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La Casa del Alfabeto

Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:

Alemania, segunda guerra mundial. El avión de los pilotos ingleses James Teasdale y Bryan Young es derribado en territorio enemigo durante una misión fotográfica. Consiguen sobrevivir, pero no llevan los uniformes, por lo que, si son capturados, serán acusados de espionaje y, probablemente, ejecutados.
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
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A lo largo de los tres días de permiso que Kröner tuvo fuera de la guarnición, Lankau no se separó de su liberador ni un solo instante. Kröner no sabía si era la mano que siempre llevaba metida en el bolsillo de la pistola o la expresión perpetuamente bonachona y casi piadosa de su rostro lo que lo perturbaba, pero lo cierto es que había empezado a sentir respeto por la sangre fría y la tenacidad de Lankau. Poco a poco, también empezó a entender que juntos podrían conseguir unos resultados que ninguno de ellos podría lograr por separado.

E] tercer día se fueron a Kirovogrado, lugar que solían visitar la mayoría de los soldados cuando la comida de las cocinas de campaña se volvía demasiado monótona o la vida en el frente demasiado sombría.

Kröner había pasado largos ratos sentado con los codos apoyados en las mesas de roble, seleccionando divertido a los huéspedes con los que podría iniciar una pelea o, mejor aún, a los que podría sacarles dinero para que no los hiciera trizas.

Fue en aquel lugar donde Lankau inició a Kröner en sus planes que se habían ido fraguando durante los meses de triste ociosidad que había pasado en la aldea soviética.

– Quiero volver a Alemania lo antes posible, ¡y ahora sé cómo conseguirlo! -le había susurrado al oído-. Uno de estos días te pondrás en contacto con la comandancia y les comunicarás que me has liberado de mi cautiverio de acuerdo con lo que acordamos. Luego me conseguirás un certificado médico que establecerá que los partisanos me han torturado con tanta saña que he acabado por enloquecer. Cuando esté en el tren hospital con rumbo al oeste, te pagaré dos diamantes más que he escondido.

La idea atrajo a Kröner. De esa manera podría librarse de Lankau y, a su vez, sacar provecho de ello. Podía ser una especie de ensayo general de lo que él mismo tendría que hacer antes o después, si la vida en el frente se tornaba demasiado peligrosa y arriesgada.

Ensayo general o no, las cosas no iban a salir así. Detrás de la taberna de los oficiales había cuatro letrinas para aliviar el uso que se hacía de las dos que había dentro. Kröner siempre había preferido cagar al aire libre.

Allí se tambaleó, se abrochó la bragueta y se rió al pensar en los dos diamantes que le iban a tocar de más mientras abría la puerta que daba al exterior. Delante de él, envuelto casi por completo en la oscuridad, apareció una figura que no hacía ademán alguno de querer dejarlo pasar. Una estupidez, había pensado Kröner, cuando se es tan enclenque y bajito.

– Heil Hitler, Herr Obersturmbannführer -pió el hombre sin moverse ni un milímetro del lugar.

En el mismo instante en que Kröner cerró el puño y se dispuso a apartar a aquel obstáculo de un manotazo de su camino, el oficial se llevó la mano a la gorra y dio un paso atrás en la débil luz que iluminaba el muro del patio trasero.

– Herr Obersturmbannführer Kröner, ¿tiene un momento para hablar conmigo? -le dijo el extraño-. ¡Tengo una proposición que hacerle!

Tras unas pocas frases, aquel pequeño y flaco oficial acaparó todo el interés del oficial Kröner. Miró a su alrededor, agarró al Hauptsturmführer del brazo, se lo llevó a la calle, donde aguardaba el hombre del rostro ancho, y lo metió en su vehículo, que estaba aparcado delante de la bocacalle más próxima.

El hombrecito nervudo se llamaba Dieter Schmidt. Su superior le había ordenado que se pusiera en contacto con Wilfried Kröner. No quería que se revelara su identidad, aunque había querido que su subordinado añadiera que a Kröner no debería costarle mucho hacerlo si así lo deseaba.

– Si algo fuera mal, será más seguro para todos que no conozcamos nuestras verdaderas identidades -dijo Dieter Schmidt a la vez que miraba a Horst Lankau, que no parecía tener ni la más mínima intención de presentarse-. Puesto que el plan es de mi superior y que, en una primera fase, hasta que se ponga en marcha, sólo él correrá literalmente el riesgo de que lo cuelguen, les ruega que respeten su deseo de anonimato.

El hombre flaco se desabrochó los botones superiores del abrigo y miró a ambos a los ojos durante un buen rato antes de proseguir.

Dieter Schmidt provenía de las divisiones blindadas de la SS Wehrmacht, eso era evidente. Sin embargo, originariamente había sido Sturmbannführer y vicecomandante en un campo de concentración.

Unos meses atrás, él y su comandante, que era responsable de un campo de concentración y de tres campos de trabajo menores subordinados, habían sido obligados a dimitir de sus puestos, degradados y transferidos a servicios administrativos en la SS Wehrmacht en el frente oriental; una alternativa razonable a la deshonra y la ejecución. Sin embargo, a medida que fue pasando el tiempo en tierras soviéticas, fueron comprendiendo que probablemente jamás volverían a abandonarlas. Los alemanes luchaban como diablos para mantener sus posiciones, pero ya no había indicios de que pudieran seguir conteniendo el avance del ejército soviético. A pesar de que las funciones de Dieter Schmidt y de su superior consistían, sobre todo, en realizar tareas administrativas, el frente estaba lo suficientemente cerca para que los vehículos acorazados soviéticos pudieran llegar al lugar en menos de media hora.

Es decir, que sus vidas corrían peligro constantemente. Los cañonazos constituían un acompañamiento diario al tecleo de las máquinas de escribir. De los veinticuatro oficiales superiores que habían servido originariamente en los despachos del Estado Mayor sólo quedaban catorce. Así era el frente oriental, eso lo sabía todo el mundo.

– Me parece que nuestro truco en el campo de concentración estaba más generalizado de lo que creíamos entonces -explicó Dieter Schmidt-. Teníamos un presupuesto de gastos diario que había que respetar. Por ejemplo, disponíamos de mil cien marcos al día para la manutención de los prisioneros. Lo que hicimos fue engañar a la administración central saltándonos el reparto de comida aproximadamente cada cinco días. Al fin y al cabo, aquella chusma no podía quejarse a nadie. Lo llamábamos castigo colectivo remitiendo a ciertas faltas que jamás se habían cometido. Naturalmente, algunos miles pagaron con sus vidas, algo que nadie lamentó.

»Por lo demás, no solíamos ser demasiado exactos a la hora de llevar las cuentas de lo que ingresábamos por el alquiler de esclavos y, finalmente, hicimos una ligera reducción de las tasas, lo que sin duda aumentó el volumen de negocios con relación a su finalidad. Los fabricantes y demás patrones nunca se quejaron. La colaboración era ejemplar.

»A finales de verano contabilizamos nuestros beneficios totales en, más o menos, un millón de marcos. Resultó ser un negocio fenomenal hasta que un capo, durante una inspección, tuvo la mala suerte de derribar a un funcionario de Berlín al que se le rompieron las gafas. El capo se puso inmediatamente de rodillas y suplicó por su vida, como si hubiera alguien que fuera a tomarse la molestia de quitársela. Lloraba e imploraba y llegó incluso a agarrarse al funcionario que, confundido, intentaba soltarse, algo que sólo hizo que aquel hombre se aferrara a él con más fuerza. Al final el capo gritó que se lo contaría todo acerca del funcionamiento de aquel campo si le perdonaba la vida. Lo que sabía era, por supuesto, muy limitado, aunque sí logró proferir que se hacían trampas con las raciones de comida antes de que lográramos sacarlo de ahí y acabar con él. Y entonces ya fue demasiado tarde.

»Durante la revisión de cuentas que se llevó a cabo descubrieron todo el dinero que habíamos apartado y lo confiscaron. Permanecimos un mes entero en la cárcel de Lublin, esperando que ejecutaran nuestra sentencia de muerte. No sabemos lo que pudo modificar la sentencia, aparte de la situación bélica. No obstante, alguien debió de cambiar de opinión. Y así fue cómo aterrizamos en el frente oriental.

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