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La Leyenda De La Séptima Virgen

Электронная книга - «La Leyenda De La Séptima Virgen». Краткое содержание книги:

El peligroso viaje de una virgen, hasta convertirse en mujer…
La leyenda decía que seis novicias que vivían en un convento fueron convertidas en piedra cuando faltaron a sus votos. La séptima virgen debía enfrentar un destino diferente…
Muchos años más tarde, cuando el convento había pasado a ser la mansión de la familia St. Larston, el destino reclamó a otra joven virgen.
Kerensa Carlee era apenas una muchacha campesina, pero tenía ambición y era hermosa… y sabía muy bien usar ambas cosas. En esta mansión misteriosa, Kerensa en su calidad de dama de compañía, debió iniciar el peligroso viaje hasta convertirse en mujer.
La presencia de Kerensa evocó antiguos recuerdos y extraños acontecimientos del pasado. Ella fue la causa que se despertara ese ancestral espíritu de venganza, capaz de llevar hasta la locura, especialmente en noches de luna.
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—También está Sir Justin. —Me estremecí al recordar lo que había visto al abrir una puerta que no correspondía—. Sir Justin y el reverendo Charles. Son dos, abuelita.

—Es natural. Has visto las hojas de los árboles cuando llega el otoño. Se marchitan, caen y se secan. Caen una por una. Es que han llegado al otoño. Pues algunos de nosotros llegamos a nuestro otoño; entonces uno tras otro caemos rápidamente de los árboles.

Me volví hacia ella, horrorizada.

—Tú no, abuelita. Tú no debes morir.

—Aquí estoy —rió ella—. Mi turno no parece haber llegado todavía, ¿verdad?

En esos momentos tuve miedo… miedo de lo que el futuro guardaba para mí en el Abbas, miedo de un mundo donde no estaría la abuelita Be.

CAPÍTULO 03

De pie junto a la ventana de mi cuarto me decía: "Estás aquí. ¡Vives aquí!", y pese a las circunstancias, me sentía alborozada.

La habitación era pequeña, y cercana a las que ocupaban Justin y Judith Saint Larston. En lo alto de la pared había una campana, y cuando sonaba, era mi obligación acudir junto a mi ama. Los accesorios eran pocos, como para una doncella de servicio; había una camita, un aparador, una cómoda, dos sillas y una mesa de tocador con un espejo de vaivén encima. Eso era todo. Pero había tapetes en el suelo, y las mismas cortinas de grueso terciopelo que colgaban en los aposentos ricamente amueblados. Desde la ventana divisaba, por sobre los jardines, el seto vivo que los separaba del prado; llegaba a ver las Seis Vírgenes y la mina abandonada.

Mi ama no me había visto aún, y yo me preguntaba si me aprobaría. Ahora que Sir Justin estaba paralizado, Lady Saint Larston tomaba casi todas las decisiones en aquella casa, y como ella había decidido que yo fuese la doncella de su nuera, pues lo era.

Habíamos tenido una fría recepción, muy distinta del modo en que se nos había acogido cuando llegamos con nuestros disfraces. Belter, empleado ahora por los Hemphill, nos llevó en coche.

—Buena suerte —dijo, saludando con la cabeza primero a Mellyora y luego a mí; su expresión sugería que la íbamos a necesitar.

Nos recibió la señora Rolt, un poco socarronamente, me pareció, como si más bien le complaciera vernos en esa situación, especialmente a mí.

—Enviaré arriba a una de mis criadas, a ver si su señoría está lista para recibirlas —dijo.

Luego nos condujo a una de las puertas de atrás, subrayando con una sonrisita afectada que habíamos cometido el error de presentarnos en el gran pórtico de piedra que conducía al salón principal. En el futuro, nos dijo la señora Rolt, no debíamos usar esa puerta.

La señora Rolt nos llevó a la cocina principal, un recinto enorme, con techo abovedado y pisos de piedra; sin embargo en ella hacía calor, gracias a un horno que parecía (y sin duda lo era) lo bastante grande como para asar un buey. Sentadas a la mesa, dos muchachas limpiaban vajilla.

—Sube y dile a su señoría que llegaron la nueva dama de compañía y la nueva doncella. Quería verlas en persona.

Una de las muchachas se dirigió hacia la puerta.

—¡Tú no, Daisy! —se apresuró a exclamar la señora Rolt—. ¡Dios me valga! ¡Ir así a presencia de su señoría! Tu cabello parece como si te hubiesen arrastrado a través de un seto para atrás. Ve tú, Doll.

Noté que la nombrada Daisy tenía una cara regordeta, inexpresiva; ojos de grosella, con cabello tieso que le crecía casi desde las cejas, gruesas e hirsutas. Doll era más menuda, más ágil y, a diferencia de su compañera, tenía una expresión vivaz que tal vez fuese taimada. De la cocina pasó a un cuarto adyacente; oí correr el agua. Cuando salió llevaba puesto un delantal limpio. La señora Rolt movió la cabeza con aprobación, y una vez que Doll salió, dedicó su atención a nosotras.

—Su señoría me dijo que tú comerás con nosotras en el salón de los criados —dijo, dirigiéndose a mí—. El señor Haggety te indicará tu lugar. —Luego, a Mellyora—: Tengo entendido que usted comerá en su propia habitación, señorita.

Me sentí enrojecer; supe que la señora Rolt lo advertía y no le desagradaba. Preví batallas venideras; tuve que contenerme de soltar abruptamente que yo comería con Mellyora; sabía que esto sería prohibido y yo quedaría doblemente humillada.

Contemplé con fijeza el cielo raso abovedado. Esos recintos para cocina, con sus hornos y sus asadores, habían sido utilizados desde los primeros días; más tarde descubrí que había bodegas, despensas, almacenes y cuartos de refrigeración adjuntos. La señora Rolt continuó:

—Todos lamentamos su reciente desgracia, señorita. El señor Haggety decía hace poco que las cosas no serán iguales, con el nuevo reverendo en la parroquia y usted, señorita, aquí en el Abbas.

—Gracias —repuso Mellyora.

—Pues decíamos… el señor Haggety y yo… que ojalá se adapte usted bien. Su señoría necesita una acompañante desde que Sir Justin enfermó.

—También yo lo espero —se apresuró a responder Mellyora.

—Por supuesto, usted sabrá cómo se manejan las cosas en una casa grande, señorita.

Me miró y aquella sonrisa asomó a sus labios. Me estaba diciendo que había una enorme diferencia entre mi situación y la de Mellyora. Mellyora era la hija del párroco y una dama, por nacimiento y por crianza. Comprendí que la señora Rolt pensaba en mí de pie en la plataforma, en la feria de Trelinket, y que así me vería siempre.

Volvió Doll anunciando que su señoría nos recibiría enseguida, y la señora Rolt nos indicó que la siguiéramos. Subimos unos doce escalones de piedra, en lo alto de los cuales había una puerta de bayeta verde que conducía a las partes principales de la casa. Atravesamos varios corredores hasta que llegamos al salón principal y subimos la escalinata que yo recordaba desde la noche del baile.

—Esta es la parte donde vive la familia —dijo la señora Rolt, y me dio un codazo—. Por qué tienes los ojos tan saltones, queridita. Deduzco que estás pensando en lo grandioso que es todo, ¿eh?

—No —repliqué—. Pensaba en lo lejos que deben de estar las cocinas del comedor. ¿No se enfría la comida en el tránsito?

—¿Tránsito, eh? Que eso no te preocupe, queridita. Nunca comerás en esos comedores —y lanzó un graznido de burla.

En la mirada de Mellyora leí una advertencia y una súplica. Me estaba diciendo: No pierdas la paciencia. Haz la prueba. Es nuestra única posibilidad de estar juntas.

Creí reconocer algunos de los corredores por donde había huido, aterrada, la noche del baile. Por fin nos detuvimos ante una puerta, que la señora Rolt golpeó.

Cuando se le ordenó entrar dijo, con una voz muy distinta de la que había usado para nosotras:

—Señora, vinieron la nueva dama de compañía y la nueva doncella.

—Que pasen, señora Rolt.

La señora Rolt hizo un brusco movimiento de cabeza y entramos en la habitación. Era espaciosa y alta, con enormes ventanas por donde se veían los jardines; en la enorme chimenea ardía un fuego; el cuarto me pareció lujosamente amueblado, pero mi atención estaba fija en la mujer que estaba sentada muy erguida en un sillón, junto al fuego.

—Acérquense —dijo imperiosamente, y luego—: Está bien, señora Rolt. Aguarde afuera hasta que se le llame.

Al avanzar nosotras, la señora Rolt se retiró.

—Por favor, señorita Martin, siéntese —indicó Lady Saint Larston. Mellyora se sentó, mientras yo permanecía de pie, ya que no fui invitada a sentarme—. Aunque no discutimos muy extensamente cuáles serán sus tareas, eso es algo que usted, por supuesto, descubrirá con el paso del tiempo. Confío en que lea usted bien. Mi vista no es tan buena como antes y necesitaré que me lea todos los días. Comenzará sus tareas sin demora. ¿Escribe usted con buena letra? Necesitaré que se ocupe de mi correspondencia. Estas son cuestiones que por lo común se habrían resuelto antes de emplearla, pero como hemos sido vecinas pensé que en su caso se podía tener más amplitud de criterio. Se le ha asignado una habitación cómoda. Está junto a mi dormitorio, para que pueda estar usted cerca si la necesito durante la noche. ¿Ya le dijo la señora Rolt dónde comerá?

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