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Los asesinos ocultos

Электронная книга - «Los asesinos ocultos». Краткое содержание книги:

Una terrible explosión en un edificio de Sevilla ha causado la muerte de varios ciudadanos. Cuando se descubre que los bajos de la edificación alojaban una mezquita, los temores que apuntan a un atentado terrorista se imponen. El miedo se apodera de la ciudad: bares y restaurantes se vacían, se multiplican las falsas alarmas y las evacuaciones.
Sometido a la presión tanto de los medios En Escocia en pleno siglo XIV, el clan de los Fitzhugh asesina a toda la familia de Morganna Kil Creggar, la protagonista de esta novela pasional, humorística y llena de fuerza. Alta, delgada y atractiva, Morganna jura venganza por este acto al clan enemigo y, para llevar a cabo su cometido, se viste de chico y se hace llamar Morgan. Ello le brinda la oportunidad de trabajar como escudero para Zander Fitzhugh, un miembro del clan y caballero empeñado en unificar su tierra y liberarla del dominio inglés, como del sector político, el inspector Javier Falcón descubre que el terrible suceso no es lo que parece. Y cuando todo apunta a que se trata de una conspiración, Falcón descubre algo que le obligará a dedicarse en cuerpo y alma a evitar que se produzca una catástrofe aún mayor más allá de las fronteras españolas.
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– ¿Hay elecciones cercanas?

– Las elecciones al Parlamento Andaluz se celebraron en marzo de 2004 -dijo Calderón-. Las municipales fueron en 2003, así que no habrá votaciones hasta marzo. En la actualidad el ayuntamiento es socialista.

Juan sacó del bolsillo un papel doblado.

– Antes de salir de Madrid recibimos una llamada del CGI, que acababa de ser informado de que el director del ABC había recibido una carta con matasellos de Sevilla. En la carta había una hoja de papel y un texto impreso en español. Hemos descubierto que el texto pertenece a Abdulá Azzam, un predicador más conocido por ser uno de los principales ideólogos de la resistencia afgana durante la invasión rusa. Dice lo siguiente: «Esta misión no acabará con la victoria en Afganistán; la yihad seguirá siendo una obligación individual hasta que todas las tierras que fueron musulmanas nos sean devueltas, a fin de que el Islam vuelva a reinar: nos quedan Palestina, Bojara, Líbano, Chad, Eritrea, Somalia, Filipinas, Birmania, Yemen del Sur, Tashkent…» -Hizo una pausa, mirando a su alrededor- «y Andalucía».

10

Sevilla. Martes, 6 de junio de 2006, 13:45 horas

La noticia de que se había encontrado otro cadáver entre los escombros interrumpió la reunión. Calderón se fue de inmediato. Los tres hombres del CNI hablaron entre ellos con vehemencia, mientras Falcón y Elvira planificaban la investigación. El inspector jefe Barros del CGI tenía la mirada fija en el suelo, y los músculos de su mandíbula barruntaban alguna nueva humillación. Al cabo de diez minutos los del CNI hablaron con Elvira. A Falcón y Barros les pidieron que salieran. Barros comenzó a medir el pasillo a pasos, evitando a Falcón. Unos momentos después Elvira hizo entrar a Falcón, y los del CNI se dirigieron hacia la puerta, afirmando que llevarían a cabo un registro detallado del piso del imán Abdelkrim Benaboura.

– ¿Compartirán la información que obtengan? -preguntó Falcón.

– Naturalmente -dijo Juan-, a no ser que comprometa la seguridad nacional.

– Me gustaría que uno de mis agentes estuviera presente.

– A la luz de lo que acaba de decirse, tenemos que hacerlo ahora y ustedes están muy ocupados.

Se fueron. Falcón se volvió hacia Elvira, las manos abiertas, cuestionando la situación.

– Están decididos a no cometer ningún error esta vez -dijo Elvira-, y también quieren todo el mérito. Muchos se juegan el futuro.

– ¿Y hasta qué punto tiene usted control sobre lo que hacen?

– El problema son las palabras «seguridad nacional» -dijo Elvira-. Por ejemplo, quieren hablar con usted de un asunto de «seguridad nacional», lo que significa que a mí sólo me han dicho que ha de ser una conversación larga y privada.

– Pues hoy no va a ser fácil.

– Será cuando le vaya bien a usted… por la noche, cuando sea.

– ¿Y lo de «seguridad nacional» es la única pista que le han dado?

– Les interesan sus conexiones marroquíes -dijo Elvira-, y han pedido una entrevista con usted.

– ¿Una entrevista? -dijo Falcón-. Parece que vaya a pedirles trabajo, y ya tengo uno que me tiene bastante ocupado.

– ¿Dónde va ahora?

– Estoy tentado de presentarme en el registro del apartamento del imán -dijo Falcón-. Pero creo que voy a seguir la pista de Informaticalidad. Es una forma muy rara de estarse ocupar un piso tres meses.

– Así que va a mantener la mente abierta, no como hicieron nuestros amigos del CNI -dijo Elvira, señalando la puerta con la cabeza.

– Me ha parecido que Juan ha sido muy elocuente.

– Eso es lo que quieren que piensen los demás -dijo Elvira-, para que no quede ningún cabo suelto, pero no tengo la menor duda de que creen que han dado con el inicio de una importante campaña de terrorismo islámico.

– ¿Para devolver Andalucía al redil islámico?

– ¿Por qué si no iban a querer hablar con usted de sus «conexiones marroquíes»?

– No sabemos lo que saben ellos.

– Sé que están buscando reparar sus errores del 11-M y cubrirse de gloria -dijo Elvira-, y eso me preocupa.

– ¿Y qué pasa con el inspector jefe Barros? -preguntó Falcón-. No ha dicho una palabra, como si le hubieran dicho que asistiera pero manteniendo la boca cerrada.

– Hay un problema que le explicarán enseguida. Todo lo que me ha dicho el jefe del CGI de Madrid es que, por el momento, la unidad antiterrorista de Sevilla no puede participar en la investigación.

Consuelo estaba sentada en su despacho del restaurante de La Macarena. Se había quitado los zapatos y estaba en posición fetal en una de sus nuevas y caras butacas de cuero, que la mecía suavemente. Tenía un pañuelo de papel, hecho un ovillo, metido en la boca, y lo sujetaba con las manos. Lo mordía cuando el dolor era demasiado fuerte. Su garganta intentaba expresar la emoción, pero no tenía puntos de referencia. Sentía el cuerpo como cuando la tierra revienta y expulsa trozos de magma.

El televisor estaba encendido. No había sido capaz de soportar el silencio del restaurante. Los chefs no tenían que comenzar a preparar el servicio de mediodía hasta las once, y había intentado aliviar su extrema agitación caminando, pero su gira por la cocina inmaculada, con sus relucientes superficies de acero inoxidable, sus cuchillos y trinchantes guiñándole el ojo para animarla, la habían aterrado más que calmarla. Se había paseado por los comedores y el patio, pero ni los olores, ni las texturas, ni el orden obsesivo de las mesas puestas había podido llenar el doloroso vacío que le oprimía las costillas.

Había regresado a su despacho y se había encerrado. El volumen del televisor estaba tan bajo que apenas entendía lo que decían, pero le consolaba el murmullo humano. Por el rabillo del ojo divisó las imágenes de la destrucción en la pantalla. En el despacho había un fuerte olor a vómito, pues había devuelto al ver los cuerpecillos de los niños bajo sus batas delante de la guardería. El rímel corría por las mejillas por las lágrimas. El pañuelo de papel estaba pegajoso de saliva en la parte de la boca. Algo se había abierto; fuera lo que fuera lo que tenía dentro, se había destapado, y ella, que siempre se había enorgullecido de su valor para afrontarlo todo, no soportaba mirarlo. Cerró los ojos ante un nuevo acceso de dolor. El sillón se contagió del estremecimiento de su cuerpo. Su garganta emitía un chillido, como si tuviera algo agudo alojado dentro.

El bloque de pisos destruido parpadeaba en la pantalla, y lo veía por el rabillo del ojo. Se le hacía insoportable apagar la tele y ser la única ocupante de aquel silencio, aun cuando el derrumbe del edificio era una aterradora reproducción de su estado mental. Apenas horas antes estaba más o menos entera. Siempre había imaginado que entre la cordura y la locura había un enorme abismo, pero ahora descubría que era como el borde de un desierto: no sabías si lo habías cruzado o no.

Las imágenes que aparecían en televisión se transformaban en montones de escombros o en bolsas de cadáveres que subían a una camilla, en los heridos que caminaban tambaleándose por la acera, en los bordes quebrados de las ventanas rotas, en los árboles desnudos de hojas, en los coches boca abajo en los jardines, en una señal de carretera clavada al revés en la tierra. Esos directores de informativos de televisión debían de ser profesionales del horror, pues cada imagen era como una bofetada que arrojaba esa nueva realidad a la cara del público satisfecho de sí mismo.

Regresó la calma. Apareció un presentador delante de la iglesia de San Hermenegildo. Tenía una cara amistosa. Consuelo subió el volumen con la esperanza de que fueran buenas noticias. La cámara hizo un zoom hacia la placa y regresó al presentador, que ahora caminaba y relataba una breve historia de la iglesia. La cámara no se apartaba de la cara del presentador. Había una tensión inexplicable en la escena. Algo iba a ocurrir. El suspense paralizaba a Consuelo. La voz del presentador le dijo que ese era el enclave de una antigua mezquita, y la cámara pasó al ápice de un arco árabe clásico. El foco se abrió para revelar el nuevo horror. Escritas en rojo sobre las puertas se leían las palabras: AHORA ES NUESTRA.

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