Cita De Amor
- Автор: Кренц Джейн Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Cita De Amor». Краткое содержание книги:
La joven abrió sorprendida los ojos.
– Dios mío, no se me había ocurrido.
«Y eso demuestra que esta noche mi mente es un caos -pensó-. Podría estar embarazada del hijo de Harry.» De manera instintiva, se tocó el vientre con mano protectora.
La mirada de Harry siguió el gesto y sonrió.
– Es evidente que se te había escapado esa posibilidad.
– Podríamos esperar un poco -arriesgó Augusta.
– No esperaremos un día más de lo necesario.
Percibió la nota inflexible en el tono de Harry y supo que era inútil seguir discutiendo. Tampoco estaba segura de querer continuar la diatriba. En ese momento, no sabía lo que quería. «¿Qué significará tener un hijo de Harry?» Tensa e inmóvil, permaneció sentada hasta que el coche llegó a la casa de lady Arbuthnot.
Al apearse, Augusta se volvió a Harry por última vez.
– Aún no es tarde para reconsiderarlo. Te ruego que no adoptes ninguna decisión hasta mañana. Tal vez entonces pienses de otra manera.
– Mañana estaré muy atareado: tendré que ocuparme de la licencia y de algunos otros asuntos -le informó-. Vamos, te acompañaré hasta la puerta trasera.
– ¿Qué significa que mañana estés tan ocupado? -preguntó, mientras Harry la acompañaba ligero hasta la puerta de atrás-. ¿Qué harás además de conseguir la licencia?
– Pienso hacer una visita a Lovejoy, entre otras cosas. Por favor, procura caminar más rápido. Me inquieta sobremanera acompañarte vestida de esa forma.
Pero de pronto, Augusta clavó los tacones de las botas y se detuvo.
– ¿Lovejoy? ¿Que le harás una visita? -Se estiró y lo cogió por las solapas del abrigo-. Harry, no cometerás la tontería de retarlo a duelo, ¿verdad?
El conde la miró con ojos indiscernibles en la oscuridad.
– ¿Te parece una tontería?
– ¡Por Dios, sí! Un enorme disparate. Es impensable. No debes hacer algo así, ¿me oyes? No lo permitiré.
El hombre la observó, pensativo.
– ¿Por qué? -preguntó al fin.
– Porque podría suceder algo terrible -dijo, sin aliento-. Podrían matarte por mi culpa y no podría soportarlo, ¿comprendes? No quisiera llevar algo así sobre mi conciencia. El asunto de la deuda era problema mío y ya está solucionado. No es necesario desafiar a Lovejoy. Por favor, Harry, te lo ruego, prométeme que no lo harás.
– Según sé, si tu padre o tu hermano estuviesen vivos habrían concertado una cita con Lovejoy al amanecer -comentó Harry en voz suave.
– Pero no es lo mismo. Eran hombres muy diferentes. -Augusta se desesperó-. Eran imprudentes y audaces, y en ocasiones, quizá demasiado. De cualquier modo, tampoco querría que retaran ellos a Lovejoy. Repito: todo fue por mi causa.
– Augusta…
La muchacha dio un tirón de advertencia a las solapas.
– No quiero que nadie arriesgue su vida por algo que hice yo. Por favor, Harry, dame tu palabra de que no lo harás. No soportaría que te pasara algo por mi culpa.
– Pareces muy segura de que sería yo quien perdiera el duelo -dijo-. Tendría que ofenderme de tu falta de confianza en mi habilidad con la pistola.
– No se trata de eso. -Movió la cabeza desesperada por asegurarle que no debía sentirse avergonzado-. Es que algunos hombres, como le pasaba a mi hermano, tienen mayor tendencia a las actividades peligrosas. Pero tú no. Tú eres un estudioso, señor mío, no un extremista de sangre caliente ni un deportista.
– Augusta, comienzo a pensar que sientes cierto afecto por mí, aunque no tengas buena opinión de mis habilidades duelísticas.
– Por supuesto que tengo buena opinión de ti, Harry. Siempre te tuve simpatía. Incluso en los últimos tiempos cobré por ti cierto grado de cariño.
– Comprendo.
Al percibir el suave tono burlón, Augusta sintió que le ardían las mejillas. Acababa de permitir que ese hombre le hiciera el amor sobre los cojines de un coche… ¡y le decía que sentía «cierto grado de cariño» por él! La consideraría una perfecta estúpida. Por otra parte, no podía decirle que estaba locamente enamorada. No era momento ni lugar para una declaración apasionada. Todo era muy caótico.
– Harry, esta noche te has portado muy bien conmigo y no quisiera que sufrieras a causa de mis actos -concluyó Augusta, decidida.
Harry guardó silencio largo rato y luego esbozó una sonrisa carente de alegría.
– Augusta, hagamos un trato. No retaré a duelo a Lovejoy si me das tu palabra de que no discutirás más conmigo respecto al casamiento.
– Pero, Harry…
– Es un trato, querida.
La joven lanzó un hondo suspiro reconociendo que no tenía escapatoria.
– De acuerdo.
– Magnífico.
De pronto, Augusta entrecerró los ojos con expresión suspicaz.
– Graystone, si no te conociera juraría que eres un bruto demasiado astuto e inteligente.
– Ah, pero me conoces muy bien y puedes desechar esa conclusión, ¿no es así, querida? No soy sino un estudioso de los clásicos más bien esforzado y aburrido.
– Que hace el amor en los coches y sabe abrir cerraduras y cajas de seguridad.
– En los libros se aprenden las cosas más asombrosas. -Le besó la punta de la nariz-. Ahora, entra y quítate esos condenados pantalones. Son impropios de una dama. Prefiero que mi futura condesa lleve un atuendo más femenino.
– Eso no me sorprende, milord. -Se volvió para irse.
– Augusta…
Miró sobre el hombro y vio que Harry buscaba algo en el bolsillo del abrigo y sacaba un pequeño paquete.
– Dime.
– Creo que esto es tuyo. Confío en que no volverás a meterte en una situación similar para tener que empeñarlo otra vez.
– ¡El collar! -El rostro de la joven se iluminó con una sonrisa mientras asía el talego. Se puso de puntillas y le dio un breve beso en el mentón-. Gracias. No te imaginas cuánto significa para mí. ¿Cómo lo has encontrado?
– La persona que te lo compró estaba ansiosa por deshacerse de él -respondió Harry en tono cortante.
– Por supuesto, te devolveré las mil libras que obtuve -se apresuró a afirmar la joven, embelesada por haber recuperado el collar.
– No importa. Considéralas un adelanto de los pactos conyugales.
– Es muy generoso de tu parte, pero no puedo aceptar semejante regalo.
– Acéptalo -dijo Harry con frialdad-. Recuerda que soy tu prometido y tengo el privilegio de hacerte algún regalo. Por otra parte, me consideraré recompensado si has aprendido la lección.
– Respecto a Lovejoy, no temas, ya la he aprendido. No volveré a jugar con él -Augusta hizo una pausa sintiéndose sobremanera generosa-, y tampoco bailaré con él de ahora en adelante.
– Augusta, ni le dirigirás la palabra. ¿Entendido?
– Sí, Harry.
La expresión del conde se suavizó al tiempo que la recorría con la mirada. Aquella mirada posesiva la hizo estremecerse.
– Vete, querida -dijo Harry-, se hace tarde.
Augusta dio media vuelta y corrió hacia la casa.
Al día siguiente, poco después de mediodía, Harry fue conducido a la pequeña biblioteca de Lovejoy. Estudió la habitación con aire negligente y vio que todo se encontraba en su sitio tal como la noche anterior, incluyendo el globo junto a la estantería.
Lovejoy se respaldó en la silla tras el escritorio y observó al inesperado visitante con aparente interés. Pero en sus ojos apareció un brillo de desasosiego.
– Buenos días, Graystone. ¿Qué lo trae por aquí?
– Un asunto personal. No requerirá mucho tiempo.
Harry se sentó en la silla de respaldo alto cerca del hogar. Contra lo que suponía Augusta, no pensaba desafiar a duelo a Lovejoy. Era necesario conocer al enemigo antes de decidir la forma de lidiar con él.
– ¿Un asunto personal, dice? Confieso que me sorprende. No pensé que la señorita Ballinger recurriera a usted para resolver una deuda de juego. De modo que le ha pedido que pague en su nombre, ¿no es así?