La Casa del Alfabeto
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
Cada una de las palabras era como una punzada heladora.
El gigante dobló las piernas y golpeó los jarretes contra el lado de la cama con tal fuerza que el esqueleto de hierro crujió. James nunca reaccionaba ante sus preguntas. Así, tal vez algún día dejaría de hacerlas.
Los hombres al lado de Kröner estaban sentados en sus camas como buitres, observando a un Bryan exhausto que se había enterrado entre las mantas. «Tranquilízate, Bryan -le suplicaba James en su cabeza-, ¡si no, nos pillarán!»
CAPÍTULO 12
Los nombres llegaron a James en sueños de una forma sorprendente, obligándolo a abrir los ojos de par en par en medio de la penumbra gris de la sala. Los dos últimos sargentos de Gunga Din se llamaban McChesney y Ballantine.
La respiración pesada de los compañeros de sala y algún que otro ronquido lo devolvieron lentamente a la realidad. Unos débiles rayos de luz penetraron a través de las contraventanas a prueba de bombas. James contó hasta 42. Y volvieron los rayos de luz. Los hombres de la torre de vigilancia que había detrás del barracón de las SS cumplieron con su deber haciendo girar rutinariamente el proyector un par de veces más, antes de volver a buscar abrigo bajo el tejado de cartón asfaltado de la torre. Era la cuarta noche seguida que llovía y tan sólo hacía dos que el estruendo de las bombas sobre Karlsruhe había retumbado contra las laderas rocosas, sacando a los guardias de sus garitas entre gritos destemplados de sus superiores.
El paciente de la cama número nueve, un Hauptsturmführer que durante un ataque en el frente oriental había quedado atrapado debajo de un tronco durante más de diez horas mientras los lanzallamas de sus propios efectivos de ataque desolaban el paisaje a su alrededor, había encogido las piernas y había empezado a sollozar silenciosamente. Ellos dos fueron los únicos de la sala que habían estado despiertos aquella noche. Ahora mismo, James era el único.
Respiró profundamente y suspiró. Aquel día, James había hecho que Petra se sonrojara. Como de costumbre, el enfermero y camillero Vonnegut, el hombre del garfio, había estudiado las listas de bajas antes de abalanzarse sobre el pequeño crucigrama del diario que solía hacer acompañando los golpes de su miserable prótesis contra el tablero de la mesa con una exclamación irritada cada vez que se encontraba con una definición que no lograba resolver.
Vonnegut se ocupaba de sus propios asuntos, pues el ambiente de la sala había sido malo todo el día.
El aire se había helado entre Petra y la supervisora de enfermeras. Primero la jefa había ajustado la insignia de enfermera que Petra llevaba abrochada en el pañuelo y había recolocado unas mechas rebeldes de su pelo rubio. Luego Petra había corregido la inclinación de la insignia del partido que la enfermera llevaba en la solapa derecha y la había pulido con la manga hasta que el esmalte rojo relució alrededor del texto en letras blancas: «Verband Deutsche Mádel.»
Hacia el atardecer, cuando se suponía que la jornada laboral de Petra había llegado a su fin, la supervisora había enviado a la enfermera que debía sustituirla a otra sección, so pretexto de que debía asistir a unas aspirantes. Era evidente que se trataba de un acto de venganza y Petra se había enfadado y había hecho más de un gesto amenazador en cuanto su supervisora se hubo dado la vuelta.
Resultaba difícil no prendarse de ella viéndola así, indignada, con sus zapatos planos, aquel vestido gris y aquel delantal blanco. James sonrió cada vez que ella se inclinó para rascarse el jarrete donde las medias negras de lana le molestaban más.
En un instante íntimo, en el que él había dejado la mirada bailar por su cuerpo, ella se había dado la vuelta y la había atrapado.
Fue entonces cuando ella se sonrojó.
Los movimientos inquietos de Kröner en la cama contigua solían anunciar que estaba a punto de despertarse. «¡Ojalá te mueras, cerdo!», susurró James entre dientes, obligándose a seguir pensando en Petra. Seguramente, en ese mismo instante, ella se encontraba justo encima, en la buhardilla, soñando con la mirada que él le había dirigido, de la misma manera en que él pensaba en la que ella le había devuelto. Tal vez hubiera sido mejor para él no dirigírsela; era difícil ser joven y estar llena de estremecedores sueños eróticos que jamás podrían ser consumados.
La imagen de Kröner que se daba la vuelta y lo examinaba detenidamente centelleaba en la oscuridad entre sus pestañas. James empequeñeció los ojos precavidamente y esperó a que empezaran los murmullos de todas las noches.
La pesadilla se había hecho realidad una noche, dos meses atrás. Los pasos rápidos y duros de la enfermera que estaba de guardia y que acababa de recorrer el pasillo en dirección a los lavabos del personal, situados detrás de la escalera que conducía al patio, lo habían despertado. Delante de él, una sombra se había inclinado sobre la cabecera de la cama vecina. Aparte de dos rápidos sobresaltos que se produjeron a los pies de la cama contigua, no se oyó ningún ruido en la sala. Entonces la sombra toqueteó la almohada del vecino, volvió rápidamente al extremo opuesto de la sala y se echó en una cama.
A la mañana siguiente, cuando Vonnegut palpó ligeramente los pies de las camas, encontró muerto al paciente de la cama vecina. Su rostro estaba oscuro; la lengua asomaba grotescamente entre los dientes; los ojos estaban salidos y la mirada denotaba desesperación.
Después se dijo que solía esconder restos de comida debajo de la almohada y que se había ahogado por culpa de una espina de pescado que se le había atragantado. El médico de guardia, el doctor Holst, sacudió la cabeza y la acercó a la de la supervisora, quien le había susurrado algunas palabras al oído. El doctor Holst se metió los puños en los bolsillos de la bata. Más tarde rechazó las preguntas que le hizo el enfermero Vonnegut y se encargó de que los camilleros se llevaran el cadáver antes de que el cuerpo de seguridad y el médico mayor tuvieran ocasión de crearle problemas al personal de la sección.
En estado de duermevela, James había sido testigo de un asesinato.
Varias cabezas emergieron de entre las mantas y giraron de un lado a otro para seguir de cerca cómo los enfermeros cambiaban las sábanas del muerto y dejaban la cama lisa, fresca y vacía.
Alrededor del mediodía, un paciente se levantó de la cama, se dirigió hacia donde se hallaba James y se acostó en la cama recién hecha. Era el que le había robado la idea de ayudar a las enfermeras. Permaneció allí tumbado hasta que las enfermeras volvieron a aparecer con la comida, que aquel día consistía en codillo y albóndigas. Aunque no dejaba de lloriquear y de chillar, el personal lo sacó de la cama sin compasión. Sin embargo, el efecto que tuvo sobre él fue escaso.
Cada vez que le daban la espalda, él volvía a escurrirse hasta la cama y subía la manta hasta la barbilla estrujándola entre los brazos. Hasta que no se tumbaba en aquella cama, no se tranquilizaba. Cuando esa escena se hubo repetido varias veces, el personal se rindió y dejó que se quedara donde estaba.
Por increíble que pudiera parecer, James tenía ahora a un asesino como vecino.
James no entendía nada y durante las primeras noches estuvo tan asustado que no pudo conciliar el sueño. Fuera cual fuese el motivo que pudiera haber tenido aquel demente, si es que existía tal motivo, era capaz de volver a hacerlo. Era, pues, mucho más seguro dormir de día y mantenerse despierto de noche, contando las veces que el vecino se daba la vuelta pesadamente en la cama chirriante. Si pasaba algo. James pediría ayuda a gritos o saldría de la cama y se acercaría a la pared para agarrar la cuerda que pendía del techo, suficientemente corta para que resultara demasiado engorroso para los pacientes tirar de ella sin ton ni son, algo que, hasta entonces, ninguno había intentado.
La tercera noche después de aquel episodio, la sala estaba totalmente a oscuras. En contra de lo que era habitual, la luz del pasillo estaba apagada y todas las contraventanas echadas. De vez en cuando se oía algún ronquido y la respiración pesada de los demás enfermos, todos ellos, sonidos que mitigaban el miedo y relajaban a James. Tras haber repasado una de las aventuras de Pinkerton, se refugió en la última película que había visto en la feliz época de Cambridge, una magnífica epopeya de Alexander Korda, y se amodorró.