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Электронная книга - «Cita De Amor». Краткое содержание книги:

Augusta Ballinger estaba segura de que se trataba de un terrible error. No era posible que el temible, pomposo y peligrosamente perturbador conde de Graystone quisiera casarse con ella… porque se rumoreaba que la elegida tenía que ser un dechado de virtudes. Y todos sabían que ella, la última descendiente de los desenfrenados Ballinger de Northumberland, no respetaba las normas sociales. Con el fin de convencer al conde de que no es la esposa apropiada, planea un encuentro a medianoche. Pero al entrar en la casa por una ventana sólo consigue fortalecer la resolución de él: arrancar a besos la risa de esos labios de miel y enseñar buen comportamiento a la indomable jovencita. Pero un viejo enemigo irrumpe para amenazar el amor de los dos, su honor e incluso su vida.
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Era evidente que el conde había olvidado el desagradable asunto de la deuda con Lovejoy, pensó Augusta, dichosa. Si todavía estuviese enfadado con ella, no la besaría de este modo. Se abrazó a él hundiendo los dedos en la tela gruesa del abrigo negro.

– ¡Por Dios, Augusta! -Harry alzó la cabeza. Los ojos le resplandecían en la oscuridad-. Estás volviéndome loco. Te habría azotado con gusto hace un momento y ahora estás haciéndome desear llevarte a la primera cama que hubiera.

La joven le acarició el rostro y sonrió anhelante.

– Harry, bésame otra vez, por favor. Me encanta que me beses.

Ahogando un juramento, la boca de Harry volvió a posarse sobre la de Augusta. La muchacha sintió que deslizaba la mano por el hombro oprimiéndola con suavidad y se paralizó al percibir los dedos del conde que le tocaban el pecho a través de la camisa. Pero no se apartó.

– ¿Te gusta, mi turbulenta chiquilla? -La voz de Harry era ronca mientras le desabrochaba la camisa.

– Sí -susurró-. Querría que me besases y no dejases de hacerlo. Te juro que es la experiencia más fascinante.

– Me alegro que te lo parezca.

A continuación, la mano del hombre se deslizó entre la camisa abierta y ahuecó la mano sobre el pecho desnudo. Augusta cerró los ojos y contuvo la respiración al tiempo que el pulgar de Harry trazaba círculos alrededor del pezón.

– ¡Dios mío! -susurró Harry en voz densa-. Es la más dulce de las frutas.

Inclinó la cabeza para tomar con la boca el capullo rosado y Augusta gimió.

– Tranquila, mi amor -murmuró, llevando su mano hacia el cierre de los pantalones de Augusta.

En una nebulosa, Augusta comprendió que iban dentro de un coche por una calle de Londres, que Scruggs conducía en el pescante ignorante, por suerte, de lo que ocurría en el interior, y que debía guardar silencio, pero no podía contener las exclamaciones de sorpresa. Las caricias de Harry hacían que su cuerpo vibrara de placer. La recorría una ansiedad insoportable creando en ella una tensión demasiado nueva y extraña para experimentarla en silencio. Al sentir los dedos de Harry dentro de los pantalones que buscaban los tibios secretos entre sus muslos, contuvo el aliento y exclamó en tono quedo:

– ¡Oh, Harry!

Harry respondió con un gemido que era mitad risa y mitad maldición.

– Silencio, corazón. Calma, mi amor.

– Pero no puedo quedarme callada cuando me acaricias así, Harry, es una sensación muy extraña. Te juro que nunca he sentido nada parecido.

– ¡Maldición, mujer! No sabes hasta qué punto me provocas, ¿verdad?

Harry se movió y cambió rápidamente de posición. Se quitó el abrigo y lo extendió sobre los almohadones verdes. A continuación, acomodó a Augusta sobre aquél. La muchacha había levantado las rodillas buscando espacio. Cuando abrió los ojos, Harry estaba en cuclillas a su lado. Con febril impaciencia, se inclinó para abrirle la camisa y desnudarle los pechos.

Augusta comenzaba a acostumbrarse al contacto de la mano de Harry sobre la parte superior del cuerpo cuando notó que el conde se quitaba los zapatos y le bajaba a ella los pantalones.

– ¿Qué estás haciendo?

Se removió inquieta sobre los almohadones perdida en la neblina de despertar sensual que la envolvía.

La mano cálida de Harry se apoyó con audaz intimidad sobre su tibieza y la joven tembló.

– Dime otra vez que me deseas -murmuró con la boca sobre el pecho de Augusta.

– Te deseo. Nunca en mi vida he deseado algo con tal intensidad.

Se arqueó contra la mano del hombre y lo oyó gemir. Una vez más, toda intención de protestar se esfumó dejando lugar a un creciente anhelo. Volvió a lanzar una exclamación y la boca de Harry cubrió la suya silenciándola con suavidad.

Al percibir que Harry cambiaba otra vez de posición, Augusta tembló. Ahora se situaba de rodillas entre las piernas abiertas de la muchacha. Advirtió que manipulaba torpe y rápidamente sus propios pantalones.

– Harry…

– Silencio, mi amor. Calla.

Al sentir que el peso de Harry la aplastaba contra los almohadones, Augusta jadeó. Se había colocado entre sus muslos antes de que ella comprendiera lo que intentaba hacer. Los dedos del hombre se deslizaron entre los cuerpos de ambos acariciándola y abriéndola.

– Sí, mi amor, eso es. Sí. Ábrete a mí. Así. Dios, eres tan suave… y estás húmeda y dispuesta a mí. Déjame sentirte, querida.

Los roncos y apremiantes susurros la anegaron. Sintió que algo duro e irrefrenable penetraba en ella con lentitud pero con firmeza.

Por un instante, la atenazó el pánico. Confusa, pensó que debía detenerlo. Sin duda, Harry lo lamentaría por la mañana, quizá le echara la culpa a ella como lo había hecho la última vez.

– Harry, no deberíamos hacer esto. Pensarás que soy una indecente.

– No, mi amor. Creo que eres dulce y suave.

– Dirás que te alentaba yo -sintió que Harry presionaba con más fuerza y jadeó-, y que nos comprometimos en ello.

– Las promesas ya existen. Me perteneces, Augusta. Estamos comprometidos. No tienes que temer que te entregues al hombre que será tu esposo.

– ¿Estás seguro?

– Por completo. Rodéame con los brazos, mi amor -murmuró Harry con sus labios sobre los de Augusta-. Abrázame. Recíbeme dentro de ti. Demuéstrame que de verdad me deseas.

– ¡Oh, Harry, te deseo! Y si estás seguro de que me quieres, si no piensas que mi virtud…

– Te quiero, Augusta. Dios sabe que te quiero tanto que no sobreviviría hasta mañana si no te poseyera ahora mismo. Nada me parece más correcto.

– ¡Oh, Harry!

«Me quiere», pensó Augusta, aturdida por esa revelación. La necesitaba desesperadamente. Y anhelaba rendirse a él, ansiaba descubrir cómo se sentiría poseída por Harry.

Apretó los brazos alrededor del cuello del conde y se dejó llevar por la fuerza del hombre.

– ¡Sí, Augusta, sí!

La boca se apretó sobre la de Augusta y la oprimió bajo su cuerpo. Augusta, lanzada al límite de una ardiente sensualidad, sintió como si la hubiesen arrojado a un estanque de agua helada. La íntima invasión rugió en su interior. «Esto no es lo que yo esperaba.» Jadeó y gritó, sorprendida y horrorizada. Con todo, la protesta no fue más que un débil chillido, pues la boca de Harry se apretaba salvaje sobre la suya. Absorbió la exclamación serenándola con el beso. Ninguno de los dos se movió.

Harry alzó la cabeza. La luz suave del coche iluminó la transpiración de su frente y la mandíbula apretada.

– Harry…

– Tranquila, mi amor, tranquila. En seguida estarás bien. Mi amor, perdóname por apresurar las cosas. -Derramó besos cálidos y apremiantes sobre las mejillas y el cuello de la muchacha y la apretó con las manos-. Me emborrachaste de deseo; como cualquier borracho, me he precipitado torpemente y tendría que haber sido más delicado y diestro.

Augusta no respondió. Estaba concentrada en habituarse a la extraña sensación de sentir a Harry dentro de ella. Por un instante infinito, Harry permaneció inmóvil sobre Augusta y ella percibió la rígida tensión con que se controlaba.

– Augusta.

– Dime, Harry.

– ¿Estás bien, mi amor? -preguntó entre dientes. Parecía estar apelando a toda la fuerza de su voluntad para contenerse.

– Creo que sí -dijo Augusta con el entrecejo fruncido, mientras su cuerpo se acostumbraba a esa extraña sensación que no se parecía a ninguna otra que hubiese experimentado.

En ese momento, el carruaje se sacudió con un bache y el inesperado movimiento hizo que Harry penetrara más adentro. Él gimió y Augusta jadeó.

Harry musitó algo y apoyó su frente sobre la de ella.

– Será mejor, Augusta, te lo aseguro. Eres tan dulce, tan ardiente… Mírame, cariño. -Le rodeó el rostro con las manos-. ¡Maldición, Augusta, abre los ojos y mírame! Dime que todavía me quieres. Lo último que querría sería herirte.

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