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Los asesinos ocultos

Электронная книга - «Los asesinos ocultos». Краткое содержание книги:

Una terrible explosión en un edificio de Sevilla ha causado la muerte de varios ciudadanos. Cuando se descubre que los bajos de la edificación alojaban una mezquita, los temores que apuntan a un atentado terrorista se imponen. El miedo se apodera de la ciudad: bares y restaurantes se vacían, se multiplican las falsas alarmas y las evacuaciones.
Sometido a la presión tanto de los medios En Escocia en pleno siglo XIV, el clan de los Fitzhugh asesina a toda la familia de Morganna Kil Creggar, la protagonista de esta novela pasional, humorística y llena de fuerza. Alta, delgada y atractiva, Morganna jura venganza por este acto al clan enemigo y, para llevar a cabo su cometido, se viste de chico y se hace llamar Morgan. Ello le brinda la oportunidad de trabajar como escudero para Zander Fitzhugh, un miembro del clan y caballero empeñado en unificar su tierra y liberarla del dominio inglés, como del sector político, el inspector Javier Falcón descubre que el terrible suceso no es lo que parece. Y cuando todo apunta a que se trata de una conspiración, Falcón descubre algo que le obligará a dedicarse en cuerpo y alma a evitar que se produzca una catástrofe aún mayor más allá de las fronteras españolas.
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– Joder -dijo, arreglándose el nudo de la corbata-, parecen una manada de chacales.

– Ramírez me acaba de decir lo del explosivo.

– No hacen más que preguntarme por eso. No me he enterado de nada.

– El nombre común es RDX o hexógeno.

– ¿Hexógeno? -dijo Calderón-. ¿No es lo que los rebeldes chechenos usaron para volar un bloque de pisos en Moscú en 1999?

– Los militares lo utilizan para fabricar proyectiles.

– Recuerdo que hubo un escándalo porque los chechenos utilizaban explosivos reciclados de un instituto de investigación científica del gobierno, que habían sido comprado por la mafia, que luego lo vendió a los rebeldes. La artillería militar rusa había sido utilizada para volar a los suyos.

– Típico de los rusos.

– No lo vas a tener fácil -dijo Calderón-. El hexógeno puede venir de cualquier parte: Rusia, un grupo terrorista checheno, un depósito de armas en Irak, cualquier país del tercer mundo donde haya habido un conflicto y donde hayan dejado abandonada artillería. Incluso podría ser material estadounidense.

El móvil de Falcón vibró. Era Elvira, que los convocaba a una reunión con el Centro Nacional de Inteligencia y la Comisaría General de Información.

Había tres hombres del CNI. El jefe ya había cumplido los sesenta, tenía el pelo blanco, las cejas negras y una cara apuesta de ex atleta. Dijo que se llamaba Juan. Los dos que le acompañaban, Pablo y Gregorio, eran más jóvenes, y tenían ese aspecto anodino de mandos intermedios. Vestidos de oscuro casi no se les distinguía al uno del otro, aunque Pablo tenía una cicatriz que le bajaba de la línea del pelo a la ceja izquierda. Falcón, un tanto incómodo, se dio cuenta de que Pablo no le había quitado la vista de encima desde que entrara en la sala. Comenzó a preguntarse si se conocían.

Sólo había un representante del CGI, la unidad antiterrorista. Era el inspector jefe Ramón Barros, un hombre bajo y robusto de pelo gris cortado al cepillo y dientes perfectos, lo que añadía un elemento siniestro a su porte brutal y amenazador.

El comisario Elvira le pidió a Falcón que hiciera un resumen de lo que habían averiguado hasta ese momento. El inspector comenzó con las consecuencias de la explosión y pasó rápidamente al descubrimiento de la Peugeot Partner, su contenido y todas las veces que había sido vista por los testigos en el aparcamiento.

– Desde entonces hemos descubierto que ese fino polvo blanco de la furgoneta era un explosivo militar conocido como hexógeno, y mi colega, el juez Calderón, me ha informado de que es el mismo explosivo que utilizaron los rebeldes chechenos para volar dos bloques de pisos en Moscú en 1999.

– No crea todo lo que lee en los periódicos -dijo Juan-. Hay serias dudas de que fueran los rebeldes chechenos. No somos muy amantes de las teorías conspirativas, pero por lo que se refiere a Rusia, parece ser que todo es posible. Después de un ataque tan catastrófico como este, existe una tendencia natural a hacer comparaciones, a intentar encontrar una pauta común. Lo que hemos aprendido después de los errores del 11 de marzo es que no hay ninguna pauta. La función del gobierno es mitigar el pánico ofreciendo algún tipo de orden al público aterrorizado. Nuestro trabajo es tratar cada situación como algo único. Prosiga, inspector jefe.

A ninguno de los sevillanos les gustó ese discursito condescendiente, y se quedaron mirando al hombre del CNI, enfundado en sus mocasines caros, su traje liviano y su corbata rígida, gruesa y plateada, y decidieron que, de lo que había dicho, lo único que no le delataba como el típico visitante madrileño era haber admitido que habían cometido un error.

– Si no fueron los rebeldes chechenos, ¿quién fue? -preguntó Calderón.

– Eso no es relevante, juez Calderón -dijo Juan-. Proceda, inspector jefe.

– Podría ser interesante por lo que respecta a la procedencia del hexógeno -dijo Calderón, que no era alguien a quien se hiciera callar fácilmente-. Hemos encontrado una furgoneta con restos de explosivos y parafernalia islámica. Se sabe que los chechenos tienen acceso a la artillería militar rusa, y cuentan con las simpatías del mundo musulmán. Casi todo el mundo cree que esos rebeldes fueron los responsables de la destrucción del bloque de pisos de Moscú. Si los servicios de inteligencia han demostrado que alguna de esas relaciones es falsa, quizá el inspector jefe debería saberlo. El origen de los explosivos será una parte importante de su investigación.

– ¿Su investigación? -dijo Juan-. Dirá nuestra investigación. Esto va a ser un esfuerzo concertado. El Grupo de Homicidios no va a afrontar este caso solo. Ese hexógeno ha sido importado. El CNI cuenta con conexiones internacionales para averiguar de dónde procedía.

– No obstante -dijo Calderón, dando rienda suelta a su pomposidad-, aquí es donde comienza la investigación, y si el inspector jefe tiene que seguir una línea de investigación con información incorrecta o que pueda inducirle a error, quizá se le debería poner al corriente.

Calderón sabía que esa información era irrelevante para la investigación, pero también sabía que era necesaria una demostración de fuerza para poner en su sitio a Juan. Calderón era el principal juez de instrucción, y no iba a permitir que su autoridad quedara socavada por un forastero, y mucho menos por un madrileño.

– No podemos estar seguros -dijo Juan, exasperado por el numerito de Calderón-, pero una de las teorías más creíbles es que el Servicio de Seguridad Ruso, el FSB, fue el responsable de la explosión, y que luego consiguieron culpar a los chechenos. Justo antes de la explosión Putin había sido nombrado director del FSB. El país estaba sumido en el caos, y era la oportunidad perfecta para una maniobra como esa. El FSB provocó una guerra en Chechenia y Daguestán. El primer ministro perdió el cargo y Putin se hizo con el poder a comienzos de 1999. La voladura de los bloques de pisos de Moscú le dio la oportunidad de iniciar una campaña patriótica. Era un líder sin miedo que iba a poner a raya a los rebeldes. A principios de 2000 se comportaba como si fuera el presidente de Rusia. El hexógeno utilizado por el FSB procedía supuestamente de un instituto de investigación científica de Lubianka en el que el FSB tenía su cuartel general. Como puede ver, juez Calderón, mi explicación no es de gran ayuda, pero ilustra lo rápidamente que el mundo puede convertirse en un lugar peligroso y confuso.

Silencio mientras los sevillanos consideraban la relación de la explosión ocurrida en su ciudad con lugares como Chechenia y Moscú. A continuación Falcón les informó de la Peugeot Partner, de los dos hombres que habían descargado cajas en la mezquita, los hombres que se creía estaban en la mezquita a la hora de la explosión y de las últimas revelaciones acerca del propietario del vehículo y su sobrino, Trabelsi Amar, que se la había pedido prestada.

– ¿Algo más? -preguntó Juan, mientras el ayudante de Elvira introducía el nombre de Trabelsi Amar en la base de datos de sospechosos de terrorismo.

– Sólo quiero aclarar una cosa antes de seguir con la investigación -dijo Falcón-. ¿Tenían el CNI o el CGI la mezquita bajo vigilancia?

– ¿Qué le hace pensar en esa posibilidad? -preguntó Juan.

Falcón le habló de los misteriosos y atildados jóvenes de Informaticalidad que habían frecuentado el apartamento cercano en los últimos tres meses.

– No es así como nosotros montamos un operativo de vigilancia, y nunca había oído hablar de Informaticalidad.

– ¿Y la unidad antiterrorista, inspector jefe Barros? -preguntó Elvira.

– No teníamos la mezquita bajo vigilancia -dijo Barros, que parecía reprimir una gran cólera bajo su prodigiosa calma-. Yo he oído hablar de Informaticalidad. Son los principales suministradores de software y componentes informáticos de Sevilla. Incluso nos suministran a nosotros.

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