La Casa del Alfabeto
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
A menudo, su generosa madre les había dado unas cuantas monedas a él y a sus hermanas para que pudieran arrebujarse en los asientos del cine los domingos de sesión continua. Buena parte de su infancia había transcurrido frente al parpadeo de la pantalla en la que aparecían Deanna Durbin, el Gordo y el Flaco, Nelson Hedi o Tom Mix, mientras sus padres paseaban por la avenida principal de la ciudad, intercambiando saludos y cumplidos con los demás burgueses de la zona.
Le resultaba fácil rememorar a las hermanas Elizabeth y Jill, que soltaban risitas ahogadas en la oscuridad de la sala y se decían cosas al oído mientras el héroe besaba a la heroína y el resto del público soltaba todo tipo de improperios.
Los recuerdos, las películas y los libros que había devorado a lo largo de los años de escuela impedían que se volviera loco. Sin embargo, cuantos más electrochoques recibía, y cuantas más pastillas tragaba, más frecuentes se hacían las veces en que se quedaba en blanco en mitad de una trama, sobrecogido por un repentino vacío en la memoria.
En esos momentos le resultaba imposible recordar los nombres de Douglas Fairbanks Jr. y de Víctor McLaglen en la película. Pero ya le vendrían a la memoria. Al menos, eso era lo que solía pasar.
James descansó la cabeza pesadamente en la almohada y rozó el pañuelo de Jill que había escondido debajo del colchón.
– Herr Standartenführer, ¿no cree que debería intentar salir de la cama y darse una vueltecita? Lleva toda la mañana sin moverse. ¿Le pasa algo?
James abrió los ojos y se encontró con el rostro de la enfermera. Ella le sonrió y se puso de puntillas para poder pasar el brazo por debajo de la almohada y subirla un poco. Hacía meses que James tenía ganas de dirigirse a ella, contestar alguna de sus preguntas o darle una leve señal de mejoría. En cambio, la miraba con ojos vacíos sin dejar que su rostro mudara de expresión.
Se llamaba Petra y era el único ser humano verdadero que había conocido hasta entonces.
Petra había llegado como si la mismísima providencia se la hubiera enviado. Primero se había preocupado porque las demás enfermeras dejaran a su vecino, Wemer Fricke, en paz con su calendario.
Luego había hecho frente a un par de enfermeras para que incidentes como mojar la cama o negarse a ingerir alimentos dejaran de ser castigados, con tanta dureza.
Y por último, se ocupó especialmente de James. Desde el primer día en que lo había visto, había sentido una simpatía especial por él, era evidente. Otros pacientes también habían sido merecedores de su especial atención pero, hasta entonces, sólo James había conseguido que se detuviera al pie de la cama con una expresión triste y vulnerable en el rostro y los hombros caídos. «¿Cómo es posible que sea capaz de sentir algo por un hombre como Gerhart Peuckert?», se preguntaba James a menudo. Suponía que era una chica ingenua y ligeramente falta de imaginación a la que habían arrojado directamente del colegio de monjas al ejercicio de la enfermería en Bad Kreuznach. Era tan obvio que no tenía experiencia vital. Cuando Petra nombraba a su maestro y santo secular, el profesor Sauerbruch, sus ojos brillaban embelesados y sus manos trabajaban con una rapidez y una seguridad inusitadas. Y cuando un paciente tenía un ataque y mandaba a todo el mundo al infierno, se santiguaba antes de salir corriendo a por ayuda.
La explicación más verosímil a la predilección que Petra sentía por James seguramente era que ella era una jovencita romántica y recatada con necesidades naturales que, además, lo encontraba guapo y atractivo y sabía apreciar sus dientes blancos y sus hombros rectos. La guerra hacía ya casi cinco años que duraba. No debía de tener más de unos dieciséis o diecisiete años cuando la vida dura y abrumadora del hospital se convirtió en su realidad vital. ¿Acaso había dispuesto de tiempo para dar rienda suelta a sus sueños y a sus fantasías anteriormente? Era imposible imaginarse que hubiera tenido ocasión de amar y de ser amada alguna vez.
De todos modos, si era cierto que James había despertado alguna esperanza en ella, él no haría nada por evitarlo. Era una muchacha dulce y bonita. De momento, sería prudente y disfrutaría de sus cuidados. Mientras estuviera ella para obligarlo a comer después de una sesión de electrochoque y para cerrar la ventana cuando la corriente empezaba a tensarle los músculos de la nuca, su cuerpo no sería lo primero que le fallaría.
– ¡Venga, Herr Standartenführer! -prosiguió, empujando sus pies por el borde de la cama-. Esto no lo llevará a ninguna parte. Tiene que procurar ponerse bien, ¿de acuerdo? ¡Y para eso tiene que salir de la cama!
James se colocó entre las dos camas y empezó a avanzar hacia el pasillo central. Petra lo animó con un gesto de la cabeza y sonrió. Ese tipo de trato preferencial ya no le gustaba tanto a James. Lo convertía en objeto de la atención de las demás enfermeras, lo colocaba en una posición preferencial que podía llegar a significar represalias en nombre de la justicia y el equilibrio.
Sin embargo, no era de ese frente que James temía que fueran a llegarle los peores ataques. Cada vez más, la sensación de vigilancia y de tensión le llegaba de la estancia misma. Como una repentina llamada de atención cuando alguien te toca el hombro inesperadamente, aquel sentimiento se apoderó de él. Y aquel día volvió a ocurrir. James dirigió la mirada hacia el pasillo central a través de las pestañas medio cerradas. Ya era la tercera vez. Bryan lo miraba fijamente e intentaba ponerse en contacto con él.
«¡Deja de mirarme, joder! Es demasiado evidente», pensó con los ojos de Bryan pegados a él. Petra agarró a James por el brazo y le dio conversación como de costumbre, mientras se lo llevaba hacia la ventana que había al lado de las mesas con ruedas, en el otro extremo de la sala. James percibió a sus espaldas cómo Bryan intentaba ponerse en pie rápidamente. A pesar de que sólo hacía un día que había sido sometido a su último electrochoque, no se rendía.
El torrente de palabras que brotaba de la boca de la pequeña enfermera cesó cuando James empezó a tirar de ella en dirección a la cama. No iba a consentir que lo encerrara en la esquina junto a Bryan. En aquel mismo instante, Bryan vio la reacción de su compañero y dejó caer los brazos. Desesperado, se apoyó contra la cama cuando James pasó por su lado, cogido del brazo de la voluntariosa Petra.
«Ahora mismo estás débil, Bryan, pero mañana volverás a estar fresco -pensó James-. No quiero sentir pena por ti. Sólo quiero que me dejes en paz, Bryan. ¡Ya sabes que es lo mejor! Saldremos de aquí, te lo prometo. ¡Debes confiar en mí! ¡Pero ahora no puede ser! ¡Nos vigilan!» James oyó un crujido que provenía de la cama de Bryan y sintió cómo su mirada desesperada se le clavaba en la espalda.
Kröner, el hombre del rostro picado, los siguió tranquilamente y le dio un golpe a Bryan en el hombro. «Gut Junge, hopsa rundí», le dijo entre dientes a la vez que sacudía los barrotes de la cama vecina.
«Volvamos a Gunga Din. -James se deshizo de los brazos de Petra y se escurrió dentro de la cama-. ¿Cómo se llamaban aquellos malditos sargentos? ¡Piensa, James, piensa! ¡Si lo sabes de sobra!»
Kröner se había sentado y seguía con la mirada el trasero de Petra, adornado con aquel lazo blanco y ondeante, cuando finalmente ella se decidió a proseguir su trabajo.
– Deliciosos tutíut, ¿no cree, Herr Standartenführer? -dijo, dirigiéndose a James.