Los asesinos ocultos
- Автор: Уилсон Роберт
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los asesinos ocultos». Краткое содержание книги:
Sometido a la presión tanto de los medios En Escocia en pleno siglo XIV, el clan de los Fitzhugh asesina a toda la familia de Morganna Kil Creggar, la protagonista de esta novela pasional, humorística y llena de fuerza. Alta, delgada y atractiva, Morganna jura venganza por este acto al clan enemigo y, para llevar a cabo su cometido, se viste de chico y se hace llamar Morgan. Ello le brinda la oportunidad de trabajar como escudero para Zander Fitzhugh, un miembro del clan y caballero empeñado en unificar su tierra y liberarla del dominio inglés, como del sector político, el inspector Javier Falcón descubre que el terrible suceso no es lo que parece. Y cuando todo apunta a que se trata de una conspiración, Falcón descubre algo que le obligará a dedicarse en cuerpo y alma a evitar que se produzca una catástrofe aún mayor más allá de las fronteras españolas.
– ¿Cree que me quedo en el balcón mirando el tráfico, con todo esto por desempaquetar? -dijo la mujer-. He tenido que perder dos días de trabajo porque esta gente no me ha hecho la mudanza a tiempo.
– ¿Sabe quién vivía aquí antes?
– Estaba vacío -dijo la mujer-. Llevaba tres meses vacío. La inmobiliaria de la avenida San Lorenzo dijo que éramos los primeros que veían este piso.
– ¿Encontraron algo al llegar? -preguntó Falcón, mirando por el balcón de la sala a la calle Los Romeros y los escombros del edificio arrasado.
– No había muebles, si se refiere a eso. Había una bolsa de porquería en la cocina.
– ¿Qué tipo de porquería?
– Han matado a gente. Han matado a niños -dijo la mujer, horrorizada, tirando de su hijo hacia sí-. ¿Y usted me pregunta qué clase de basura me encontré al mudarme aquí?
– El trabajo de la policía a veces parece algo inescrutable -dijo Falcón-. Cualquier cosa que recuerde haber visto puede ser de ayuda.
– De hecho, tuve que atar la bolsa y tirarla, así que recuerdo que había un cartón de pizza, un par de latas de cerveza, algunas colillas, ceniza, paquetes vacíos y un periódico, el ABC, creo. ¿Algo más?
– Eso es de mucha ayuda. Ahora sabemos que, aunque este piso estuvo vacío tres meses, alguien estuvo aquí, pasó un tiempo en él, y eso podría sernos de interés.
Cruzó el descansillo hasta el apartamento de enfrente, donde vivía una mujer sesentona.
– Su nueva vecina acaba de decirme que su apartamento llevaba vacío tres meses -dijo Falcón.
– No del todo -dijo la mujer-. Cuando la familia anterior se marchó, hará unos cuatro meses, aparecieron algunos hombres de negocios muy elegantes, puede que tres o cuatro veces. Luego, hará unos tres meses, llegó una pequeña furgoneta y descargó una cama, dos sillas y una mesa. Nada más. Después de eso, vinieron parejas de hombres jóvenes, y durante el día se pasaban ahí tres o cuatro horas seguidas, haciendo Dios sabe qué. Nunca se quedaban a pasar la noche, pero desde el alba hasta que anochecía había alguien en el apartamento.
– ¿Repetía alguno o eran siempre personas distintas?
– Creo que debieron de pasar por aquí unos veinte.
– ¿Traían algo con ellos?
– Maletines, periódicos, comida.
– ¿Alguna vez habló con ellos?
– Claro. Les pregunté qué hacían, y me dijeron que celebraban reuniones. No me preocupé. No parecían drogadictos. No ponían la música alta ni montaban fiestas; todo lo contrario, de hecho.
– ¿Cambiaron la rutina durante esos meses?
– Durante la Semana Santa y la Feria no vino nadie.
– ¿Alguna vez llegó a ver el piso por dentro cuando ellos estaban?
– Al principio les ofrecí algo de comer, pero siempre lo rechazaron muy amablemente. Nunca me dejaron entrar.
– ¿Y nunca revelaron de qué trataban esas reuniones?
– Eran unos jóvenes tan conservadores y tan serios que pensé que a lo mejor se trataba de un grupo religioso.
– ¿Qué pasó cuando se fueron?
– Un día llegó una furgoneta y se llevó los muebles y eso fue todo.
– ¿Cuándo fue eso?
– El viernes pasado… el dos de junio.
Falcón llamó a Ferrera y le dijo que siguiera interrogando a los vecinos mientras él se dirigía a la inmobiliaria de la avenida San Lázaro.
La mujer que había en la agencia se había encargado de la venta del piso, tres meses atrás, y de alquilarla al final de la semana anterior. No lo había comprado un particular, sino una empresa de ordenadores llamada Informaticalidad. Todas las negociaciones las había llevado con el director financiero, Pedro Plata.
Falcón anotó la dirección. Ramírez lo llamó mientras regresaba al edificio destruido, por la calle Los Romeros.
– El comisario Elvira me acaba de decir que la policía de Madrid ha detenido a Mohammed Soumaya en su tienda -dijo Ramírez-. Le prestó la furgoneta a su sobrino. Se sorprendió al enterarse de que estaba en Sevilla. Su sobrino le había dicho que era sólo para hacer unas entregas por el barrio. Ahora están intentando localizar al sobrino. Se llama Trabelsi Amar.
– ¿Nos van a mandar alguna foto?
– Las hemos pedido -dijo Ramírez-. Por cierto, han llevado a Jefatura a alguien que habla árabe, pues se han recibido más de una docena de llamadas de nuestros amigos del otro lado del charco. Todas dicen lo mismo y la traducción es: «No descansaremos hasta que Andalucía no regrese al seno del Islam».
– ¿Has oído hablar de una empresa llamada Informaticalidad? -preguntó Falcón.
– Nunca -dijo Ramírez, sin el menor interés-. Tengo una última noticia para ti. Han identificado el explosivo encontrado en la parte de atrás de la Peugeot Partner. Se llama ciclotrimetilenetrinitramina.
– ¿Y qué es?
– También se lo conoce como RDX, Research and Development Explosive -dijo Ramírez, con un vacilante acento inglés-. Sus otros nombres son ciclonita y hexógeno. Es explosivo militar de alta calidad, del que se utiliza en los proyectiles de artillería.
9
Sevilla. Martes, 6 de junio de 2oo6, 12:45 horas
Uno de los habitantes de los pisos le había dicho a Ferrera que había visto la Peugeot Partner el día anterior por la tarde, el lunes 5 de junio. Se había parado en la calle Los Romeros, delante de la mezquita, y dos hombres habían descargado cuatro cajas de cartón y unas bolsas de plástico azul. La única descripción que dio de los hombres es que eran jóvenes y fornidos, y que llevaban camiseta y téjanos. Las cajas eran tan pesadas que tuvieron que transportarlas de una en una. Lo metieron todo en la mezquita. Los dos hombres salieron y se alejaron en la furgoneta. Falcón le dijo que siguiera buscando testigos, y que si hacía falta acudiera al hospital.
En el aparcamiento, el alcalde y los diputados del parlamento andaluz se habían ido, y el comisario Elvira y el juez Calderón estaban rematando una improvisada conferencia de prensa. En el séptimo piso habían encontrado otro cadáver. Los equipos de rescate no habían encontrado a nadie vivo entre los escombros. Utilizaban martillos neumáticos para llegar a las mallas de acero de los suelos de cemento armado, y sopletes de oxiacetileno y cortadoras motorizadas para partir los suelos en bloques. La grúa levantaba esos bloques y los depositaba en los volquetes. Con cada información que llegaba surgían más interrogantes. Elvira estaba visiblemente irritado por todo ello, pero Calderón estaba en su salsa y los periodistas lo adoraban. Les llenó de alegría poder concentrarse en el apuesto y carismático Calderón cuando por fin Elvira se marchó para regresar a la guardería, donde había instalado el cuartel general provisional en las aulas intactas del fondo.
Los periodistas reconocieron a Falcón y fueron tras él, impidiéndole seguir a Elvira. Le metían los micrófonos en la cara. Aparecían cámaras entre las cabezas. ¿Podía repetir el nombre del explosivo? ¿De dónde procedía? ¿Seguían vivos los terroristas? ¿Hay una célula operativa en Sevilla? ¿Qué tiene que decir de las evacuaciones en el centro de la ciudad? ¿Ha estallado otra bomba? ¿Alguien ha reclamado la autoría del ataque? Falcón tuvo que abrirse paso entre aquella avalancha e hicieron falta tres policías para impedir que los periodistas entraran en la guardería. Falcón se estaba alisando la ropa en el pasillo cuando Calderón salió de entre aquella multitud vociferante rumbo a la verja de la entrada.