La Casa del Alfabeto
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
El miedo era un señor severo, eso hacía tiempo que lo había entendido; aunque, a medida que fueron pasando los días, aprendió a vivir con él y a dominarlo. Y puesto que la guerra se había ido acercando paulatinamente y el estruendo de las bombas sonaba a lo lejos, desde Karlsruhe, había empezado a abrigar una fe endeble en que pronto acabaría aquella pesadilla. Procurando siempre mantener los sentidos en alerta, James intentaba disfrutar de las horas de las que disponía contemplando inmóvil la vida que se desarrollaba a su alrededor o dejando que los sueños lo trasladaran lejos de allí.
A lo largo de los meses que habían transcurrido había aprendido a adoptar a la perfección el papel que el azar le había asignado. Nadie podía sospechar que estaba simulando. Fuera la hora que fuese, el que despertaba a James siempre era recibido con una mirada vacía. No les daba mucho trabajo a las enfermeras, puesto que comía, no ensuciaba la cama y, sobre todo, se lomaba todos los medicamentos que le daban sin mostrar aversión alguna. Por tanto, James se hallaba en una estado de letargo permanente, sus pensamientos se generaban lentamente y pasaba algunos ratos felices en los que todo le daba igual.
Las pastillas eran prodigiosamente efectivas.
Las primeras veces que había visitado al médico tan sólo había movido la cabeza cuando éste alzaba la voz. Jamás había efectuado un movimiento sin que se lo hubieran ordenado previamente. A veces, durante el repaso de su expediente médico, la enfermera lo había hecho en voz alta, con lo que la vida que había tomado prestada, poco a poco, se fue perfilando de acuerdo con aquellas páginas amarillentas. Si alguna vez James se había arrepentido de haber arrojado aquel cadáver por la ventana, ese remordimiento desapareció la primera vez que fue confrontado con la verdadera naturaleza de su salvador.
James y su víctima tenían prácticamente la misma edad. Gerhart Peuckert, tal era su nombre, había hecho carrera con una rapidez asombrosa y había sido nombrado Standartenführer de la policía de seguridad de las SS, una especie de coronel. Por tanto, ostentaba la graduación más alta de la sala, dejando a un lado a Amo von der Leyen, la identidad que había adoptado Bryan. Gozaba de un trato especial en la sección; a veces incluso había llegado a tener la sensación de que algunos lo temían o lo odiaban, pues las miradas con las que lo contemplaban eran frías.
A aquel hombre no se le había escapado ni un solo pecado, Gerhart Peuckert había eliminado brutalmente todos y cada uno de los obstáculos que se habían interpuesto en su camino y había castigado despiadadamente a los que le habían desagradado. El frente oriental le había ido a pedir de boca. Al final, algunos subordinados se habían revelado y habían intentado ahogarlo en la misma tina que él había utilizado durante las torturas a las que había sometido personalmente a partisanos soviéticos y a civiles engorrosos.
Aquel ataque lo había postrado en la cama en un estado comatoso en el lazareto. Nadie esperaba que pudiera recuperarse. El proceso contra los agresores fue corto: una cuerda de piano alrededor del cuello y la muerte por asfixia. Cuando finalmente despertó, en contra de todos los pronósticos, decidieron trasladarlo a casa, de vuelta a la patria. Fue durante ese viaje que el verdadero Gerhart Peuckert finalmente pagó por sus actos y James se convirtió en su sustituto.
Su caso era característico de la sala en su conjunto. Era un oficial de alto rango de las SS, mentalmente lisiado, y un lacayo demasiado destacado para que fuera abandonado sin más a su suerte. Normalmente, para este tipo de casos complicados, las SS solían aplicar un único método: la inyección y el ataúd. Sin embargo, mientras todavía hubiera la más mínima esperanza de que uno solo de esos vástagos leales del Führer pudiera recuperarse, todos harían lo imposible por ellos con los medios que tuvieran a su alcance. Mientras tanto, el destino de los pacientes seguiría siendo, en gran medida, un secreto para el mundo exterior. No podían permitir que un oficial de las SS volviera a su casa en aquel estado de demencia. Podría resultar desmoralizante, ensuciaría la grandeza del Tercer Reich y pondría en entredicho la confianza en las noticias que llegaban de! frente y, por añadidura, sembraría la duda entre la población, que empezaría a desconfiar de la invulnerabilidad de sus héroes. Las familias de los oficiales serían deshonradas, habían repetido una y otra vez los oficiales de seguridad a los médicos. Antes un oficial muerto que un escándalo, podrían haber añadido.
Esta circunstancia, unida al hecho de que todos los oficiales heridos de las SS constituían una élite, había convertido la zona en un objetivo estratégico para los enemigos, tanto internos como externos, de la patria y, por tanto, habían transformado el hospital en un fortín al que no podía acceder ningún indeseado y que tan sólo podían abandonar los pacientes que hubieran sido dados de alta y sus vigilantes.
El hospital estaba permanentemente a punto de estallar a causa de los continuos ingresos, aunque el flujo de dementes había cesado. Tal vez, las autoridades habían admitido tácitamente que el Tercer Reich no disponía de tiempo suficiente para sacar provecho a ese tipo de pacientes, tal como se estaba desarrollando la guerra últimamente. Tras el desmoronamiento del Frente Oriental, no podían permitirse perder el tiempo con experimentos ulteriores.
En los últimos tiempos, muchos de los pacientes habían empezado a dar muestras de mejoría y resultaría muy llamativo si alguno de ellos se retrasaba con respecto a los resultados del tratamiento. James abandonó el canturreo, esperando que tal paso lo ayudaría a evitar los tratamientos periódicos de electrochoque. Esos tratamientos violentos incidían, más que nada, sobre la capacidad de concentración, convirtiéndose, por consiguiente, en una amenaza para la tarea primordial de James: inclinaba la cabeza hacia atrás, cerraba los ojos y revivía las películas que había visto en el pasado.
– ¿Dónde está el sargento Cutter? -exclamó el sargento Higginbotham.
– Está ocupado -contestó de mala gana Víctor McLaglen desde el alféizar de la ventana.
Se volvió hacia Cary Grant, alias el sargento Cutter, que golpeaba a los soldados que intentaban forzar la escalera.
– ¡Mira que comprar un mapa de un tesoro enterrado! Ja, ja. Deberías someterte a un examen mental -le espetó Douglas Fairbanks Jr. con los brazos en jarras.
Cary Cutter Grant los sacudió a todos hasta que los kilts volaron por los aires y los hombres cayeron escaleras abajo.
– Podríamos haber abandonado el ejército y haber vivido la vida a todo tren, ¿no? -dijo con una mirada feroz.
En ese mismo instante fue torpedeado con una silla. Más arriba había un escocés que miraba sorprendido los pedazos de madera que tenía en la mano. El semblante de Cutter seguía imperturbable, al límite de la amenaza.
– Oh… -dijo, a la vez que señalaba con un dedo acusador al hombre que intentaba huir del lugar-, ¡pero si es el tipo que me vendió el mapa!
Grant alzó la mano en el preciso instante en que Fairbanks Jr. se disponía a agarrar al escocés. Entonces cogió al montañés por el cuello, lo golpeó con un único golpe seco y lo sacó por la ventana.
– ¡Eh! -le increpó Higginbotham desde abajo-, ¡suelta a ese hombre!
Cuando llegaba a este punto, a James le solía costar reprimir la risa. Echó un vistazo a su alrededor y reprimió la risa al ver al escocés que se precipitaba al vacío y a Cary Grant abriendo los brazos en un gesto con el que pretendía pedir perdón.
Gunga Din era una de las películas preferidas de James; una pieza recurrente de su repertorio cinematográfico sonado.
Cuando «interpretaba» una de sus películas, acostumbraba empezar por el principio repasando cada una de las secuencias hasta el final. Una trama que podía contarse en poco más de una hora en el cine podía llegar a durarle toda una mañana o una tarde. Mientras James estuviera ocupado en la disección de una película, el mundo exterior perdía toda importancia. Cuando los pensamientos tristes o el miedo a no volver a ver jamás a sus seres queridos se hacían demasiado presentes, James se consolaba con esta forma de distracción.