Los asesinos ocultos
- Автор: Уилсон Роберт
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los asesinos ocultos». Краткое содержание книги:
Sometido a la presión tanto de los medios En Escocia en pleno siglo XIV, el clan de los Fitzhugh asesina a toda la familia de Morganna Kil Creggar, la protagonista de esta novela pasional, humorística y llena de fuerza. Alta, delgada y atractiva, Morganna jura venganza por este acto al clan enemigo y, para llevar a cabo su cometido, se viste de chico y se hace llamar Morgan. Ello le brinda la oportunidad de trabajar como escudero para Zander Fitzhugh, un miembro del clan y caballero empeñado en unificar su tierra y liberarla del dominio inglés, como del sector político, el inspector Javier Falcón descubre que el terrible suceso no es lo que parece. Y cuando todo apunta a que se trata de una conspiración, Falcón descubre algo que le obligará a dedicarse en cuerpo y alma a evitar que se produzca una catástrofe aún mayor más allá de las fronteras españolas.
Un joven marchante mejicano, que tenía una galería en el centro, en la calle Zaragoza, le había comprado dos piezas. El joven era en parte azteca, y Marisa había tenido una aventura con él meses antes de conocer a Calderón. Él seguía comprándole todas las tallas que hacía y le pagaba en metálico cuando se las entregaba. Al ver cómo se saludaban cualquiera habría pensado que su relación continuaba, pero era más un entendimiento de sangre que otra cosa, la sangre azteca de él y la africana de ella.
Esteban Calderón no sabía nada de eso. Nunca había visto el taller de Marisa. Ella no tenía obras suyas en el apartamento. Calderón sabía que hacía tallas en madera, pero ella lo mencionaba como si fuera algo perteneciente al pasado. Marisa lo prefería así. Odiaba escuchar a los occidentales hablar de arte. No parecían comprender que apreciar una obra de arte era todo lo contrario: dejar que la pieza te hable.
Marisa dejó sus dos piezas acabadas y cogió el dinero. Fue a un estanco y se compró un habano: de entre los Romeo y Julieta eligió un Churchill. Pasó junto al Archivo de Indias y el Alcázar. No había tantos turistas como era habitual, pero sí algunos, al parecer ajenos a la bomba que había estallado en la otra punta de la ciudad, lo que demostraba que el terrorismo sólo tenía importancia si te afectaba.
Atravesó el barrio de Santa Cruz y entró en los Jardines de Murillo para entregarse a su ritual posterior a todas las compras. Se sentaba en un banco del parque, desenroscaba el tapón de aluminio del cilindro y dejaba caer el puro en la palma de la mano. Se lo fumaba bajo las palmeras, imaginándose que estaba en La Habana.
Inés consiguió recobrar el dominio de sí misma después de quince minutos de llorar. Su vientre ya no lo soportaba más. La tensión de los abdominales le dolía muchísimo. Había llegado arrastrándose a la ducha, se había quitado el camisón y se había derrumbado dentro del plato, manteniendo fuera de las finas agujas de agua el cuero cabelludo, que aún le ardía.
Al cabo de un cuarto de hora consiguió ponerse en pie, aunque no mantenerse erguida, a causa del dolor en el costado. Se puso un traje oscuro con una blusa color crema de cuello alto y se aplicó mucho maquillaje. No es que hubiera que disimular ningún moratón, pero para enfrentarse a aquella mañana necesitaba una gruesa máscara. Encontró una aspirina, que le alivió un poco el dolor, con lo que al menos pudo caminar sin ir doblada. Habitualmente iba andando al trabajo, pero aquella mañana era imposible y tomó un taxi. En el coche se enteró de lo de la bomba. En la radio no se hablaba de otra cosa. El taxista no paraba de pontificar. Ella iba sentada en la parte de atrás, oculta tras sus gafas negras, hasta que el taxista, irritado por su silencio, le preguntó si estaba enferma. Ella le dijo que tenía mucho en qué pensar. Eso fue suficiente. Al menos el taxista supo que lo oía. Emprendió un largo soliloquio acerca del terrorismo, y su diagnóstico fue que la única manera de curar la enfermedad era librarse de todos ellos.
– ¿De quiénes? -preguntó Inés.
– De los musulmanes, africanos, árabes… todos esos. Echarlos a todos. España para los españoles -dijo-. Lo que necesitamos ahora es a los Reyes Católicos. Comprendieron la necesidad de ser puros. Sabían lo que tenían que hacer…
– ¿También incluye a los judíos en esa expulsión en masa? -preguntó Inés.
– No, no, esos no, los judíos son cojonudos. Son esos marroquíes, argelinos y tunecinos. Son todos unos fanáticos. Incapaces de controlar su fervor religioso. ¿Qué consiguen con volar una casa de pisos? ¿Qué demuestra eso?
– Demuestra lo poderoso que puede ser el terror indiscriminado -dijo Inés, y sintió que tenía el pecho a punto de estallar-. Ya no estamos seguros ni en nuestra propia casa.
El Palacio de Justicia estaba tan abarrotado como siempre. Subió despacio a su despacho de la segunda planta, que compartía con otros dos fiscales. Estaba decidida a no delatar el dolor que le estallaba en el costado a cada paso. Tras haber querido llevar la insignia de la violencia de Esteban, ahora quería disimular su agonía.
La máscara de maquillaje le ayudó a soportar los primeros minutos de alboroto con sus colegas, que sólo hablaban de los últimos rumores y teorías, entre los que apenas se intercalaba ningún dato. Nadie asociaba a Inés con ningún malestar emocional, de modo que resbalaron sobre su superficie y regresaron a su trabajado sin darse cuenta del estado en que se hallaba.
Había casos que preparar, reuniones a las que asistir, e Inés consiguió aguantarlo todo hasta primera hora de la tarde, cuando se encontró con media hora libre. Decidió dar un paseo por los Jardines de Murillo, que estaban al otro lado de la avenida. Los jardines la calmarían y no tendría que escuchar más conjeturas acerca de la bomba. Tenía que pensar en el bombardeo que había sufrido su relación. Sabía que un respiro en el parque no iba a ayudarla a solucionarlo, pero al menos quizá encontrase algo sobre lo que comenzar a reconstruir su matrimonio en ruinas.
En los últimos cuatro años, cuando las cosas se torcían en su matrimonio, proyectaba una versión montada y corregida por ella de su vida con Esteban. Nunca comenzaba con el momento en que se conocieron y su aventura posterior, pues eso significaría que la película comenzaría con la infidelidad de Inés, y ella no se veía como alguien que rompiera los votos matrimoniales. En la película ella aparecía sin tacha. Había reescrito su propia historia y cortado todas las imágenes que no contaban con su aprobación. No se trataba de un acto consciente. Tampoco se enfrentaba a episodios desdichados ni bochornosos, estos simplemente quedaban olvidados.
Esa película le habría resultado de lo más aburrida a cualquiera que no fuera Inés. Era propaganda. No era mejor que el glorioso biopic de un dictador. Inés era la valerosa mujer que había rescatado a su futuro marido después del desagradable incidente del que nunca hablaban, le había dedicado los cuidados y atenciones que necesitaba para volver a encarrilar su carrera… etcétera, etcétera. Y funcionaba. Para ella. Cada vez que descubría una de sus infidelidades se pasaba la película y le daba fuerzas; o mejor dicho, le proporcionaba material para grabar encima de la anterior aberración de Esteban, de manera que sólo sufriera una infidelidad cada vez, y no toda la serie.
Pero aquella vez, mientras estaba sentada en el banco del parque repasando la película, algo no funcionaba. No había manera de que las imágenes permanecieran en la pantalla. Era como si la película saltara de las ruedas dentadas y permitiera que en su cine privado apareciera una imagen espuria: alguien de pelo largo y cobrizo, piel oscura y piernas abiertas. Esa interferencia estaba saboteando su consoladora película interna.
Inés reunió las fuerzas amnésicas de su poderosa inteligencia apretándose las sienes con las manos y parpadeando. Fue entonces cuando comprendió que había algo en el exterior que se adentraba por la fuerza en su mente. La realidad se entrometía. La puta de pelo cobrizo y piel oscura que había visto aquella mañana, desnuda en la cámara digital de su marido, estaba sentada delante de ella, fumando un puro y totalmente ajena al mundo.
A Marisa no le gustaba la manera en que la miraba la mujer que estaba sentada al otro lado del sendero en sombras. En sus ojos había una fijeza lunática; no del tipo delirante de manicomio, sino una versión más peligrosa: demasiado delgada, demasiado elegante, demasiado superficial. Había visto gente como esa en las inauguraciones de la galería del marchante mejicano, todos al borde de un ataque de nervios. Llenaban el aire con su cháchara estridente para impedir que el mundo real reventara el dique de contención, como si, al salmodiar sus mantras de consumidor, pudieran mantener a raya la inmensa nada de sus vidas. En la galería toleraba su presencia, pues quizá compraran su obra, pero en medio del parque no iba a tolerar que una de esas cabras ricas le estropeara su carísimo puro.