldera de la mente de Toller no pasó prácticamente el tiempo hasta que el camino estuvo despejado. Se encontró fuera de la esfera, y en un vuelo ingrávido se acercó a la figura plateada, que se había convertido en una hormiga. Su brazo izquierdo rodeó el cuello del extraño en el instante de la colisión, y movió súbitamente la espada —que parecía haber vuelto inconscientemente a la mano derecha— para amenazar al alienígena.

—¿Cómo lo lograste? —las palabras del alienígena estaban teñidas de repugnancia a causa del contacto físico; sin embargo, Toller no sintió ningún miedo—. Tenías un control totalmente coordinado de todos tus músculos, pero no pude detectar ninguna actividad mental coherente. Me fue imposible prever tu acción… ¿Cómo lo hiciste?

—Cállate —ordenó Toller, enganchándose con una pierna a la baranda para evitar que él y su prisionero se alejasen de la superficie metálica de la estación—. ¿Dónde están las mujeres?

—Sólo tienes que saber —dijo el alienígena, imperturbable— que están en lugar seguro.

De nuevo, y para desconcierto de Toller, el contacto mental no reveló ningún matiz de alarma.

—¡Escucha, maldita sea!

Toller agarró al alienígena por el hombro y lo empujó hasta alejarlo la distancia de un brazo, movimiento que los situó cara a cara por primera vez. En un momento de curioso y consternado examen, Toller advirtió todos los detalles de una cara que era sorprendentemente humana en la disposición de sus facciones. Las principales diferencias eran que la piel era gris, los ojos carecían de pupilas y las órbitas estaban perforadas por unos negros orificios, y la pequeña nariz respingada no tenía la división central entre las narinas. Toller pudo ver dentro de la cavidad nasal, donde unas membranas naranjas con venas rojizas se movían atrás y adelante o se adherían acompasadas con su respiración.

—No me has escuchado… —Toller, reprimiendo el impulso de apartarse de la horrible caricatura de un ser humano, se apoyó en la espada y presionó ésta contra el material reflectante del traje del otro—. Vas a decirme inmediatamente lo que necesito saber, o te mataré.

Los labios de carbón del alienígena se relajaron en lo que podría calificarse como una sonrisa.

¿A esta distancia? ¿Tan cerca? ¿Estando prácticamente en contacto físico? Ningún miembro de una especie humanoide podría…

La cabeza de Toller tronó de ira. Su mente se borró, se convirtió en una mezcla de imágenes difusas de Vantara y de sus captores de color mortecino; y la rabia —una rabia especial, engañosa y repugnante, vergonzosa y exultante— se apoderó de su ser. Atrajo al alienígena hacia sí de un tirón, amenazándole al mismo tiempo con la espada, y sólo el grito de Steenameert le hizo recobrar la cordura.

—¡Ibas a herirme! —las palabras silenciosas del alienígena estaban teñidas por la estupefacción y el principio de un entendimiento—. ¡Has estado a punto! ¡Estabas dispuesto a matarme!

—¡Es lo que te estaba diciendo, cara gris! —puntualizó Toller.

—Mi nombre es Divivvidiv…

—Pues pareces un cadáver, cara gris —siguió Toller—, y no me produciría el menor remordimiento de conciencia tener que convertir las apariencias en realidad. Te lo repito: si no me dices…

Desconcertado, se interrumpió cuando la cara del alienígena empezó a agitarse con convulsiones musculares, y el frágil hombro apresado en su mano izquierda comenzó a vibrar en concordancia con una trepidación interna. La boca bordeada de negro experimentaba cambios asimétricos, desplazándose de un lado a otro como una anémona de mar arrastrada por corrientes opuestas, arrojando filamentos de saliva que serpenteaban en el aire ingrávido.

Borrosos ecos mentales captados por Toller le dijeron que su cautivo nunca antes había sido amenazado de muerte directamente. Al principio había sido imposible para Divivvidiv incluso creer que su vida pudiera estar en peligro, y ahora estaba sufriendo una reacción emocional extremadamente violenta.

Toller, al captar esta primera información de una cultura totalmente distinta a la suya, respondió aumentando la presión de su espada.

—Las mujeres, cara gris… ¡Las mujeres! ¿Dónde están?

—Han sido transportadas a mi planeta… —Divivvidiv recuperó un cierto control físico, pero sus palabras exhalaban miedo, repugnancia y una apenas contenida histeria—. Están en un lugar seguro, a millones de kilómetros de aquí, en la capital de la más avanzada de las civilizaciones de esta galaxia. Te aseguro que está muy lejos de las posibilidades de un primitivo como tú el poder alterar esas circunstancias, por tanto lo lógico será que te…

—Tu lógica no es la mía —le cortó Toller, endureciendo la voz con la esperanza de ocultar la impresión que sintió—. Si las mujeres no son devueltas sanas y salvas, te voy a enviar a otro mundo, a un mundo del que no ha vuelto ningún hombre. ¡Espero haberme explicado con claridad!

Capítulo 10

La sala era grande y casi desnuda. El elemento principal del mobiliario consistía en un rectángulo azul que parecía una cama, excepto que carecía de redes de sujeción. Alineados alrededor de las paredes había paneles rectangulares y circulares que cambiaban continuamente de color, despacio en algunos casos, deprisa en otros. El suelo era de un material sin junturas, profusamente perforado con pequeños orificios. Toller notó que sus pies se adherían al suelo, eliminando la necesidad de las cuerdas para la gravedad cero, y supuso que los orificios formarían parte de un sistema de vacío.

Sin embargo, prestó poca atención a los alrededores, concentrándose en Divivvidiv, que estaba ocupado en quitarse su traje espacial. La indumentaria plateada tenía unas costuras que se abrían fácilmente cuando se hacía correr un pasador a lo largo de ellas, una característica misteriosa que permitió a Divivvidiv despojarse de su traje en sólo unos segundos, revelando un cuerpo de frágil aspecto con las proporciones y forma de un humanoide. La figura menuda del alienígena estaba vestida con una prenda de una pieza hecha de muchos pedazos de tela negra que se sobreponían como las plumas de un pájaro.

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