Los asesinos ocultos
- Автор: Уилсон Роберт
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los asesinos ocultos». Краткое содержание книги:
Sometido a la presión tanto de los medios En Escocia en pleno siglo XIV, el clan de los Fitzhugh asesina a toda la familia de Morganna Kil Creggar, la protagonista de esta novela pasional, humorística y llena de fuerza. Alta, delgada y atractiva, Morganna jura venganza por este acto al clan enemigo y, para llevar a cabo su cometido, se viste de chico y se hace llamar Morgan. Ello le brinda la oportunidad de trabajar como escudero para Zander Fitzhugh, un miembro del clan y caballero empeñado en unificar su tierra y liberarla del dominio inglés, como del sector político, el inspector Javier Falcón descubre que el terrible suceso no es lo que parece. Y cuando todo apunta a que se trata de una conspiración, Falcón descubre algo que le obligará a dedicarse en cuerpo y alma a evitar que se produzca una catástrofe aún mayor más allá de las fronteras españolas.
La pantalla volvió a llenarse de otro montaje de horror. Mujeres chillando sin razón aparente. Sangre en las aceras, en las cunetas, espesando el polvo. Un cadáver, con esa curva inerte de la muerte, cuando lo sacaban de las ruinas.
No pudo soportarlo más. Esos cámaras debían de ser robots para poder hacer frente a ese horror. Apagó el televisor y se quedó en el silencio de su despacho.
Las imágenes la habían afectado. La oscuridad que brotaba en el interior de su pecho pareció volver a cubrirse. Le temblaban las manos, pero ya no necesitaba morder la bola de papel. Experimentó de nuevo la vergüenza de su primera visita a Alicia Aguado. Consuelo se apretó los pómulos con las manos al recordar las palabras: «ciega de los cojones». ¿Cómo podía haber dicho eso? Cogió el teléfono.
Alicia Aguado se sintió aliviada al oír la voz de Consuelo. Su interés emocionó a Consuelo y se le hizo un nudo en la garganta. Nadie se interesaba ya por ella. Tartamudeó una disculpa.
– Me han llamado cosas peores -dijo Aguado-. Puesto que somos los que tenemos más inventiva al insultar, a los psicólogos nos dedican lo mejor del repertorio.
– Fue imperdonable.
– Todo quedará perdonado si vuelve otro día, señora Jiménez.
– Llámame Consuelo. Después de los que hemos pasado, las formalidades están fuera de lugar. ¿Cuándo puedo volver?
– Me gustaría verte esta noche, pero no podré antes de las nueve.
– ¿Esta noche?
– Estoy muy preocupada por ti. Normalmente no lo pediría, pero…
– Pero ¿qué?
– Creo que has llegado a un extremo muy peligroso.
– ¿Peligroso? Peligroso ¿para quién?
– Tienes que prometerme una cosa, Consuelo -dijo Aguado-. Debes venir a verme en cuanto termines de trabajar, y cuando acabemos nuestra sesión debes irte inmediatamente a casa y tener a alguien, un pariente o un amigo, que te haga compañía.
Consuelo no dijo nada.
– Supongo que podría pedírselo a mi hermana -dijo.
– Es muy importante -dijo Aguado-. Creo que te has dado cuenta de la extrema vulnerabilidad de tu estado, de modo que te recomiendo que te limites a irte a casa, al trabajo y a mi consulta.
– ¿No puedes explicarme por qué?
– Por teléfono no -dijo. Te lo explicaré en persona esta noche. Recuerda, ven enseguida. No dejes que nada te distraiga, por muy fuerte que sea la tentación.
Manuela Falcón estaba sentada en la butaca grande y cómoda de Ángel delante de la televisión. Era incapaz de moverse, ni siquiera tenía fuerzas para coger el mando a distancia y oscurecer la pantalla, que transmitía las imágenes del horror directamente a su cerebro. La policía estaba evacuando El Corte Inglés de la plaza del Duque después de que se hubieran encontrado cuatro paquetes sospechosos en distintas plantas de los grandes almacenes. Dos perros rastreadores y sus entrenadores habían llegado para patrullar el edificio. A continuación apareció la imagen de cruces de calles desiertos en el centro de la ciudad, con zapatos desperdigados sobre los adoquines y gente corriendo hacia la plaza Nueva. Manuela se quedó pálida, con apenas la mínima cantidad de sangre llegándole a la cara y el cerebro para mantener la oxigenación y las funciones cerebrales. Se le estaban helando las extremidades, a pesar de tener la puerta de la terraza abierta y de que la temperatura exterior aumentaba.
El teléfono había sonado una vez desde que Ángel saliera hacia las oficinas del ABC, donde esperaba poder tomar el apagado pulso de una ciudad convulsa. Había tenido fuerzas para contestar. Su abogado le había preguntado si había visto la televisión, y luego le había dicho que la compradora sevillana le había salido con una excusa de que no tenía preparado el dinero negro y que tendría que posponer la operación.
– Eso no impedirá que pierda el depósito -dijo Manuela, todavía agresiva.
– ¿Has escuchado lo que ha dicho Canal Sur? -preguntó el abogado-. Han encontrado una furgoneta con restos de explosivo militar en la parte de atrás. El director del ABC en Madrid ha recibido una carta de Al-Qaeda en la que dicen que no descansarán hasta que Andalucía no regrese al redil musulmán. Algunos expertos en seguridad afirman que se trata del comienzo de una importante campaña terrorista y que en días futuros habrá más atentados.
– Qué puta mierda -exclamó Manuela, metiéndose un cigarrillo en la boca y encendiéndolo.
– Así que el depósito de zo.ooo que tu compradora podría perder acabará resultándole una salida barata.
– ¿Y qué me dices del abogado alemán? ¿Aún no ha llamado?
– No, pero llamará.
Manuela había apagado el teléfono y lo había dejado caer sobre el regazo. Fumaba sin pensar y sin parar, y el subidón de nicotina le dio fuerzas para llamar a Ángel, que tenía el móvil apagado. En las oficinas del ABC no lo encontraban, y se oía el mismo griterío que en el parquet de la bolsa en los primeros minutos de un día negro para los mercados.
El abogado volvió a llamarla.
– El alemán se ha retirado. He llamado al notario y todas las compraventas que había para hoy se han cancelado. Por televisión y por radio han emitido un comunicado del jefe superior de Policía y el jefe de los servicios de emergencia en el que se indica que sólo se utilicen los móviles si es absolutamente necesario.
El taller estaba en un patio, al final de un callejón pavimentado de enormes adoquines grises, cerca de la calle Bustos Tavera. Marisa Moreno lo había alquilado tan sólo por el callejón. En días soleados como ese, la luz que inundaba el patio era tan intensa que no se podía ver nada dentro de la oscuridad de los veinticinco metros de callejón. Los adoquines eran como lingotes de peltre y la atraían. Lo que la atraía de ese callejón era que coincidía con su imagen de la muerte. Su interior en arco no era bonito: paredes repugnantes y una colección de cajas de fusibles y cables eléctricos que discurrían sobre el encalado que se caía a pedazos. Pero ese era el meollo. Era una transferencia del confuso mundo material a la purificadora luz que había más allá. No obstante, el patio decepcionaba, pues el paraíso imaginado no era más que una serie de talleres y almacenes viejos y destartalados, con desconchados en las paredes, rejas de hierro forjado y ejes oxidados.
Había sólo cinco minutos andando desde su apartamento de la calle Hiniesta al taller, que era otra de las razones por las que lo había alquilado, aunque fuera demasiado grande. Ella ocupaba la primera planta, a la que se llegaba por una escalera de hierro situada en un lateral. Había una enorme ventana que daba el patio, que le proporcionaba luz y mucho calor en verano. A Marisa le gustaba sudar; era la sangre cubana que corría en su interior. A menudo trabajaba con la parte inferior del bikini, y le gustaba que, al tallar la madera, las astillas se le quedaran pegadas a la piel.
Aquella mañana salió de su apartamento y tomó un café en uno de los bares de la calle Vergara. El bar estaba más atestado que de costumbre, y todos miraban la televisión. Pidió un café con leche, se lo bebió y se fue, rechazando los intentos de los parroquianos de implicarla en alguna discusión. No le interesaba la política, no creía en la Iglesia Católica ni en ninguna otra religión organizada, y lo único que le preocupaba del terrorismo era no encontrarse en el lugar inoportuno en el momento inoportuno.
En el estudio trabajó en teñir dos tallas y pulir otras dos, que tenía que entregar. A mediodía las había metido en un envoltorio de burbujas y estaba en el patio esperando un taxi.