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La Casa del Alfabeto

Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:

Alemania, segunda guerra mundial. El avión de los pilotos ingleses James Teasdale y Bryan Young es derribado en territorio enemigo durante una misión fotográfica. Consiguen sobrevivir, pero no llevan los uniformes, por lo que, si son capturados, serán acusados de espionaje y, probablemente, ejecutados.
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
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Fue Jill quien, sin saberlo, resolvió el problema de trasladar el globo a Dover, donde los aguardaban el acantilado y el viento.

El 10 de julio de 1934, Jill cumpliría dieciocho años. En aquella zona se había convertido en una cuestión de moda que las chicas de las mejores familias, al igual que habían hecho las hijas de la servidumbre durante siglos, empezaran a prepararse para el matrimonio. Antes de la boda era costumbre que hubieran empezado a reunir su dote, que consistía en vajilla y cubertería.

Según Jill y sus amigas, había que tener una vitrina para guardar tales alhajas. Y Jill no disponía de una. «Vitrina en venta -rezaba un anuncio en el diario-. Posibilidad de trocarla por una bicicleta de señora de una buena marca. Razón: Riggs & Cgo.» Cuando Jill leyó la dirección en voz alta, los chicos saltaron de entusiasmo.

Irían a Dover.

Fue la señora Teasdale quien finalmente pagó el pato y tuvo que poner su bicicleta en aquel trueque.

Y la lona del globo fue el envoltorio.

Cuando llegaron a su destino, los chicos escondieron la lona debajo de un cargadero mientras el señor Teasdale y la hija se encargaban del trato.

La vitrina ya tenía dueño. Jill estaba desconsolada. Durante el viaje de vuelta. James tuvo que darle unas palmaditas de consuelo a su hermana mayor. «¿Quieres que te preste mi pañuelo?», fue su última oferta. Jill miró con incredulidad los restos que había depositados en aquel trapo y se echó a reír. «¡Creo, hermanito, que necesitas más el mío que yo el tuyo!»

James todavía era capaz de evocar sus hoyuelos.

El pañuelo que ella le había ofrecido era de color azul con una cenefa que Jill había bordado.

En los tiempos que siguieron, Bryan vio con asombro cómo su amigo se ataba todas las mañanas su talismán -el pañuelo-al cuello. Los chicos llevaban dos semanas esperando que llegara el viento.

Por fin llegó el día. El viento se había levantado, en la cresta del acantilado soplaba con tal frescura que las gaviotas apenas eran capaces de dirigir sus agresivos vuelos en picado contra ellos y los dos muchachos habían rellenado las camas con almohadas y edredones. Los chicos se cogieron por el hombro dejando volar la mirada hacia la Tierra Prometida, al otro lado del canal.

La dirección del viento era idónea.

Luego recogieron el baúl de mimbre con la leña que habían escondido entre los árboles de la ladera de tierra en otoño. Ataron aquella cesta, aquel modelo de góndola, con cinco buenos cabos por debajo de la abertura del globo. Luego depositaron los leños debajo del árbol cuya copa ornaba la lona. Cuando desapareció la oscuridad, el fuego llevaba horas crepitando bajo el globo creciente.

Antes de que se hubieran llenado las tres cuartas partes del globo, salió el sol sobre un cielo despejado que les permitió vislumbrar el contorno del continente europeo. Unos cuantos pensionistas madrugadores paseaban a lo largo de la hilera de cabinas de baño de la playa pública.

James jamás olvidaría aquellas voces.

Durante los minutos críticos que antecedieron a su viaje, James cometió varios errores. En el mismo instante en que aparecieron los primeros bañistas de la mañana, exigió que emprendieran el vuelo inmediatamente para que no los descubrieran. Bryan había protestado; la lona todavía no estaba suficientemente llena.

– Confía en mí -le había dicho James-. ¡Todo irá como estaba previsto!

Cuando finalmente el viento levantó el globo la primera pulgada del suelo, James se había sentido seguro. La lona se hinchaba de forma imponente sobre sus cabezas; oval, abarquillada y enorme. Entonces soltó el último amarre y arrojó un par de leños más por la borda.

La silueta gigantesca del globo cabeceó un instante en el borde del acantilado. Bryan había alzado la vista asustado y con el dedo había señalado una de las costuras del globo que dejaba escapar aire caliente con los golpes de viento.

– Dejémoslo para otro día. James -había dicho.

Sin embargo, su compañero había sacudido la cabeza dirigiendo la mirada hacia el cabo de Gris Nez. Entonces volvió a apoderarse de él un diablo y en menos de un segundo hubo arrojado el resto de los leños, sus víveres y sus mudas por la borda.

En el preciso instante en que la cesta se elevó de un salto elegantemente en el aire, e] globo se aplanó desplegándose como una vela, presa de las ráfagas de viento imprevisibles. Por entonces, Bryan ya había dado un salto a tierra mientras James contemplaba, atónito, el espectáculo.

Y entonces fue cuando el viento arrastró la nave por el borde del acantilado.

Más tarde, los espectadores de la ciudad contaron que el globo había sido arrojado contra las rocas por la turbulencia y que se había enganchado en un saliente con un sonido desgarrador.

– ¡Gilipollas! -había gritado James dirigiéndose al rostro pálido de Bryan, que asomaba por el borde del acantilado.

El sueño desinflado que pendía sobre su cabeza profirió un conjunto de sonidos fatídicos. Los restregones que provocaban las pequeñas ráfagas contra la roca blanda estaban a punto de desgarrar la lona. Nadie había echado en falta aquel hurto, ya que la lona estaba tierna y ajada.

Una vez hubo proferido aquel insulto, James renunció a reprender más a Bryan. Sobre su cabeza, Bryan asomó las piernas por el borde de mala gana e inició el descenso. Durante los años que habían compartido hazañas, nunca había habido accidentes en aquel sector del acantilado. Sin embargo, y eso lo sabían los chicos, la ladera oeste ya había exigido muchos sacrificios. Algunos habían dicho que las víctimas habían quedado totalmente aplastadas, tan planas como un pescado curado.

Cuando la lona se desgarró con un chasquido, el globo se despeñó algunos metros más y los cabos sueltos empezaron a ondear al aire libremente, Bryan se orinó en los pantalones sin por ello detener la peligrosa acción de socorro que había emprendido. La cascada de orina se escurrió libremente por las perneras y el viento se!a llevó.

Una anilla de latón en la punta superior, que originalmente había sujetado la lona a un botalón, había atravesado la tela. En aquel agujero habían atado una cuerda que todavía colgaba libremente del centro del globo. La idea había sido que, en cuanto hubieran cumplido con su cometido, agarrarían aquel cabo y vaciarían el aire del globo para que el descenso pudiera llevarse a cabo de forma controlada.

Mientras que Bryan se había aferrado a la ladera de creta porosa del acantilado buscando febrilmente aquella anilla de latón, James había entonado su himno de guerra.

De pronto, el globo volvió a desgarrarse de un tirón.

A sus pies, las notas salían de la boca de James, siguiendo los golpes rítmicos del globo contra la pared de roca:

Idon't know what they have to say it makes no difference anyway whatever it is, l'm against it…

James ya no recordaba con tanta nitidez el resto de los acontecimientos. Con las lágrimas saltándole de los ojos, Bryan había conseguido agarrar el cabo, alzarlo y luego volver a arriarlo en su plena longitud. También los pantalones de James mostraban unas grandes manchas oscuras en la entrepierna cuando finalmente se encontraron estirados en el borde del acantilado. Bryan llevaba un buen rato contemplando a su amigo, que seguía canturreando mientras intentaba recobrar el aliento.

Los recuerdos de aquel episodio habían vuelto a la mente de James en más de una ocasión. Durante la Operación Supercharge en el desierto africano, durante los vuelos nocturnos, durante los años laboriosos de Cambridge, en las aulas de Trinity.

James intentaba con dificultad volver a la realidad de la sección. Llegaron los primeros tintineos desde la planta inferior. El olor era pesado por los efluvios de la noche. Volvió cautelosamente la cabeza y posó la mirada en Bryan. Las cortinas que colgaban detrás de él ondeaban ligeramente, a pesar de que las contraventanas estaban cerradas. Tan sólo el hombrecito enjuto de los ojos rojos estaba despierto en la fila de Bryan. Miró fijamente a James y le sonrió escudriñando su rostro. Al comprobar que James no reaccionaba, el hombrecillo también se tapó el rostro con la manta y se tranquilizó.

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