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La Casa del Alfabeto

Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:

Alemania, segunda guerra mundial. El avión de los pilotos ingleses James Teasdale y Bryan Young es derribado en territorio enemigo durante una misión fotográfica. Consiguen sobrevivir, pero no llevan los uniformes, por lo que, si son capturados, serán acusados de espionaje y, probablemente, ejecutados.
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
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Kröner paseó la mirada por la sala para cazar cualquier movimiento que pudiera producirse a su alrededor. James cerró los ojos en cuanto el hombre de la cara picada de viruela se dio la vuelta y fijó la mirada en él.

– Si es que llegaban a hablar, ¡claro está! James sintió náuseas.

En muchos aspectos, aquellos tiempos habían sido muy valiosos para Kröner. Durante uno de sus interrogatorios, un pequeño y terco teniente de las tropas soviéticas se había hundido, a pesar de demostrar una voluntad y una resistencia a prueba de fuego, y había sacado un monedero de lona de sus calzones cortos. No le había servido de nada, pues lo azotaron hasta morir. Sin embargo, aquel monedero resultó ser muy interesante.

Anillos y marcos alemanes, amuletos de plata y de oro y algunos rublos rodaron sobre la mesa. Su ayudante había estimado el botín en unos dos mil marcos cuando decidieron repartírselo. Había, pues, cuatrocientos marcos para cada oficial de la plana mayor de Kröner y ochocientos para él. Para ellos fue una simple recuperación de un botín de guerra y, a partir de entonces, se preocuparon de registrar a todos los prisioneros personalmente antes de que nadie pudiera interrogarlos o llevarlos al matadero, que era como Kröner se refería lacónicamente a las ejecuciones de los consejos de guerra. Se rió recordando la vez en que sus subordinados lo habían pillado en un intento de saqueo sin querer compartir el botín con ellos.

– ¡Me amenazaron con delatarme, esas bestias ridículas! ¡Como si no fueran tan culpables como yo! Todo el mundo se quedaba con lo que pillaba cuando tenía ocasión de hacerlo.

Los dos oyentes se rieron silenciosamente, sentados como estaban con las piernas recogidas debajo del cuerpo, a pesar de que ya habían escuchado aquella anécdota otras veces. Kröner bajó la voz hasta alcanzar un tono confidenciaclass="underline"

– ¡Pero hay que cuidar de uno mismo! Y por tanto me deshice de los tres para que no volvieran a tomarme el pelo nunca más. Cuando encontraron a dos de los cadáveres fui interrogado, naturalmente, pero, a fin de cuentas, no pudieron probar nada. Al tercero lo tomaron por desertor. Todo salió a pedir de boca. Y de esta forma, ya no tendría que compartir con nadie, ¿no es así?

El hombre que ocupaba la cama del medio se incorporó apoyándose en los codos:

– Bueno, ¡conmigo sí que tuviste que compartir!

Aquel rostro era el más ancho que James había visto jamás, sembrado de pequeñas arrugas transversales que solían asomar por cualquier motivo en cualquiera de sus sonrisas o en los raros y exiguos momentos de preocupación. Las cejas oscuras saltaban arriba y abajo, confiriendo dulzura a su estampa.

Un juicio fatalmente equivocado.

La primera vez que Kröner y el tal Horst Lankau se vieron fue en el invierno de 1943, concretamente tres semanas antes de Nochebuena. Aquel día, Kröner había estado de batida en la sección meridional del frente oriental. El objetivo había sido hacer limpieza después de una incursión recién finalizada.

Las aldeas habían sido aplastadas pero no devastadas. Tras los tabiques de madera derrumbados, al abrigó de unas gavillas de paja, todavía se cobijaban algunas familias que se alimentaban con sopas hechas de los huesos del bestiaje muerto. Kröner se encargó de sacarlos a todos y de que fueran ajusticiados.

– ¡Adelante! -apremió a los soldados de las SS.

Su objetivo no era cazar a partisanos potenciales, sino a oficiales soviéticos que tuvieran algo que contar y tal vez también algo de valor que ofrecer.

A las afueras de la cuarta aldea, una sección de soldados de las SS sacó a un hombre de entre las cabañas que seguían ardiendo y lo arrojaron al suelo delante del vehículo de Kröner. Aquella piltrafa se puso en pie inmediatamente y mientras se sacudía la nieve de la cara bufó amenazadoramente hacia sus guardianes. Sin miedo, se encaró a su juez:

– Ordénales que se alejen -dijo con un acento prusiano muy marcado haciendo un gesto de rechazo dirigido a sus vigilantes con una expresión imperturbable en los ojos-, ¡tengo cosas importantes que contar!

Kröner estaba irritado por el desprecio por la muerte mostrado por aquel hombre y exigió que se pusiera de rodillas mientras apuntaba a su rostro impávido con un dedo enguantado pegado al gatillo. Envuelto en aquellos miserables harapos de campesino, el hombre le contó sin tapujos que era desertor alemán, Standartenführer del cuerpo de cazadores y un soldado endemoniadamente bueno, condecorado en múltiples ocasiones y, desde luego, no era uno al que se lo ajusticiara sin antes someterlo a un consejo de guerra.

La curiosidad que fue despertando lentamente en Kröner le salvó la vida a aquel pelagatos. Cuando le comunicó que se llamaba Horst Lankau y que tenía una propuesta que hacer a su guardián, su ancho rostro ya era un esbozo del triunfo.

El pasado militar de Horst Lankau era difuso. James concluyó que ya antes del estallido de la guerra debía de haber iniciado una carrera militar. Tenía una gran experiencia. A juzgar por lo que había contado, había estado destinado a una carrera militar gloriosa pero también tradicional.

Sin embargo, la guerra en el frente oriental había modificado rápidamente hasta las tradiciones más insignes.

Originariamente, el cuerpo de cazadores de Lankau, uno de los ases que la ofensiva se guardaba en la manga, había sido movilizado para cazar a oficiales del Estado Mayor soviético en la retaguardia del enemigo. Luego debían entregarlos al SD o, rara vez, a la Gestapo, para que ellos se encargaran de sacarles toda la información que tuvieran. Y a ello se había dedicado Lankau durante algunos meses; una tarea sucia y peligrosa.

En una ocasión feliz habían dado con un general de división entre cuyas pertenencias se encontraba, entre otras cosas, un cofrecito que contenía treinta diamantes pequeños pero cristalinos; toda una fortuna.

Aquellas treinta piedras lo habían llevado a la conclusión de que la guerra había que sobreviviría, fuera cual fuese el precio que hubiera que pagar por ello.

Kröner se rió cuando Lankau llegó al punto de su relato en que tuvo que explicar, casi disculpándose, que el robo había sido descubierto por sus propios hombres.

– Los reuní alrededor de la hoguera y les ofrecí una ración extra de sucedáneo de café a aquellos estúpidos confiados.

Todos se rieron cuando reveló el desenlace de la historia. Entre sorbo y sorbo de café, había lanzado una granada de mano que había reventado a todos y cada uno de los soldados de élite y a sus prisioneros. Después de esta acción, Horst Lankau se había refugiado entre los campesinos soviéticos, a los que pagaba por su seguridad con limosnas. Mientras estuviera ahí, él y la guerra tendrían que desenvolverse el uno sin la otra, había pensado.

Y entonces fue cuando Kröner se interpuso en su camino.

– Pagaré por mi vida con la mitad de los diamantes -había tentado a su guardián con una expresión de desprecio por la vida en la cara-. Si me exiges que te los dé todos, dispárame ahora mismo, pues no te los daré, y tú tampoco sabrás encontrarlos. Pero te daré la mitad si tú me das tu pistola y me llevas a tu cuartel. Cuando llegue la hora, dirás que me has liberado del cautiverio en que me tenían los partisanos soviéticos. Hasta ese momento, dejarás que me quede en el cuartel sin que tenga que relacionarme con los demás oficiales. ¡Ya te contaré lo que tendrá lugar después!

Luego Kröner y él habían regateado a fin de llegar a un acuerdo para la repartición de los diamantes aunque, finalmente, Lankau se había salido con la suya. Quince diamantes para cada uno, y Lankau se alojaría en la guarnición de Kröner con una pistola cargada en el bolsillo.

– Tendrás que darme un diamante por cada semana que te tenga a pan y cuchillo -dijo Kröner en un último intento de presionarlo.

Lankau le devolvió una sonrisa tan amplia como su ancho rostro. Kröner entendió que su propuesta había sido rechazada. Tendría que deshacerse de Lankau cuanto antes para que no atrajera inoportunamente la atención de sus superiores.

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